Presiones sobre Canadá
A las exigencias inaceptables, Trump suma una retórica matonesca.
Más de un año de negociaciones entre Canadá y Estados Unidos terminaron en una disputa que tiene a los vecinos y estrechos aliados en una guerra comercial que no será beneficiosa para ninguno. El Primer Ministro canadiense, Mark Carney, rechazó las exigencias "injustas y no económicas, de último minuto" de los representantes norteamericanos, enfureciendo a Donald Trump, quien en respuesta impuso aranceles del 50% a una larga lista de productos, desde la miel hasta piezas de automóviles. Para la economía canadiense, muy integrada y fuertemente dependiente del comercio con EE.UU., es un duro golpe contra el crecimiento y el empleo, a pesar de que solo afecta al cinco por ciento de las exportaciones.
En su ya característico tono matonesco, el Presidente norteamericano amenazó con "peores" consecuencias si Canadá sigue negándose a aceptar sus demandas. Los canadienses tienen presente que Trump ha llamado a Canadá el 51° estado de la Unión, y repitió esa idea ahora al acusarlos de querer "los beneficios de un estado sin ser un estado". Para Carney, se trata de una cuestión de soberanía, de "no permitir a ninguna nación determinar nuestro futuro", en alusión tanto al eventual impedimento de hacer tratados comerciales con terceros como a la exigencia de modificar leyes que protegen la cultura y el idioma francés, demandas inaceptables para su país. "Pedían mucho y ofrecían poco", resumió, en referencia también a que los interlocutores no cedieron ante peticiones de mejorar el trato para camiones y camionetas afectos a altos aranceles.
El apoyo que ha recibido Carney en Canadá es transversal, tanto desde su Partido Liberal como del opositor Conservador, y de gobernantes de provincias como Ontario, la más populosa y con gran intercambio con EE.UU., lo que refleja el fuerte rechazo que provocan el estilo y las políticas de Trump. La popularidad de Carney se ha empinado sobre el 60 por ciento, con el 76 por ciento de los encuestados apoyando la decisión de romper las negociaciones. Aun así, el líder conservador le exigió al Primer Ministro convocar al Parlamento para explicar las razones del fin de las tratativas y los efectos que pueden tener los nuevos aranceles sobre industrias clave como las del acero, la madera y el sector automotriz. Al no llegar a acuerdo y ser notificado de las nuevas tarifas, que se suman a las ya anunciadas en julio por comercio con países que supuestamente utilizan trabajo forzado, Carney respondió con el aviso de represalias "dólar por dólar" a las importaciones norteamericanas. Esto aún está por definirse, pero serían implementadas a partir de septiembre; es decir, todavía habría tiempo para retomar conversaciones.
Sin embargo, el proceso ha creado un ambiente en extremo complicado. Más allá de la retórica trumpista sobre anexar Canadá, el trato irrespetuoso con sus autoridades y las acusaciones de que ese país se aprovecha de EE.UU. hacen difícil la interacción. Para los canadienses, el comercio con su vecino es vital, pues el 72 por ciento de sus exportaciones van al sur y sus industrias están fuertemente interrelacionadas. Reemplazar a ese socio es imposible en el corto plazo, y eso lo sabe Trump, que presionará para doblegarlos. Cuánto están dispuestos a resistir es la interrogante que surge.