Una oposición leal
Cuando el opositor es un enemigo ilegítimo, es fácil justificar la deslealtad a las instituciones.
En el Reino Unido las fuerzas políticas representadas en el Parlamento que no gozan de las mayorías se llaman la Leal Oposición de Su Majestad; su líder tiene un cargo oficial, que es parte integral del orden constitucional y por el cual, además, recibe una remuneración. Y es correcto que así sea en la tradición democrática británica, pues si bien es lógico que las oposiciones se opongan a las políticas específicas de los gobiernos en el poder si no están de acuerdo con ellas, la introducción del concepto "Leal" establece implícitamente ciertos límites, pues no está permitido actuar contra el Estado, el bien común o la institucionalidad constitucional.
Por otra parte, también existen oficialmente, como parte de la organización democrática, ministros en la sombra en todos los sectores, enfatizando con ello que estar en la oposición no significa solamente criticar, sino también prepararse para conformar eventualmente un gobierno alternativo con experiencia y conocimientos. El líder de la oposición es también miembro del Privy Council del Rey, lo cual le entrega acceso a informaciones estratégicas clave. En otras palabras, la confianza mutua que esto demuestra es el reconocimiento de que gobierno y oposición no son enemigos irreconciliables, sino adversarios en competencia.
Burke -considerado el impulsor de los partidos políticos y de su legitimidad- sostenía que "cuando los malos se unen, los buenos deben asociarse; de lo contrario, caerán uno por uno, sacrificio no compadecido, en una lucha despreciable". Dicho eso, la interpretación correcta es que los partidos políticos no son solo facciones o meros grupos de interés, sino asociaciones de personas unidas en torno a principios compartidos, y eso no es necesariamente antagónico a la promoción del interés nacional.
Es posible que este reconocimiento de la oposición como parte de las instituciones esenciales para el funcionamiento de la democracia haga más difíciles los comportamientos desleales a los cuales nosotros, desgraciadamente, nos hemos ido acostumbrando: hemos visto una y otra vez cómo se exceden las atribuciones del Congreso con el expreso deseo de modificar de facto el orden constitucional.
Ahora bien, actualmente la polarización mundial existente conspira seriamente en todas partes (aunque bastante menos en el Reino Unido) en contra de una relación civilizada entre gobierno y oposición. Es más, cuando existen partidos que se sienten poseedores de una verdad única e irrevocable y según las leyes de la historia determinada a vencer, es muy difícil que esos grupos puedan negociar sus posturas. Por el contrario, si se cree en la posibilidad de crear el paraíso en la tierra, de formar un hombre nuevo, feliz, generoso, altruista, enteramente igual a sus semejantes, viviendo en la gloria de un nuevo mundo perfecto, sin sufrimiento ni dolor, es muy posible que no haya nada que ellos no estén dispuestos a hacer. En suma, cuando el opositor es un enemigo ilegítimo, incluso un enemigo moral, es fácil justificar la deslealtad hacia las instituciones.
Tal vez conviene recordar cuáles son las reales funciones de las oposiciones en una democracia. Por supuesto, su tarea es competir por el poder, servir de escrutinio a los gobiernos, fiscalizar, ofrecer alternativas y contribuir a mejorar las políticas propuestas por los gobiernos durante la deliberación democrática en el Congreso. Esto no se logra por la mera reiteración de lugares comunes simplistas (la reforma solo beneficia a los ricos y daña a los pobres) o transando votos a cambio de medidas populistas (apruebo, pero sin IVA para los pañales). Es más, para ser una oposición leal se debe competir por el poder a través de medios constitucionales, rechazar la violencia y aceptar las derrotas electorales como moralmente legítimas.