Humanidades: entre Escila y Caribdis
Un conservador genuino conserva, poda, pero no destruye la tradición.
Ya que está tan de moda volver a citar a la "Odisea" (hay que agradecerle a Christopher Nolan ese regreso al mundo griego), me surge -a propósito de la decisión de la ministra de Ciencias, de focalizar recursos para becas en ciencia y tecnología, en desmedro de las Humanidades- la imagen de Escila y Caribdis para graficar la situación en la que se encuentran las Humanidades hoy. Como se sabe, Odiseo, con sus compañeros de periplo, debían cruzar un estrecho angosto entre Escila, monstruo de seis cabezas que vivía en una cueva y devoraba a los marineros, y Caribdis, una fuerza que, en forma de remolino, tragaba todo lo que pasaba cerca. Si Odiseo se acercaba demasiado a la primera, perdería algunos de sus hombres; si pasaba cerca de la segunda, podía perder el barco entero. ¿Cuál de los infaustos males debía elegir? Las Humanidades hoy navegan entre dos monstruos tan devastadores el uno como el otro.
El primero es el integrismo "woke" y la deconstrucción, que han secuestrado las Humanidades y las han convertido en lo que George Steiner llamó la "cháchara de altura". El cantinflerío teórico, que esconde un vacío de ideas y que ha infestado de ideología identitaria las artes y las letras. A Derridá o Foucault uno los respeta, pero el derridaísmo o el foucaultismo sectarios se han vuelto indigestibles, por no decir vomitivos. Obviamente que se entiende que no se quiera dar fondos a esa majamama posmoderna que tanto daño ha hecho en la formación de los estudiantes humanistas. ¿Pero equivale eso a entregar a las Humanidades al otro monstruo, Caribdis, para hacer desaparecer toda la embarcación? Ese otro monstruo es la tiranía de la técnica, el nihilismo tecnológico que parece hechizar a una parte de nuestra élite, que cree que sin significados, sin interpretaciones, sin sentido se puede regresar bien a Ítaca. Es la misma élite que no tuvo herramientas interpretativas cuando el estallido la pilló de sorpresa, la élite que, en las conversaciones de sobremesa, tilda de vagos a los intelectuales y los artistas. La misma élite que se espanta cuando sus hijos optan por carreras humanistas y ningunea a los intelectuales de su propio sector y cree que la fórmula de éxito en la vida, la política y la empresa es la sola gestión. Son los culpables, en parte, de que hoy Occidente, y particularmente los jóvenes, estén viviendo una crisis de sentido colosal.
No debemos entregarnos a ninguno de los dos monstruos. Las Humanidades deberán navegar entre los dos, recuperando en primer lugar su seriedad, rigor y esencia (pienso en los estudios clásicos, la filología, la filosofía como ejercicio espiritual, etc.) y defendiéndose, en el otro flanco, de ese pragmatismo ramplón que las considera "inútiles". ¿Fueron inútiles las primeras preguntas por el ser formuladas por esos primeros filósofos surgidos en Asia Menor en el siglo IV a. C.? Sí, fueron inútiles, pero de ahí nació Occidente y, más adelante, la ciencia y la misma técnica.
Cometería un grave error estratégico un gobierno conservador como este, al aprovecharse de la decadencia de las Humanidades hoy y, por haber sido cooptadas por un cierto sectarismo "progresista", jibarizarlas o derechamente eliminarlas. Un conservador genuino conserva, poda, pero no destruye la tradición. De hecho, en las Humanidades están también las fuentes del pensamiento conservador. Cuidado, al arrancar la cizaña, de arrancar también el trigo. Se equivocan algunos iluminados de una cierta "derecha cavernaria" al creer que, entregando las Humanidades a Caribdis, lograrán deshacerse para siempre de la Escila "woke" (a la que se ha entregado la izquierda cavernaria). En los tiempos que vienen, deberemos enfrentar las tentaciones seductoras de las sirenas (entre ellas la IA) y, sin Humanidades, nuestra alma corre el riesgo de naufragar. Sí, hablo de Alma, señora ministra, y de esa "otra" ciencia que se ocupa de las inútiles y necesarias cosas olvidadas.