Lunes, 03 de Agosto de 2026

Milei y su contexto

UruguayEl País, Uruguay 3 de agosto de 2026

Vivimos tiempos distintos a los posteriores a la segunda guerra mundial.

Los Tratados de Westfalia, firmado en esa localidad en 1648, terminaron con la guerra europea de los treinta años y la de España con los Países Bajos. El tratado, además de reconocer la soberanía territorial de los agrupamientos humanos creando Estados, terminó con las prácticas feudales de gobiernos hereditarios, además de dar paso a la consolidación del Derecho Diplomático. A su vez estableció las bases formales del relacionamiento entre los nuevos estados, generalizando las prácticas del trato formal entre ellos, así como el estatuto aplicable a los respectivos embajadores, en inmunidades y derechos.

Más de trescientos años después, esas reglas tan trabajosamente perfeccionadas, se juridificaron mediante el Tratado de Viena de 1961 sobre el derecho diplomático, que en su artículo 41, estableció reglas precisas para el comportamiento habitual entre estados. Algo, que con mayor generalidad ya surgía de las normas de creación de la Carta de las Naciones Unidas en 1949, prohibiendo o limitando intervenciones indebidas entre ellos, aún cuando estas no llegaran a la agresión directa.

Actualmente vivimos tiempos distintos a lo posteriores a la segunda guerra mundial, cuando los países, aún enfrentados entre sí en difícil equilibrio, se empeñaban voluntariamente, con mayor o menor decisión, en mantener un orden internacional previsible. Por más que el equilibrio atómico, aún hoy subsistente, colaborara en esa contención. Es igualmente cierto que el coetáneo desarrollo del derecho internacional humanitario y el proceso de globalización económica y cultural forzaba a reglamentar un mundo que tendía a achicarse y homogeneizarse. Sin que ello supusiera que los estados más poderosos (pero también a veces los más pequeños) no violarán repetidamente el orden internacional en repetidos conflictos.

Ni que decir que la caída del régimen soviético, rompiendo el dualismo de bloques, alimentó la esperanza de un mundo unificado, proyectado hacia la democracia liberal y el común desarrollo humano. Un período que desgraciadamente sólo se extendió algo más de un decenio, para concluir en el actual desarreglo global donde los intereses económicos más sórdidos de los estados imponen los mandatos universales que mejor se adecuan a sus intereses, ignorando las instituciones trasnacionales. Mientras, vaya paradoja, la impenetrable dictadura China se esfuerza en aparecer como el partido del orden y el buen sentido.

Todo motivado o agravado por las dos presidencias en los Estados Unidos de un mandatario como Donald Trump, desconocedor que el planeta admite más de ciento cincuenta naciones y convencido como está, que la única frontera relevante es la suya. Todo lo cual nos hace vivir semana a semana una pesadilla a la que parecen plegarse con ciego entusiasmo todas las derechas extremas, existentes o a crearse en la tierra.

Entre ellas -y eso motivó esta nota, furiosa y asustada- los insólitos improperios que el Presidente Argentino, aferrado a un vergonzoso vasallaje de señorío norteño, se dignó proferir en territorio brasileño, violando no solamente el derecho internacional en su conjunto y los mínimos morales en el trato entre naciones sino los restos, cada vez más escasos, de sobriedad civilizatoria.
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