Quevedo y el dinosaurio
La expresión "Poderoso caballero es don Dinero" proviene de un célebre poema de Francisco de Quevedo (1580-1645)
La expresión "Poderoso caballero es don Dinero" proviene de un célebre poema de Francisco de Quevedo (1580-1645). El poema constituye una crítica mordaz a una sociedad en la que el poder del dinero prevalece sobre la justicia, la generosidad, el mérito, la nobleza y la virtud. Es una de las expresiones más perdurables del Siglo de Oro español y conserva plena vigencia cuatro siglos después. La prueba de ello la ofrece la venta de un fósil, el 14 de julio de este año.
La casa de subastas Sotheby’s, en su sede de Nueva York, remató por 50,1 millones de dólares un fósil de Tyrannosaurus rex conocido como Gus. La identidad del comprador no fue revelada. Con esta operación, Gus se convirtió en el fósil más caro jamás vendido en el mercado. Dos años antes, un fósil de estegosaurio había alcanzado los 44,6 millones de dólares. Los fósiles de dinosaurios han pasado a formar parte del mercado de objetos de colección de lujo, un recordatorio de la frase de Quevedo, ya que incluso los testimonios más profundos de la historia de la vida pueden sucumbir al poder del dinero.
Gus mide 3,8 metros de altura y fue excavado durante tres años, a partir de 2021, por el recolector comercial Thomas Heitkamp y su equipo en un terreno privado en Dakota del Sur (EE.UU.). Su venta forma parte de una suerte de "minifiebre del oro" que impulsa a recolectores comerciales a buscar ejemplares excepcionales con destino al mercado del lujo. Muchos fósiles extraordinarios han sido hallados por ganaderos, excursionistas, coleccionistas aficionados e incluso por excavadores comerciales. El problema se plantea cuando esos fósiles, en lugar de destinarse a una institución pública, terminan en manos de un privado como objeto de lujo, cuyo valor de mercado (inalcanzable para una institución pública) prevalece sobre su valor científico.
La ley 25.743 considera los restos paleontológicos bienes del dominio público
En gran parte de Estados Unidos, los fósiles hallados en un terreno pertenecen al propietario de ese terreno y pueden venderse legalmente. Como en muchos otros países, en la Argentina la situación es prácticamente la opuesta. La ley 25.743 considera los restos paleontológicos bienes del dominio público, destinados prioritariamente a la investigación científica y a la preservación del patrimonio cultural. La Society of Vertebrate Paleontology (SVP), una organización global dedicada a la paleontología de vertebrados, expresó su enorme preocupación por la venta de Gus. Para la SVP, Gus es un archivo científico irreemplazable y no un trofeo ni una obra de arte. Los fósiles conservan evidencias de la evolución, las extinciones, el crecimiento, las enfermedades, las lesiones y los antiguos ecosistemas. Constituyen registros finitos e insustituibles de la historia de la vida en la Tierra.
La ciencia depende de la posibilidad de verificar de manera independiente las afirmaciones y de sostener un debate crítico y permanente. Los investigadores deben poder volver a examinar los especímenes, poner a prueba conclusiones anteriores y formular nuevas preguntas. El descubrimiento de un fósil importante es apenas el comienzo de su historia científica. Muchos de los avances más significativos de la paleontología se produjeron años, e incluso décadas, después de que un fósil fuera recolectado, cuando nuevas técnicas y tecnologías permitieron formular preguntas que antes eran impensables a partir de ejemplares ya depositados en colecciones públicas. Por ello, los fósiles de importancia científica deben conservarse de manera permanente en museos, universidades y otras instituciones públicas de investigación acreditadas, donde permanezcan disponibles para la investigación, la enseñanza y la exhibición pública. Solo estas instituciones pueden garantizar que los especímenes sean preservados, documentados y accesibles para las generaciones presentes y futuras.
La historia de Gus pone ante nuestros ojos uno de los males de nuestro tiempo: la codicia, ese afán de posesión y de lujo que solo el dinero parece satisfacer. Si los dinosaurios hubieran sido capaces de experimentar el orgullo, tal vez se habrían sentido orgullosos de saber que, 65 millones de años después de su extinción, ejercen un extraordinario poder de fascinación sobre el Homo sapiens. Pero también se habrían entristecido al comprobar que esa fascinación podía transformarse en algo mucho menos noble: la codicia. Quevedo ya nos lo había advertido.