El legado de Petro
Gustavo Petro llegó a la Casa de Nariño en 2022 presentándose como el líder de un "cambio" moral y político, con una promesa ética frente a la política tradicional: gobernar sin corrupción, romper con el clientelismo y demostrar que el poder podía ejercerse al servicio de los más vulnerables y no de las maquinarias de siempre
Gustavo Petro llegó a la Casa de Nariño en 2022 presentándose como el líder de un "cambio" moral y político, con una promesa ética frente a la política tradicional: gobernar sin corrupción, romper con el clientelismo y demostrar que el poder podía ejercerse al servicio de los más vulnerables y no de las maquinarias de siempre. Esa promesa impactó su gobierno porque lo obligó a medirse con una vara ética más alta que la de sus antecesores. Por eso, cada escándalo y cada contrato bajo sospecha no solo golpeó la gestión administrativa, sino que erosionó el sentido de su relato político: la idea de que el cambio representaba una superioridad moral frente a la política tradicional. Casos como la violación de topes de su campaña presidencial, el desfalco de la Ungrd, el tráfico de influencias y las irregularidades con recursos públicos, entre otros, ya no pueden leerse como episodios sueltos ni como accidentes de gestión. Son la evidencia de una contradicción de fondo: el gobierno que prometió limpiar la política terminó en las mismas prácticas que decía combatir. Ahí está el golpe más profundo: cuando el poder se vende como redención, sus tropiezos no son simples fallas administrativas; son fracturas simbólicas. Petro no solo decepcionó a sus contradictores. Defraudó a muchos colombianos que creyeron que el cambio llegaría limpio y moralmente superior. Nada destruye más rápido la legitimidad de un proyecto que predicar justicia social mientras los recursos públicos terminan perdidos entre intermediarios, favores y funcionarios sin escrúpulos. Lo grave no es solo que la corrupción haya aparecido de nuevo; lo demoledor es que haya brotado en un gobierno que hizo de la superioridad ética su bandera. A esa quiebra ética se suma un deterioro igualmente grave: el de la gobernabilidad. Petro confundió la conducción del Estado con la agitación permanente, y convirtió el mandato de gobernar en una prolongación de la campaña. En lugar de construir mayorías estables, transformó cada desacuerdo en una batalla moral entre el pueblo y sus supuestos enemigos. El Congreso fue tratado como obstáculo cuando no aprobó sus iniciativas; los organismos de control, como conspiradores cuando investigaron; los medios de comunicación, como adversarios cuando preguntaron; y los empresarios, como sospechosos cuando advirtieron riesgos. En suma, el legado de Petro difícilmente será recordado como el de una gran transformación. Más bien quedará como el saldo de una promesa ética quebrantada y un Estado totalmente polarizado. Ese es el país que hereda Abelardo De La Espriella: instituciones golpeadas por la confrontación, una ciudadanía escéptica y una confianza pública por reconstruir. Su desafío no será solo administrar problemas, sino demostrar que gobernar no consiste en dividir para movilizar, sino en unir para reconstruir.
Ricardo Gaitán
Analista de marca.