El debate por las vacaciones de invierno: lo bueno y lo malo de volver a julio
Algunos especialistas consideran que el descanso debería ser este mes debido a un mejor equilibrio entre ambos semestres. Pero otros advierten que la decisión debe considerar múltiples factores, como el hecho de que en septiembre gran parte del tiempo se dedica a Fiestas Patrias.
El debate sobre la fecha de las vacaciones de invierno quedó instalado esta semana en el país, luego de que el Colegio de Profesores planteara que el receso escolar retorne al mes de julio, como ocurría hasta hace algunos años.
Hasta 2021, las vacaciones de invierno se realizaban mayoritariamente en julio. Sin embargo, desde 2022 el calendario escolar fue modificado de manera excepcional en gran parte del país para adelantar el receso a junio, una decisión adoptada por las autoridades con el objetivo de disminuir la circulación de virus respiratorios en ese entonces.
La modalidad se ha ido manteniendo en los años siguientes, por lo que actualmente gran parte del territorio continúa concentrando el receso durante junio, aunque las fechas varían según la región.
Ahora la propuesta del Colegio de Profesores surgió tras las intensas lluvias registradas en los últimos días en el país que, según el gremio, evidencian que julio se ha transformado en el mes más complejo desde el punto de vista climático.
"Cuando se retrocedió a vacaciones en junio se argumentaron razones epidemiológicas que han demostrado en la práctica ser un error", opina Mario Aguilar, presidente del Colegio de Profesores. "Esto, porque en casi todas las regiones del país, julio es el mes más complicado en términos de lluvia y otros indicadores ambientales, entonces claramente es el mes más indicado para hacer la pausa", añade Aguilar.
Y continúa: "De hecho, si este año las vacaciones hubiesen sido en el período habitual, en julio, estos temporales habrían ocurrido durante vacaciones y no habríamos tenido los problemas que se presentaron. Ha quedado en evidencia el error".
Las intensas lluvias que han afectado al país las últimas semanas provocaron daños en la infraestructura de cientos de establecimientos educacionales y obligaron a suspender clases en distintas regiones.
Para Aguilar, al tema climático se suma una razón pedagógica. Según dice, al haber vacaciones en junio, "los semestres quedan muy desbalanceados: el primero muy corto, donde hay que comprimir mucho y eso hace que, en algunos casos, determinados contenidos tengan que ser trabajados muy a la rápida, mientras que el segundo semestre se hace muy largo y la fatiga de los estudiantes es muy fuerte", sostiene.
Ruth Arce, directora del Magíster en Currículum y Evaluación Educativa de la UDP, también considera que el principal problema de esta modalidad es que los dos semestres dejan de tener una duración similar.
"Pedagógicamente hablando, las vacaciones en julio equilibran mucho mejor los dos semestres", afirma.
A su juicio, acelerar contenidos en el primer semestre, reorganizar evaluaciones y reducir el tiempo disponible para abordar aprendizajes complejos "redunda en una menor calidad del aprendizaje".
Alcanzar contenidos
Arce recuerda que el cambio de calendario respondió a una situación sanitaria excepcional y que, en ese contexto, "tuvo sentido". Sin embargo, considera que hoy el principal criterio debe ser pedagógico.
"Muchas veces hemos cometido el error de no privilegiar el verdadero sentido de la escuela. Cada vez que pasa algo afuera, la primera afectada es la escuela", sostiene, aludiendo también al prolongado cierre de establecimientos durante la pandemia.
No todos los especialistas, sin embargo, creen que la respuesta pase simplemente por volver a julio.
Patricia Guerrero, académica de la Facultad de Educación UC y del Centro de Liderazgo para la Transformación de los Territorios Educativos (Celited), sostiene que mantener las vacaciones durante junio permite un segundo semestre más extenso, lo que facilita el poder alcanzar los contenidos considerando que durante septiembre una parte importante del tiempo escolar se destina a las actividades de Fiestas Patrias.
En ese sentido, opina, "es bueno que el primer semestre se termine en junio (...). Y que haya un segundo semestre más largo y tranquilo en términos pedagógicos".
Verónica Pantoja, directora del Magíster en Neurociencias de la Educación de la Universidad Mayor, señala que "el calendario escolar debería ser flexible y adaptarse a las necesidades territoriales y a las condiciones de cada año", plantea.
A su juicio, el problema no se limita a definir un mes específico, sino a diseñar un calendario que considere tanto la evidencia sanitaria como las diferencias regionales y las necesidades pedagógicas.
No obstante, advierte que "cuando se suman muchos contenidos concentrados en un mismo tiempo (...) aumenta el estrés y eso afecta la atención, la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva e incluso la regulación emocional".
Una postura similar plantea Margarita Errandonea, directora de la Escuela de Ciencias Sociales y Educación del Instituto Profesional IACC, quien considera que un segundo semestre excesivamente largo puede generar mayor desgaste en estudiantes y docentes, afectando tanto los aprendizajes como el bienestar socioemocional.
Otro efecto que observa la académica es que, si después del receso de junio se producen nuevas suspensiones de clases -como ocurrió este invierno por la lluvia-, los establecimientos deben reorganizar nuevamente el calendario.
"Se produce otra presión curricular para poder lograr todos los objetivos", afirma. Además, agrega, cada interrupción obliga a dedicar tiempo a que los estudiantes recuperen el ritmo de aprendizaje.
En su opinión, "lo que hay que hacer es planificar de una forma que se analicen justamente cómo se organizan de mejor manera los tiempos de descanso, considerando que uno de los factores es el factor climático, pero no el único".
Algo en lo que los expertos concuerdan es que cualquier decisión sobre el calendario escolar debería considerar simultáneamente criterios pedagógicos, sanitarios, sociales y territoriales, además de establecer planes para reducir al máximo el impacto de contingencias.
''El calendario escolar debería ser flexible y adaptarse a las necesidades territoriales y a las condiciones de cada año".
VERÓNICA PANTOJA, ACADÉMICA DE EDUCACIÓN Y NEUROCIENCIA DE LA U. MAYOR
''Es bueno que el primer semestre se termine en junio (...). Y que haya un segundo semestre más largo y tranquilo en términos pedagógicos".
PATRICIA GUERRERO, ACADÉMICA DE LA FACULTAD DE EDUCACIÓN UC
Nuevas condicionesPara Guerrero, la discusión que se ha generado no debería terminar al definir si las vacaciones de invierno deben realizarse en junio o julio. A su juicio, el debate también abre una oportunidad para discutir la necesidad de mejorar la infraestructura escolar para enfrentar las nuevas condiciones climáticas.
"Independientemente de las fechas de las vacaciones, las escuelas no tienen las condiciones para recibir a los estudiantes en invierno y yo creo que eso es un problema gravísimo. En general, muchas escuelas no están adaptadas al cambio climático porque tampoco tienen el aire acondicionado que se necesita para el verano", sostiene la experta.