Solo, mas no abandonado
"Victoria, cantemos victoria, yo estoy en la gloria, se fue mi mujer", cantó Carlos Gardel y quizás cuántos maridos le siguieron el amén
"Victoria, cantemos victoria, yo estoy en la gloria, se fue mi mujer", cantó Carlos Gardel y quizás cuántos maridos le siguieron el amén. Abundan casos similares. Hay profusión de chistes y bromas al respecto. El mismo Gardel aseguró en este tango que, de no verla, "corro, salto, voy y vengo". Es decir, libre como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar.
La realidad ofrece matices diferentes. Mi amigo Juan Pablo, viudo, sufre constantes bajones anímicos ante la falta de su mujer. Al ver las gracias de sus pequeños bisnietos recobra la normalidad.
En mi caso, la soledad me ha enseñado a comprender mejor la libertad, a conocer sus límites. Cuando mi esposa vivía, yo iba casi todos los días al restaurante de la esquina, hoy voy solo los viernes.
¿Se puede pensar, entonces, que antes era más libre?
La soledad también limita y, en ocasiones, aplasta. Mi soledad la acepto, la percibo, me siento solo, pero no abandonado, ya que Jesús -que supo del desamparo- nos enseñó a no estar deprimidos porque nunca estaremos solos.