Domingo, 26 de Julio de 2026

Cese del fuego II: una década

ColombiaEl Tiempo, Colombia 26 de julio de 2026

Otra vez celebraré el 29 de agosto, como ícono positivo que es para la nación

Otra vez celebraré el 29 de agosto, como ícono positivo que es para la nación. Indica que podemos dejar de matarnos por política y someter, en paralelo, al crimen enforzando la ley. La comunidad internacional se regocijó hace diez años. La esperanza nos rodeó. Fuimos, por breve lapso, referente mundial para superar la violencia. Nunca el Consejo de Seguridad se había ocupado de nosotros. Lo acontecido ese día de 2016 conmovió al mundo. Aunque a los colombianos se los indujo, por sectarismo, a recibir el fin del conflicto con dudas, resquemores y argumentos que, en vez de afianzar la paz, la pusieron en el banquillo, era la primera vez que, entre el Estado y una guerrilla de primer orden, se decretaba el Cese del Fuego Bilateral y Definitivo (CFBD). Treguas y ceses se habían logrado para fortuna de la nación. Este, el más trascendente, fue solemne, metódico, de impacto general, y en las regiones agobiadas deseosas de pasar la página del miedo. Casi se desbarata con el plebiscito. Lo salvó la perseverancia. La verdadera guerrilla, la violenta, atrabiliariamente revolucionaria y contaminada, irrespetuosa de los colombianos y numerosísima, aceptaba el fin de las hostilidades. Las Fuerzas Armadas recibían y acataban, con la satisfacción del deber cumplido porque lo habían doblegado, la orden de cesar acciones contra ese grupo que tantas muertes, heridas y tragedias produjo a la nación. Ninguna orden pública puede asemejarse a la del CFBD. Mi firma como ministro de Defensa en el Decreto 1386, debajo de la del presidente Santos, comandante en jefe de las FF. AA., generó el sentimiento de lograr lo imposible: paz con las Farc, de la mano de nuestros héroes republicanos, los militares y policías. El empeño y método del presidente, de sus negociadores de paz, así como el éxito en la conducción de la guerra, por él mismo y por Pastrana y Uribe, habían logrado acallar fusiles, cesar secuestros, archivar pescas milagrosas y terminar asaltos. El narcotráfico sufría un golpe: las Farc ya no serían su guardia. La democracia derrotó la toma armada del poder. El secuestro que padecí ya no golpearía a otros. Trece mil desmovilizados y quince mil armas entregadas, gracias al CFBD. Esos miles siguen hoy desmovilizados y desarmados. ¡Es sobrecogedor! Clamamos desde San Carlos y Nariño por la reanudación en el mundo de los ceses del fuego, o por su negociación cuando estallan los conflictos. Y no somos capaces de implementar con generosidad patriótica y pragmatismo el nuestro, el que se acordó en 2016. Bien manejado, habría desmantelado ya otros frentes de violencia. Que la JEP es indigna y no sirve; que la jurisdicción agraria es mamerta; que no hay plata para semejante exabrupto; que las disidencias y la coca pelecharon sin medida en estos últimos años. Son afirmaciones ciertas, porque no hay implementación debida. Implementar es acelerar y ajustar, sin afectar la favorabilidad penal. Entre tanto, miles de soldados y policías, gracias a la paz, solucionan sus problemas judiciales digna y ágilmente. ¿Los devolvemos a la justicia ordinaria? La perfidia, crimen de guerra contra quienes de buena fe creyeron en la palabra del Estado, es incivilizada. ¿Y, para qué debilitar conscientemente el ánimo pertinente y decidido del nuevo gobierno de mejorar la seguridad? Es satisfactorio ordenar un Cese del Fuego Definitivo. Comprueba que la paz da réditos. Así sucedió en 2017 y 2018 con tasas de homicidio de 23 por cien mil, las menores desde 1968. ¡Estamos en 26 por cien mil y 1.150 asesinatos por mes! Se puede preferir la adrenalina de regresar a la guerra sobre el compromiso de consolidar la paz pactada. Pero es irracional. Un suicidio del pragmatismo al no prever que, si la seguridad está hoy gravemente deteriorada por acción del gobierno saliente, por omisión del entrante puede dañarse mucho más y condenarnos a otro medio siglo de guerra, incierta esta vez, contra los que ya derrotó la democracia.
La democracia derrotó la toma armada del poder
Luis Carlos Villegas
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