Jueves, 30 de Julio de 2026

¿Solo una cuestión de lenguaje?

ChileEl Mercurio, Chile 30 de julio de 2026

Es un hecho inevitable que, en el contexto que acabamos de indicar, religiones e iglesias, lo mismo que la teología y la filosofía, empiecen a inquietarse y a aferrarse tanto como a dudar de los perentorios dogmas de aquellas y estas.

A nadie podría sorprender, y menos aún parecerle mal, que la cabeza de una iglesia cristiana -en este caso León XIV- haya dado inicio y a la par concluido su reciente encíclica con alusiones explícitas a "Dios", el "Espíritu Santo", "Cristo", el "Reino", la "conversión personal y colectiva" y la "Virgen María". La introducción a ese texto se parece bastante a una petición de principio: lo que se afirma al comienzo como verdadero está ya en lo que viene a continuación, determinado por las creencias religiosas y eclesiásticas del autor de la encíclica, las primeras provenientes del cristianismo y las segundas del catolicismo.
Se explica allí la "Doctrina Social" de esa iglesia y, en particular, el uso de la inteligencia artificial con diversos objetivos, entre otros, la prolongación de la vida y el control del envejecimiento, si no, eventualmente, la supresión de la muerte como término natural e inescapable de nuestra existencia. Estamos ya en la prolongación de la vida y podríamos llegar a estarlo en la creación de esta.
No obstante la serenidad que Robert Francis Prevost muestra en la redacción del señalado documento, es un hecho inevitable que, en el contexto que acabamos de indicar, religiones e iglesias, lo mismo que la teología y la filosofía, empiecen a inquietarse y a aferrarse tanto como a dudar de los perentorios dogmas de aquellas y estas.
Recuerdo el intercambio de ponencias que en 2004 tuvieron el teólogo Joseph Ratzinger y el filósofo Jürgen Habermas, este último un liberal laico que se mostró siempre abierto a reconocer el valor y la influencia de conceptos e ideas religiosas que no compartía.
Habermas sostuvo que no hay nada que impida justificar la moral y el derecho con independencia de verdades reveladas y dogmas de fe, algo que, sin embargo, no le impidió admitir la "persistencia de la religión incluso en un ambiente cada vez más secularizado", conjeturando que "en las comunidades religiosas, siempre que eviten el dogmatismo y el moralismo, podrían ellas mantenerse intactas". Pero, ¿es posible para un creyente prescindir de los dogmas, esto es, las verdades religiosas firmemente establecidas y seguras, como, por ejemplo, que Dios es uno y trino, que hemos sido creados a imagen y semejanza de la divinidad, y que habrá para quienes han muerto una posterior vida eterna?
No se trata solo de una cuestión de lenguaje, aunque para un liberal agnóstico o ateo resulta muy difícil, e incluso incomprensible, asimilar bien ese lenguaje de la fe. Se debe tolerar y hasta respetar este, pero, ¿cómo acceder a dicho lenguaje, a entenderlo y a tenerlo presente indefinidamente?
Por su parte, Ratzinger habló de "derecho natural", "valores permanentes de la naturaleza humana", "esencia del hombre", y de una "correlación necesaria entre razón y fe", y resulta muy improbable que una y otra muestren cada cual sus límites y que nos propongamos todos juntos encontrar "el camino".
Es que no habría siquiera "el" camino, y lo que se emprende, muchas veces a tientas, son múltiples y variadas rutas, ahora guiados no por la fe ni la filosofía, sino por la ciencia y las modernas tecnologías, estas últimas renovándose aceleradamente y empujando con fuerza a los propios saberes científicos. En la introducción de su libro "Una teoría crítica de la inteligencia artificial", el filósofo Daniel Innerarity incluyó este epígrafe de Philip Agre: "La tecnología es, actualmente, filosofía encubierta; la cuestión es hacerla abiertamente filosofía".
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