Forlán y los rusos
Hoy el FA protesta por los Da Silva, los Bianchi y los Rodríguez, pero había que escucharlos antes.
Cuando en su discurso del 9 de agosto, Luis Lacalle Pou se manifestó contrario a los agravios personales, los periodistas fueron en busca de la reacción de los dirigentes blancos que han utilizado un estilo confrontativo.
De las respuestas recibidas, la más interesante fue la del diputado Juan Martín Rodríguez, quien usó una metáfora futbolera: "Para que existan los Forlán, tiene que haber siempre un Ruso Pérez". Es rigurosamente cierto.
La comunicación política nunca puede uniformizarse. Se habla a distintos públicos, diversos segmentos socioculturales sensibles a mensajes y tonos también diferentes.
Llevo trabajando en el tema desde las internas de 1982 y siempre escucho la misma cantinela: que la gente detesta que los políticos se peleen tanto, que tendrían que unirse y bla bla bla. Sin embargo, cuando uno investiga el mercado electoral, descubre que es exactamente al revés: las noticias políticas que más atraen son aquellas donde oficialistas y opositores se dan como en bolsa. Puede haber en esto una necesidad de hacer catarsis, un morbo particular de mirar por el ojo de la cerradura cómo los adversarios se agarran a trompadas. Lo cierto es que los exabruptos suelen llegar al público más fácilmente que los argumentos razonados. Es verdad también que dividen las aguas en bandos irreconciliables y que eso puede ser negativo. Pero mucho peor es mantener una calma chicha que termine consolidando en la gente prejuicios infundados.
Quien detenta el poder suele quejarse de la prédica opositora destructiva, pero no lo hace tanto para apelar a la concordia, sino más bien para explotar un sensiblero victimismo.
Hoy el FA protesta por los Da Silva, los Bianchi y los Rodríguez que se van de boca, pero había que escucharlos propagar en 1971 que la campaña de Wilson Ferreira estaba financiada por la Esso, o que los partidos fundacionales eran la expresión política de "la rosca oligárquica". Difícil olvidar una tapa de un semanario de izquierda con la cara de Sanguinetti, en 1985, y el título "un gobierno en la luna", u otra con la de Jorge Batlle literalmente hundida dentro de un inodoro, en 2000. No eran revistas de humor: se trataba de publicaciones dedicadas al análisis político. Cómo no recordar el enchastre que padeció Batlle en el 71 sobre una supuesta "infidencia" que no fue tal, infundio que el FA desempolvó para incidir en el balotaje de 1999.
En el 94 lanzaron el rumor de que Sanguinetti, a punto de ser electo, padecía una enfermedad grave. En 2004 llegaron a publicar en la prensa que Jorge Larrañaga era golpeador. En la última elección colocaron pasacalles donde ponían el delito de Penadés como un ejemplo de corrupción del gobierno. Hace escasas semanas, un diputado frenteamplista publicó en las redes un mensaje denunciando la tontería de la "asociación para delinquir en el cuarto piso de la Torre Ejecutiva", o la entrega del pasaporte a un narcotraficante (por la que su responsable directa fue premiada por el actual gobierno con una embajada en Portugal).
Los ejemplos podrían seguir. Demuestran que es inevitable y pertinente que haya Rusos Pérez que devuelvan las cachetadas. Lo importante es que la política no quede solo en eso, y que al menos de este lado prevalezcan quienes proyectan y concretan aportes positivos, en vez de administrar crisis y declamar populismo.