Seguir bailando a los 91
Con más de 60 años de trayectoria, desde 2012 dirige la Escuela de Danza de la Corporación Bodegón Cultural de Los Vilos. Allí enseña ballet y yoga, y a fines de 2024 formó "Cisnes plateados", grupo de mujeres con quienes ha formado una cofradía de apoyo mutuo. En diciembre parte a vivir con su hija a España.
X imena Pino Burgos (Santiago, 1935) recuerda como si fuera ayer que, caminando de la mano con su mamá, ella le dijo: "Te voy a meter a clases de danza con una bailarina del Ballet Jooss". Cuenta que entonces debe haber tenido unos cinco años y que su madre, dentista, tenía la oportunidad de ir a comidas con gente del ámbito artístico. En una de ellas coincidió con Ernst Uthoff y Lola Botka, los creadores del Ballet Nacional. "Tuve la suerte de tener padres intelectuales. Mi papá, Yolando Pino Saavedra, fue decano de la Facultad de Filosofía de la U. de Chile.
Como su mamá trabajaba, una tía la llevó a las clases de ballet en las que la inscribió. No con Lola, sino con una bailarina que se llamaba Nani Torre. Las clases eran en el tercer piso del Teatro Municipal y, cuando Ximena entró por primera vez a la sala, fue como si ya hubiera estado en ella antes. "Las barras, el camarín, el aroma... Todo me resultaba familiar. Eso me quedó grabado", evoca.
Entonces no había escuchado hablar de reencarnaciones ni nada parecido, pero se enamoró de ese espacio, no así del ballet. Para eso faltaban algunos años.
Cuenta que por esos tiempos su pasión era comprar hallullas. Reconoce que tal vez por rebeldía ante la insistencia de su mamá para que practicara ballet y desarrollara un lindo cuerpo. Se las comía en la escalera exterior de su casa -vivía en calle Catedral, frente al Congreso-, en vez de ir a clases. Se podía comer entre dos y tres panes de una sentada.
Pese a los deseos de su madre, se salió de las clases y no las retomaría hasta los ochos años, con Lola Botka. Tampoco le gustó.
Su esquivo interés duró hasta que un día su mamá la llevó a ver Carmina Burana. "Quedé fascinada". Luego de la función, cuando iban en un ascensor, su mamá le preguntó si le había gustado y, ante su entusiasmo, la desafió: "Pero tú nunca vas a bailar así".
Ese fue el punto de partida. "No, yo voy a bailar", cuenta que se prometió.
En el colegio descubrió, a los 10 u 11 años, a su gran maestra: madame Helen Poliakova, bailarina rusa de la época del zar Nicolás II y que llegó a Chile después de la revolución. "Su hija se enamoró de un ruso que vino a trabajar aquí y con él vino su hija y también ella. Tuvimos una suerte enorme".
Poliakova marcó sus primeros pasos como bailarina y se convirtió en la alumna que por ningún motivo se separaba de ella, transformándose así en parte de su familia: "Cuando me casé, ella estuvo en mi matrimonio".
Estuvieron juntas mucho tiempo. A la bailarina en formación le atrajo su estilo. "No tenía una metodología formal, enseñaba desde sus propias condiciones y experiencia. Ahí realmente empecé a bailar".
Entonces se dio vuelta la tortilla. Temiendo que su única hija dejara de lado sus estudios por ese mundo que la había cautivado, la madre de Ximena le lanzó que si quería seguir bailando tenía que rendir el bachillerato, examen para ingresar a la universidad.
Tras obtener un alto resultado, su mamá la motivó entonces para que fuera a la universidad. "¿Cómo vas a perder ese puntaje?", recuerda que le dijo.
Estudió Arquitectura y en primer año decidió que tenía que hacer algo relacionado con la danza, por lo que entró al Conservatorio de la U. de Chile. En las mañanas iba temprano, se quedaba hasta las 6 de la tarde cuando terminaban los talleres, y entre 6 y 9 de la noche iba a las clases en el Conservatorio. "Así fue mi primer año. No sé cómo logré pasar".
En el primer semestre del segundo año estaba agotada y dijo basta. "Dejé Arquitectura y me dediqué al ballet". Una decisión, recuerda, terrible para su madre. "Creo que la hice sufrir mucho", lamenta. Su padre, por su parte, se había separado de su mamá hacía años, aunque Ximena sentía mucha cercanía con él.
En el Conservatorio tuvo como maestros a Hans Zullig, Joan Turner y Patricio Bunster, estos dos últimos, maestros que también marcaron su vida. Cuando estaba en segundo o tercer año, surgió la posibilidad de participar en el Festival Mundial de la Juventud en Moscú. Convencida de ir, se transformó en una de las tres delegadas de los 30 mil que asistieron de todo el mundo. Viajó con Olga Guillén y Raúl Galleguillos y, aunque eran de la misma generación, ella era la más chica. "Me decían 'el querubín'".
Entonces tenía 19 años y la férrea oposición de su mamá. "Viajar a Rusia, a mediados de los años 50, era como ir a otro mundo. No había comunicación". Logró ir con la autorización de su papá: "Le escribí una carta que, al parecer, le llegó al corazón. Me apoyó, pero con una condición: que no podía desaprovechar el viaje y que después debía estudiar un tiempo en Europa".
Ximena cumplió. Concluido el festival, que duró 20 días, los organizadores les regalaron unas vacaciones en Alemania Oriental, donde tuvo la oportunidad de ver obras de Bertolt Brecht interpretadas por su propia compañía. En Rusia, además, recorrió las escuelas del Ballet Bolshói. Luego se fue a Londres a estudiar con Sigurd Leeder, maestro de la danza moderna expresionista, que también le había hecho clases en el Conservatorio. Con él estuvo seis meses y asegura que sus lecciones influyeron en su posterior forma de enseñar.
