Menos diagnósticos de demencia en mayores: los hábitos que han demostrado hacer una diferencia
En las últimas décadas, su incidencia ha disminuido cerca de un 13% en países de Europa y Norteamérica. Además, la Comisión The Lancet sobre Demencia estima que hasta un 45% de los casos podrían retrasarse o prevenirse actuando sobre factores modificables a lo largo de la vida.
D esde que se jubiló hace tres años, Marcelo Rioseco (72) no ha dejado de ejercitar su mente. Además de desempeñarse como tesorero del sistema de Agua Potable Rural de San Alfonso -donde administra pagos y finanzas para abastecer a unas 500 familias- dedica parte de su tiempo a resolver sudokus. "Hay que tener la cabeza bien activa", dice.
No es una rutina al azar: busca reducir el riesgo de desarrollar demencia. En las últimas décadas, las cifras han mostrado una disminución en la aparición de nuevos casos en algunos países. En Estados Unidos, mientras hace cuatro décadas casi tres de cada diez adultos mayores eran diagnosticados con demencia, según la Sociedad Médica Americana, en 2024 la cifra habría descendido a aproximadamente una de cada diez personas. Además, un estudio del Centro Médico Erasmus, de Países Bajos, observó que entre 1988 y 2015 la incidencia de demencia disminuyó 13% en seis países de Europa y Norteamérica.
Según la Comisión The Lancet sobre Demencia (2024), mantener la estimulación intelectual después de la jubilación es uno de los principales factores de protección y hasta 45% de los casos podría retrasarse o prevenirse actuando sobre factores modificables a lo largo de la vida, como la salud cardiovascular, la actividad física, la pérdida auditiva y el aislamiento social.
Para el neurólogo Ignacio González, de la Clínica Universidad de los Andes, la jubilación no debería significar el fin de los desafíos intelectuales. "Sería un susto que una persona que se jubila a los 65 años se cruce de brazos", afirma. En su experiencia clínica, observa que algunos pacientes comienzan a presentar problemas de memoria después de dejar de trabajar, por lo que insiste en mantener el cerebro activo mediante la lectura, el aprendizaje de nuevas habilidades, la participación en actividades comunitarias o cualquier desafío cognitivo. "El cerebro hay que mantenerlo entrenado con actividad cognitiva intelectual. (...) Yo recomiendo mucho aprender un nuevo idioma en la vejez".
Ese principio también guía la rutina de María Agustina Mena (73). Hace 15 años integra un grupo de crecimiento personal que se reúne cada dos semanas a leer y conversar distintos temas: "Compartir ideas te lleva a viajar por tu mente y estar alerta". Además, lee de forma permanente y realiza ejercicios cognitivos en aplicaciones que ponen a prueba su memoria y rapidez mental. "Todo lo que sea gimnasia mental es lo único que me va a llevar a estar activa (...) Yo trabajé toda la vida, entonces eso no lo puedo perder", asegura.
La evidencia también muestra que proteger el corazón es proteger el cerebro. "Cada factor de riesgo cardiovascular que tratamos hoy es una historia de deterioro cognitivo que nunca se escribirá mañana", resume el cardiólogo Aníbal Zamorano, jefe de la Unidad Coronaria de Clínica Santa María. Según explica, enfermedades como la hipertensión, la diabetes, la obesidad, el colesterol elevado o la fibrilación auricular aumentan el riesgo de deterioro cognitivo vascular, por lo que insiste en la importancia de controlarlas desde edades tempranas. "La prevención cardiovascular empieza desde niño", enfatiza.
Rioseco procura seguir esa recomendación. "Soy súper riguroso, mantengo mis controles... hago mi chequeo una vez al año", cuenta. A eso suma caminatas frecuentes y una alimentación saludable.
Otro de los factores que ha cobrado fuerza, según la evidencia científica, es la pérdida auditiva. González explica que "la audición es uno de los canales más importantes para mantener informados todos los mecanismos cognitivos", y advierte que una persona con un compromiso importante de la audición "es lo mismo que el aislamiento social. Ese cerebro no se informa, por lo tanto, no trabaja".
Susana Murden (70) conoce bien esa realidad. Tras perder parte de la audición por una otitis en la infancia, hoy usa audífonos todos los días. "No puedo andar sin ellos. Además, tengo tendencia genética, porque mi mamá tuvo demencia, entonces yo me cuido", cuenta. Practica yoga desde hace seis años, camina cuando puede, lee constantemente y mantiene una activa vida social junto a familiares y amigos.
Entre la ultima evidencia, un estudio publicado en Nature en 2025 encontró que una vacuna diseñada para prevenir el herpes zóster también podría estar asociada a un menor riesgo de desarrollar demencia. La investigación, liderada por científicos de la U. de Stanford, analizó el programa de vacunación contra esta enfermedad en Gales y observó que las personas inmunizadas desarrollaban demencia con menor frecuencia que quienes no recibieron la vacuna. Aunque la razón de esta asociación todavía no está del todo clara, el neurólogo Ignacio González explica que seguramente la hipótesis apunta a la inflamación. "Cualquier cosa que lleve a inflamación de las neuronas puede generar un aumento de riesgo de demencia, (...) por lo que disminuir los procesos inflamatorios desencadenados por el virus podría ser una de las explicaciones".