A las vueltas con las matemáticas
Matemáticas sirve no sólo para ciencias duras o carreras especializadas.
Las Academias Nacionales de Ingeniería, Ciencias, Medicina y Economía realizaron un foro para analizar la situación de la educación matemática.
Matemáticas tiene fama de difícil, opera como un límite y sobrevuela como un fantasma. A eso que ya sabíamos, el cónclave le agregó una observación penosa: empantanarse en matemáticas abre brechas, cierra puertas y genera distancias indeseables en un país que -recordémoslo- tiene el mandato constitucional de igualar a sus hijos en el punto de partida educacional.
Frente al terror hacia las matemáticas, se yergue la proclama lúcida del ex rector de la Universidad de la República, Roberto Markarian: "No hay que odiar la matemática: hay que quererla".
Markarián, integrante de la Academia Nacional de Ciencias, pone énfasis en la necesidad de trabajar desde edades tempranas para evitar el rechazo hacia los números. Llama a combatir el prejuicio de que matemáticas es difícil y por tanto es natural tropezar en ellas.
Tiene razón el catedrático. Matemáticas sirve no sólo para ciencias duras o carreras especializadas: se requiere como aritmética para defenderse en las cuentas de la vida diaria y se requiere como abstracción algebraica para darle estructura al pensamiento.
Por eso, las matemáticas no deben asustar en la escuela o el liceo con el machacar noticioso de cifras billonarias ni deben aplastarlos al pasar los cálculos de números a letras. El álgebra enseña a pensar sobre pensamientos y eso sirve no sólo para hacer las cuentas que hoy le encargamos a las calculadoras, sino para la comprensión de todo. En definitiva es entrenamiento en lógica viva, emparentada con la imaginación, la poesía, la música y hasta con la filosofía del infinito, como mostraban los despejes de "El hombre que calculaba", del brasileño Júlio César de Mello e Souza que se firmaba Malba Tahan, y como, en planos muy diversos, mostraron Bertrand Russell, Whitehead y Brunschvicg.
Por estas razones y muchas otras, es tiempo de que todos -de izquierda o derecha, del partido que sea- nos ocupemos de la enseñanza matemática como elemento básico de todos los aprendizajes, sabiendo que la debilidad y la ignorancia nos mantienen en el subdesarrollo y sintiendo que el Uruguay debe tomar la decisión colectiva de levantar vuelo.
Acostumbrados a chocar con limitaciones económicas y déficits presupuestales, perdemos de vista las limitaciones y déficits aun mayores que nos impone el incumplimiento del ideal nacional de formar una sola clase social: la de los robustamente educados. La instrucción pública es hoy más una bandera que un propósito. Con lo cual lo que se nos rezaga no es sólo la clase social de los desfavorecidos, sino el país todo, que queda inmerso en un magma de imprecisión debido a carencias enraizadas en prejuicios, pereza y miedo a pensar con rigor. Debilitadas la lógica y la capacidad para conceptuar y abstraer, se nos acorta el ideario desde el cual vivimos.
Al fin de cuentas, si no queremos quedar prisioneros de la tecnología binaria de la robótica, debemos cultivar el rigor y la agilidad del pensar demostrativo, necesario en las disciplinas de las Academias que se reunieron, y también en las artes y las ciencias humanas, desde la música al Derecho.
Sólo así saldremos del marasmo que nos marchita como personas y como pueblo.