Miércoles, 19 de Agosto de 2026

Karaoke, cobras y educación

UruguayEl País, Uruguay 19 de agosto de 2026

Un docente que renuncia a la fundamentación y se limita a repetir la práctica termina en «profesor Karaoke».

Durante el gobierno británico en la India se quiso controlar la población de cobras pagando una recompensa por cada serpiente muerta. Al principio la medida pareció funcionar, pero con el tiempo la cantidad de recompensas subió sospechosamente: algunos ciudadanos habían montado criaderos en sus casas para hacerse con el incentivo. Cuando el gobierno descubrió la trampa canceló el programa, pero la situación empeoró: los criadores soltaron las cobras que ya no tenían valor y la ciudad quedó más infestada que al principio. En 2001, el economista Horst Siebert tomó esta historia para acuñar el concepto de «efecto cobra»: el fenómeno por el cual un incentivo mal diseñado termina multiplicando el problema que pretendía resolver.

Recordar está anécdota sirve para analizar la propuesta del Codicen para facilitar la titulación a quienes ejercen la docencia sin haber completado la formación, pero acreditan experiencia. Las intenciones son comprensibles: en la educación media pública un 30% de los docentes no tiene título, y en el sistema privado la cifra asciende al 42%. La justificación parece obvia: lo primordial es cubrir las horas de clase.

Sin embargo, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. ¿Hasta qué punto esta salida no generará un «efecto cobra», consagrando el atajo y desestimulando la formación de los nuevos educadores? Si desde el propio sistema se sugiere que culminar la carrera de formación docente no es tan relevante, corremos el riesgo de desalentar a quienes tienen una vocación genuina y premiar la estratagema.

¿Tan relevante es mejorar los índices? Según la Ley de Goodhart, cuando una política pública convierte un indicador estadístico en meta, el indicador deja de ser una buena medida. Si la titulación deja de ser un indicio de formación sustantiva y pasa a ser un trámite para engordar estadísticas de egreso, se destruye el sentido del título.

Hace más de 2.300 años, Aristóteles distinguió entre el experto (aquel que posee práctica o empeiría) y el científico (aquel que conoce la naturaleza y las causas de lo que hace, episteme). El experto domina una rutina de implementación: mientras las condiciones no varíen, las cosas funcionan de manera aceptable. Sin embargo, ante una anomalía o un cambio de contexto, al desconocer las razones últimas por las que hace lo que hace, queda desarmado ante la naturaleza del problema.

Un docente que renuncia a la fundamentación y se limita a repetir la práctica termina siendo un «profesor Karaoke». En el karaoke todo viene prefabricado: la pista de fondo, las luces y la letra en pantalla. Si la pista se corta o la pantalla falla, el intérprete no puede continuar porque no domina la música. El músico verdadero, en cambio, comprende la armonía: es capaz de modular, cambiar de tono y adaptarse al auditorio porque sabe lo que hace y entiende el sentido de su arte.

Distinguir entre el mero oficio empírico y la verdadera profesionalidad docente exige recuperar una reflexión seria sobre el propósito de la educación. Para enfrentar el desafío de nuestras aulas no necesitamos animadores de karaoke ni fabricantes de estadísticas: necesitamos educadores formados, capaces de pensar como científicos y crear como artistas. Si por la urgencia de maquillar los índices de titulación terminamos validando la simulación, habremos caído en la trampa: el día que se desvanezca la ficción de los papeles, habremos soltado las cobras y el daño para la educación será infinitamente más grave.



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