Escenarios y maternidad
Su carrera profesional en la danza comenzó en el Ballet Nacional Chileno, con el que realizó giras por Argentina, Brasil, Canadá, Estados Unidos y Uruguay, y continuó en el Ballet del Teatro Municipal de Santiago, donde llegó a ser bailarina solista.
Recién egresada del Conservatorio había quedado embarazada. Tenía 23 años y sintió un apego tan grande por su única hija, Rocío, que decidió no bailar más. "Mi marido me dijo: 'Tú bailas o me separo de ti'. Cosa que le agradezco", recuerda.
Del Teatro Municipal, se fue a España para integrarse como intérprete al Ballet de Cámara de Madrid. Su hija tenía siete años y la dejó al cuidado de su mamá en Chile. La idea era que al tercer mes allá, Rocío se fuera a vivir allá con ella, pero la compañía que la había contratado quebró. Buscando nuevas oportunidades, su estadía se terminó alargando por un año y medio, tiempo en el que participó en revistas musicales en Madrid y Barcelona. Vivía arriba de un bus de la compañía que transportaba a los bailarines entre ambas ciudades, lo que le permitía ahorrar en alojamiento. Eso, hasta que su mamá, que le llevó en una oportunidad a su hija, le dijo: "Te vienes".
De regreso en Chile, y llegando a los 40, Ximena descubrió la danza independiente; movimiento artístico autogestionado basado en la libertad creativa y la búsqueda de nuevos lenguajes corporales. Allí conoció a quien, dice, fue su gran maestro: el coreógrafo, Gastón Bravo. Dirigida por él, bailó su última función en el Teatro Cariola, la cual sintió que fue su mejor presentación. En ella, lo dio todo lesionándose incluso el tendón de Aquiles. Esa fue su despedida de los escenarios.
Su hija, que en un comienzo trató de seguir sus pasos y que hoy es socióloga y vive hace 30 años en Logroño, a cuatro horas de Madrid, nunca le cobró sus ausencias; no solo cuando Ximena estuvo fuera del país, sino también en las celebraciones familiares que se perdió porque tenía una función: "Aunque la vida de una bailarina es muy difícil, ella me dice que he sido la mejor mamá del mundo".
Cisnes plateados
Alejada de los escenarios, Ximena se sumió en una profunda depresión. Hasta que una amiga le preguntó si había pensado enseñar ballet. Lo que partió como una posibilidad incierta, con el tiempo se transformó en uno de los ejes de su vida. Partió enseñando en los altos del Teatro Cariola a tres bailarinas del Bim Bam Bum que querían aprender ballet, y desde entonces no ha parado. Entre otros lugares, dictó clases en el Bafona y, desde 2012, lo hace en la Escuela de Danza de la Corporación Bodegón Cultural de Los Vilos. Allí formó el grupo "Cisnes plateados", integrado por 11 mujeres -la mayor tiene 85 años- que encontraron en sus clases la oportunidad de cumplir su sueño de bailar ballet y, al mismo tiempo, hacer comunidad con sus sagrados cafés al término de las clases. "Ahí conversamos de libros, de la vida, de todo".
El grupo se armó hace un año y medio a petición de las propias alumnas, mujeres entre 30 y 85 años, que iban a las funciones de ballet y luego al café. En una oportunidad, le preguntaron por qué no les daba clases y Ximena ofreció hacerlas de manera gratuita. Consiguieron una sala y desde entonces bailan como si al día siguiente se fueran a presentar en el Teatro Municipal. También con sentimiento, porque la técnica sin ese componente -dice Ximena- es gimnasia. "No es danza libre, soy muy rigurosa". La mayor, Mónica, ya no puede bailar, pero vive para su café del miércoles.
-Si le hubieran dicho que a sus 91 años seguiría bailando y también enseñando danza, ¿qué habría pensado?
"Estaba segura de que iba a seguir bailando, pero no de enseñar. Estaba tan metida en mí, en bailar, que jamás se me había ocurrido hacer clases. Y me di cuenta de algo muy bonito: cuando una alumna lograba hacer algo que antes no podía, era tan feliz como si yo lo hubiera hecho".
-¿Diría que enseñar terminó siendo tan importante como bailar?
"Sí, nunca pensé que iba a decir esto. Bailar termina; enseñar, en cambio, permanece y trasforma vidas. Una de mis alumnas que hoy es sicóloga y vive en Estados Unidos fue abusada por su padre cuando era niña. No me di cuenta de lo que estaba viviendo, pero en un libro que publicó cuenta que lo que la salvó fueron las clases de ballet".
En el año 2000, se hizo instructora de yoga Kundalini, una práctica que busca despertar la energía vital a través de posturas, respiración, mantras y meditación, y desde entonces también imparte clases en el Bodegón Cultural de Los Vilos. Todos los días sábados y ballet, de lunes a viernes.
A fin de año partirá a España a vivir con su hija: "Siento que se lo debo". Es una decisión que fue madurando de a poco, porque irse implica dejar su vida acá: su casa cerca de Los Vilos -vive sola, su hija la visita una vez al año y todos los días hablan por teléfono-, sus clases, sus paseos diarios con su perro salchicha Benito y sus "Cisnes plateados". Pero allá estará cerca de sus dos nietos, Gonzalo y Clara.
-¿Qué prejuicio le gustaría derribar sobre la vejez?
"El asistencialismo. Odio cuando preguntan ¿la ayudo? ¿Está bien? Voy a pedir ayuda cuando la necesite".
-¿Qué significa para usted mantenerse activa en esta etapa de su vida?
"Todo".