El actor argentino, protagonista de éxitos como "Celeste", "Antonella" y "Nano", debuta en el teatro uruguayo y recuerda los siete años que pasó alejado de la actuación.
Fue uno de los rostros que definieron la televisión argentina desde el inicio de los años noventa. Protagonizó telenovelas como Celeste, Antonella, Celeste siempre Celeste y Nano que lo convirtieron en el galán por excelencia de una época: traje impecable, voz grave, melena abundante y ese perfil de héroe romántico que marcó a toda una generación. Durante años, Gustavo Bermúdez fue uno de los hombres más populares de la pantalla y el modelo de protagonista que parecía inamovible.
Sin embargo, cuando todavía protagonizaba éxitos, decidió hacer algo poco habitual: salir de escena. En 2007 dejó la actuación, se instaló junto a su familia en San Martín de los Andes y se dedicó de lleno a criar a sus hijas. Durante siete años prácticamente no se supo nada de él. No hubo escándalos, regresos fugaces ni intentos por mantenerse vigente. Simplemente eligió otra vida.
El regreso llegó hace poco más de una década y, desde entonces, no volvió a detenerse. Ya sin la presión de sostener la imagen del galán televisivo, exploró nuevos registros, se acercó con más frecuencia a la comedia y encontró en el teatro un espacio que hoy disfruta especialmente. Paradójicamente, pese a su extensa trayectoria, nunca se había presentado con una obra en Uruguay.
Eso cambiará esta semana con La cena de los tontos, el clásico de Francis Veber, con el que desembarcará en Montevideo junto a Martín Bossi y Laurita Fernández. Funciones del jueves al domingo en El Galpón y entradas por Redtickets.
Bermúdez, del otro lado del teléfono, mantiene intacta esa voz grave que durante décadas acompañó millones de tardes de televisión. Atiende desde San Martín de los Andes, donde pasa unos días junto a una de sus hijas y su nieta antes de volver a Buenos Aires para continuar con las funciones y preparar el viaje a Uruguay. "Estoy muy entusiasmado y muy contento, con muchas ganas de estar por allá", dice.
A los 61 años, Bermúdez parece mirar su carrera con una mezcla de gratitud y distancia. Habla del retiro sin arrepentimientos, de una televisión que ya no existe y de cómo los rótulos -el galán, el héroe romántico, el hombre ideal- pueden terminar condicionando la forma en que los demás miran a una persona. No es casual que La cena de los tontos, una obra que habla justamente de prejuicios y etiquetas, sea hoy el proyecto que lo trae por primera vez al público uruguayo.
Cuando dejaste la actuación seguías siendo una de las figuras más convocantes de la televisión. ¿Qué necesitabas encontrar lejos del trabajo? Había trabajado muchísimo y sentía que estaba realizado. Cuando nació mi segunda hija entendí que había cosas que me estaba perdiendo. El tiempo con ellas no lo iba a poder recuperar nunca más. Tuve la suerte de estar en una situación económica que me permitió elegir y decidimos mudarnos a San Martín de los Andes para que crecieran tranquilas. Siempre me gustó mucho el sur y esa vida con otro ritmo. Fue una decisión difícil, porque amaba mi profesión, pero nunca me arrepentí. Después, cuando crecieron, sentí que era momento de volver a hacer lo que tanto me gusta: actuar.
¿Extrañabas el oficio? Muchísimo. Uno extraña mucho cuando no está en esto. Hice algunas cosas detrás de cámara, trabajé en producción y dirección, pero actuar era algo que seguía estando ahí. También tuve la suerte de mantener amistades de toda la vida y de seguir vinculado al medio. Cuando mis hijas crecieron, sentí que era tiempo de volver.
Trabajaste en una época en la que una telenovela podía paralizar un país. ¿Ese fenómeno desapareció? Sí, lamentablemente desapareció. La televisión abierta tenía un vínculo con el espectador que ninguna plataforma puede reemplazar. Todos estaban viendo lo mismo al mismo tiempo y eso generaba una relación muy especial. Hoy cada uno mira las series cuando quiere y esa experiencia compartida ya no existe. Ojalá algún día la industria argentina vuelva a producir ficción con la fuerza que tuvo.
También fuiste el galán de toda una época. ¿Te sentiste encasillado? Un poco sí. Siempre hay encasillamientos, para un lado o para otro. Nos pasa a los actores y nos pasa a todos en la vida. Quedamos bajo determinados rótulos y muchas veces los demás esperan que respondamos a eso.
En tu regreso apareció más la comedia, un género que el público no asociaba tanto contigo. Sí, no había hecho tanta comedia y la verdad es que la disfruto mucho. La cena de los tontos es una obra extraordinaria. Nunca vi una comedia en la que la gente se ríe tanto. Es un clásico que se hizo en todo el mundo y fue un éxito en todos lados. Esas cosas no son casualidad. Yo me subí al escenario porque sabía que estaba frente a un material muy especial.
Raw Html La obra funciona porque todos creemos reconocer al tonto, hasta que nos pone frente al espejo. Exactamente. No juzga a nadie. No hay buenos ni malos. Es una descripción de algo que hacemos todos: vivir poniendo rótulos y prejuicios. Todos somos inteligentes y todos somos un poco tontos también. Pero hay personas que quedan etiquetadas de una determinada manera y terminan respondiendo a eso. La obra deja pensando en eso además de hacer reír muchísimo.
¿El público se ríe hoy de las mismas cosas que hace veinte años? No. Hay cosas que cambiaron y está bien que hayan cambiado. Ya no causa gracia reírse de alguien por ser diferente o hacer humor a partir de ciertos prejuicios. Gracias a Dios evolucionamos. Pero las situaciones humanas siguen siendo universales y por eso una obra como esta funciona igual de bien hoy que hace décadas.
Durante años millones de personas proyectaron en vos la idea del hombre ideal. ¿Había distancia entre ese personaje y la persona que eras? Los personajes siempre tenían cosas distintas a mí. Pero yo siempre traté de trabajar sobre mí mismo: ser mejor hijo, mejor padre, mejor amigo, mejor pareja. Eso es algo que sigo haciendo. Todos estamos aprendiendo todo el tiempo.
Hace poco encontré Nano en Youtube. ¿Qué te pasa cuando ves esas novelas? Las recuerdo con mucho cariño. Fueron aventuras extraordinarias y me dejaron muchísimos aprendizajes. Eran otras épocas y algunas cosas cambiaron para bien, pero guardo un enorme agradecimiento por todo lo que viví. Cada novela me dejó algo.