Reconstrucción y dinámica política
Pese a la valiosa aprobación de reformas necesarias, el debate deja un sabor amargo.
La economía chilena crecería este año, según las proyecciones del FMI, un 1,8%, por debajo, una vez más, del crecimiento mundial, estimado en 3,0%. Hasta 2013, estábamos acostumbrados a que nuestro país creciera por encima del mundo. Desde 2014 -salvo en 2021- esa realidad no se ha repetido. Por lo mismo, parecía haberse instalado transversalmente la idea de que Chile requería definir una agenda mayor para recuperar su impulso. Es en ese sentido que el debate sobre la Ley de Reconstrucción deja un sabor amargo, pese a la valiosa aprobación de la gran mayoría de sus contenidos. Y es que, aun reconociendo la complejidad de la iniciativa y la inclusión de algunas medidas dudosas, el aparente acuerdo respecto de la necesidad de crecer se terminó diluyendo. Por cierto, las iniciativas allí contenidas deben ser parte de una estrategia más amplia y sus resultados no son infalibles, pero ello es inherente a cualquier política y esta era la oportunidad de perfeccionarla.
La oposición, sin embargo, en lugar de enriquecer el debate, eligió aferrarse a la consigna de que esta era una redistribución hacia los ricos, sin siquiera considerar que no es en el impuesto corporativo donde se juega la distribución de ingresos del país. Otras medidas que sí podrían estimarse regresivas -aunque marginalmente- apenas fueron denunciadas, sin aportar a corregirlas. Así, más allá de levantar ruido, la oposición no fue capaz de plantear ni una sola idea que pudiese contribuir al crecimiento. Peor aún, algunos de sus congresistas sí lograron introducir indicaciones que no solo complican el crecimiento, sino que tienen efectos regresivos impensados, como la prohibición del anatocismo.
Los parlamentarios agrupados en torno al oficialismo mostraron, en general, disciplina, pero tampoco lograron aportar en demasía al debate e introdujeron, además, algunos artículos discutibles desde el punto de vista de un diseño de políticas públicas de calidad. El Gobierno, obligado a construir mayorías, tuvo que entregar esas concesiones, después de haber negociado, además, otra política de dudosa confección con el PDG. En fin, inentendible resulta la abstención de parlamentarios oficialistas en la votación que prohibía el anatocismo, facilitando su aprobación.
En este escenario, hay lecciones que debe extraer el Ejecutivo para la gestión de sus próximos proyectos. La dinámica política que se ha instalado en el país, impulsada por la fragmentación y por la polarización ideológica, contribuye a acentuar posiciones extremas antes que aquellas que permiten convergencias. En ese escenario, se instalan con más frecuencia propuestas irresponsables, que poco contribuyen a definir propósitos comunes. Así, incluso la apuesta por el crecimiento, que parecía transversalmente compartida, pierde sustento político, al igual que toda iniciativa que mire hacia el futuro. La posibilidad de que cambien las instituciones políticas para corregir este escenario es baja y, por tanto, se requerirán esfuerzos redoblados del Gobierno y de los grupos moderados de uno y otro sector para sostener un proyecto común.