Dr. Q, el niño soñador que terminó operando cerebros en Estados Unidos
EDWIN CAICEDO -redacción vida de hoy @CaicedoUcros
Alfredo Quiñones-Hinojosa parecía estar en otro lugar
EDWIN CAICEDO -redacción vida de hoy @CaicedoUcros
Alfredo Quiñones-Hinojosa parecía estar en otro lugar. El día que el neurocirujano mexicano atendió a EL TIEMPO en Bogotá, su mente estaba en otro lado. No estaba desconectado de Colombia ni de la visita que lo había traído a la capital gracias a la alianza entre la Fundación Santa Fe de Bogotá y la Mayo Clinic, el centro clínico más importante del mundo. Lo que lo mantenía absorto era algo más íntimo y urgente: una situación familiar y la preocupación constante por sus pacientes en Jacksonville (Florida), donde reside y dirige una de las prácticas de neurocirugía más reconocidas de Estados Unidos. Durante diez minutos, mientras esperaba en una sala de conferencias de la clínica bogotana, contestó llamadas, dio instrucciones, hizo preguntas y resolvió asuntos personales. Pero apenas empezó la entrevista, todo desapareció. Se concentró únicamente en hablar, en contar su historia, en aconsejar a los jóvenes que sueñen en grande y en explicar que, con esfuerzo e "intensidad", nada es imposible. Ese es el Dr. Q que millones conocen: el neurocirujano cuya vida inspiró un episodio de la serie de Netflix ‘The Surgeon's Cut’; el médico acostumbrado a ignorar el ruido exterior para enfocarse en lo esencial, exactamente igual a como lo hace dentro del quirófano. "Crecí en una familia humilde en México, muy humilde, muy pobre", dice Quiñones-Hinojosa. Su padre apenas cursó el primer año de escuela y su madre terminó quinto de primaria. Desde niño, explica, entendió que el trabajo era parte de la vida cotidiana. A los cinco años, empezó a trabajar en una estación de gasolina y a los siete ya vendía elotes, maíz y perros calientes. "De pequeño era inquieto, tenía este espíritu emprendedor", recuerda. La idea de migrar hacia Estados Unidos apareció temprano. Sus tíos trabajaban como braceros, jornaleros mexicanos que emigraban temporalmente a Estados Unidos para trabajar en labores agrícolas, y regresaban a México con comida y algo de dinero. A los 15 años, cruzó por primera vez la frontera para trabajar durante el verano. Lo hizo nuevamente a los 16 y a los 17. Mientras otros jóvenes aprovechaban las vacaciones escolares, él trabajaba para enviar dinero a su familia. A los 18 años se graduó como maestro de educación primaria y tomó una decisión que cambiaría su vida: irse dos años a Estados Unidos para ahorrar dinero y luego regresar a estudiar en México. Pero el destino tomó otro rumbo. A los 19 años montó su primera compañía, compró un camión para transportar productos agrícolas y perdió todos sus ahorros. "Me quedé sin nada", recuerda. Fue entonces cuando decidió aprender inglés. Estudiaba en un colegio comunitario por las noches mientras trabajaba y poco a poco descubrió su talento académico. Jóvenes estadounidenses comenzaron a animarlo a aplicar a universidades. Fue aceptado en la University of California, Berkeley, una de las universidades públicas más prestigiosas del país. En Berkeley apareció otra figura decisiva. Un consejero universitario, acostumbrado a identificar estudiantes talentosos provenientes de contextos difíciles, revisó sus calificaciones y le dijo algo que cambiaría su horizonte: "Tú puedes ir a Harvard". Quiñones-Hinojosa asegura que hasta entonces jamás había imaginado algo así. "Yo era un joven trabajador, emprendedor. Trabajaba, daba tutorías de física, química y cálculo, hacía investigación en un laboratorio y estudiaba al mismo tiempo", cuenta. En 1994 ingresó a la Escuela de Medicina de Harvard. Allí se graduó con honores, acompañado de su esposa y su primera hija. Después aplicó a la residencia de neurocirugía en la University of California, San Francisco, considerada entonces una de las mejores del país. Su carrera se aceleró rápidamente. Publicó decenas de artículos científicos, obtuvo becas federales para investigar células madre y cáncer, y más tarde llegó al Johns Hopkins Hospital, donde desarrolló buena parte de la trayectoria que lo convirtió en una referencia mundial de la neurocirugía. "Mi vida ha sido cambios, cambios, cambios, todo aceleramiento", resume. Hoy, además de dirigir equipos médicos, acumula más de 650 investigaciones, cerca de diez libros y múltiples patentes. Su historia inspiró el libro Becoming Dr. Q y, posteriormente, una producción audiovisual impulsada por una compañía vinculada al actor Brad Pitt. Desde 2016, trabaja en la Mayo Clinic, donde fue nombrado jefe de Departamento, un cargo que ocupó hasta 2024. Pero detrás de la fama y el prestigio, insiste, existe otra cara menos visible: la intensidad emocional de convivir todos los días con pacientes que ponen su vida en sus manos. "Entre más famoso te haces, más esperan de ti, más piensan que les vas a salvar la vida", afirma. Para él, la intensidad no significa perder el control o trabajar desde el enojo. Significa entrar al quirófano y lograr que todo lo demás desaparezca. "Tienes que pensar que nada importa más que ese paciente", explica. Esa concentración absoluta, asegura, lo acompaña incluso fuera del hospital. Mientras hablaba en Bogotá, seguía pensando en los pacientes que había dejado en Florida. "Nunca se me olvidan", dice. Quiñones-Hinojosa asegura que, con los años, entendió que su verdadero trabajo no es únicamente operar cerebros o salvar vidas. "Mi negocio es darle esperanza a la gente", afirma. "Si yo fuera un CEO, sería un CEO de esperanza". Pese a los reconocimientos, insiste en que aún no ha llegado a la cima. "Me miro en una meseta viendo las montañas que todavía tengo que escalar", dice. Su objetivo ahora es convertir los descubrimientos científicos y patentes desarrolladas en su laboratorio en tratamientos. Y cuando habla de futuro, inevitablemente termina hablando de los jóvenes. "Sueñen. No cuesta nada soñar", repite. Pero advierte que el sueño por sí solo no basta. También hay que ejecutar, sacrificarse y trabajar duro. Sobre todo, dice, hay que elegir la medicina por las razones correctas. "El reto que tenemos es creer en nosotros mismos", dice. Durante su visita a Colombia, el neurocirujano también destacó el nivel de la medicina nacional y el trabajo de instituciones como la Fundación Santa Fe y la Universidad de los Andes. "Colombia es un país rico en talento, cultura y medicina", afirma. "No necesitan tecnología de punta para hacer avances. Lo que necesitan es juntar cerebros y formar equipos".