¿Jardinero o demiurgo?
El demiurgo odia el jardín en el que le tocó nacer, siempre mira el del lado y apenas pueda va a talar y quemar cizaña y trigo.
El mundo sería mejor si quienes lo dirigieran fueran jardineros. El jardinero cultiva su jardín, lo cuida, no pasa por su cabeza fabricarlo o crear uno nuevo arrancando de raíz todo lo "malo de una vez". Recuerda al maestro antiguo que dijo: "cuidado cuando arrancas la cizaña de arrancar también el trigo". El demiurgo, en cambio, odia el jardín en el que le tocó nacer, siempre mira el jardín del lado y apenas pueda va a talar y quemar cizaña y trigo, todo junto.
Ningún jardín es perfecto, pero es mejor mejorarlo podándolo con mucho cuidado, que destruirlo. Pero por todas partes abundan los demiurgos, como si no hubiese bastado la trágica experiencia del siglo XX para aprender que, de tanto intentar cambiar nuestro mundo, hemos terminado por dañarlo y, a veces, hemos estado a punto de destruirlo. El impulso o pulsión por la emancipación está en las entrañas de nuestra modernidad y viene de muy atrás (desde el "mi reino no es de este mundo") en nuestras raíces judeocristianas, pero deformadas, puesto que lo que se prometía era una trascendencia, no realizar aquí el paraíso. Por haberlo leído así, el intento de hacer el paraíso en la tierra solo trajo el infierno. Es cosa de ver las ruinas de Alemania de la posguerra, el desplome de la Unión Soviética y, en nuestro continente, la devastación de Cuba y Venezuela, para entender de lo que estoy hablando. El impulso de la emancipación devino en odio del mundo. Es el prometeico y joven poeta Rimbaud, en el siglo XIX, diciendo que la " vraie vie est ailleurs " ("la verdadera vida está en otra parte"). Por lo menos el poeta no hizo daño a nadie con su proyecto de transformación total del mundo por la poesía, y tuvo la valentía y honestidad de reconocer después que había fracasado y que sus supuestas "iluminaciones" eran alucinaciones, y renunció totalmente al ejercicio de la poesía. No hicieron lo mismo Lenin, Hitler, Chávez, Castro, Mussolini y tantos otros: persistieron en su delirio hasta el final (cuando todas las evidencias de la realidad los desmentían), arrastrando a sus pueblos al abismo.
El odio al mundo y la obsesión en cambiarlo todo no nos han abandonado y persisten, ahora bajo otros ropajes aparentemente más amables, en el corazón de las democracias occidentales. Desaparecieron los viejos totalitarismos, pero no las condiciones que los hicieron posibles. ¿No escuchamos, acaso, por estos lares, hace muy poco, que este era "un país en ruinas" que había que refundar y que había que cambiarlo todo, desde la Constitución, el sistema económico hasta la división territorial de la república? ¿No sentimos respirar en la nuca el aliento de un "odio" al mundo en una versión bolivariana y a veces medio chamánica? ¿Y no vimos a muchos -incluso muchos que antes habían sido prudentes y jardineros- convertirse de la noche a la mañana en demiurgos desaforados, poseídos por el prometeico y atávico impulso de la emancipación?
De todo eso trata este magnífico ensayo de la intelectual francesa Chantal Delsol, "El odio al mundo", que el IES acaba de publicar, un libro que contrapone el arraigo a la emancipación sin raíces, y que nos alerta de ese poderoso veneno que ha inoculado en la historia a las mentes más lúcidas y que está ahí, latente. "Una sed malsana oscurece mis venas", confesaba Rimbaud. No se trata de que no haya emancipación ni cambios, el punto es que este no sea un impulso ciego y sin límites, desmesurado. El mundo progresista chileno debiera leer este libro para entender por qué el pueblo chileno dejó de confiar en él (en Chile hay todavía un sentido común jardinero); también debieran leerlo ciertos libertarios o republicanos obsesionados por cambiarlo todo. Hoy, dice Chantal Delsol, quienes detentan el poder son demiurgos y los jardineros son una contracultura. Por ahora -como el jardinero del poema anónimo chino del siglo I- deben resistir y decir: "en mi jardín cultivo el huerto/ y saco agua de mi pozo./ ¿Qué me importa el poderío del Emperador?".