Jueves, 06 de Agosto de 2026

¿Violencia imparable?

ChileEl Mercurio, Chile 6 de agosto de 2026

Los "overoles blancos" evidencian un vergonzoso fracaso del Estado.

La violencia parece no detenerse en el Instituto Nacional. Entre los incidentes de las últimas semanas, se cuentan ataques con bombas molotov contra funcionarios policiales, pero también contra un vehículo en cuyo interior había dos niños, de seis y siete años de edad. En tanto, el martes pasado -y en el contexto de protestas convocadas por los secundarios contra la ley de Reconstrucción-, el Instituto volvió a ser tomado, frente a lo cual el SLEP (Servicio Local de Educación Pública) solicitó -como corresponde- su desalojo, el que finalmente no fue necesario, pues antes los estudiantes procedieron a "devolver" el colegio.
Hechos como estos han marcado la tónica del establecimiento en los últimos años, sumiendo al que fuera orgullo de la educación pública en una progresiva decadencia, de la que los declinantes resultados de sus estudiantes en las pruebas de acceso a la universidad o la drástica baja en las postulaciones dan triste muestra. Es una situación dramática, respecto de la cual hace algunos días nueve exalcaldes de Santiago -municipio que hasta el año pasado era sostenedor del colegio- decidieron levantar la voz y demandar a las autoridades aplicar "todo el rigor de la ley" frente a la violencia.
Es comprensible esa preocupación. Durante casi dos siglos, el Nacional fue sinónimo de excelencia, esfuerzo y movilidad social. Sin embargo, en las últimas dos décadas ha sufrido un cada vez más agudo declive. Determinante ha sido la confluencia de al menos dos factores. Uno de ellos fue la instalación por parte de sectores de izquierda de un discurso que negaba el valor del mérito en la educación, socavando un pilar central del proyecto que representaba el Nacional; tal discurso se expresó luego en la Ley de Inclusión, que echó abajo la posibilidad de seleccionar y asestó así un golpe decisivo contra los llamados liceos emblemáticos.
Pero además, y mientras ello ocurría, grupos radicalizados lograron penetrar el movimiento estudiantil y focalizar sus acciones precisamente en los establecimientos de excelencia. De este modo, las molotov, la destrucción de infraestructura y la interrupción reiterada de las clases se han terminado transformando en una lamentable rutina, dominada por minorías que evidentemente reciben el apoyo exterior de adultos interesados en promover esta violencia. El fenómeno de los "overoles blancos" hace patente así un vergonzoso fracaso, el de un Estado que no ha logrado desarticularlos y recuperar la normalidad para el que fuera el más importante establecimiento público del país. La tarea, por cierto, excede el ámbito educativo y desafía tanto a las autoridades del Ejecutivo en el área de seguridad como a las policías y al Ministerio Público.
En lo académico, en tanto, el proyecto de reforma al Sistema de Admisión Escolar -más allá de la controversia respecto de algunos de sus contenidos- ofrece una oportunidad de restablecer el mérito en estos procesos y con ello recuperar el proyecto del Nacional. Es difícil, sin embargo, que eso pueda prosperar mientras no se erradique la violencia. Por lo mismo, medidas drásticas, como la suspensión de nuevos ingresos durante un cierto período, hasta lograr la estabilización del colegio, no debieran ser descartadas.
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