El aullido de las pantallas
Hoy también vemos a las mejores mentes de nuestra generación destruidas por el exceso de conectividad.
Allen Ginsberg no quiso contar una historia cuando escribió "Howl" (Aullido), fue un intento de llamar la atención a su generación por su temor a que la civilización occidental estaba destruyendo la vida desde dentro.
El poema es una crítica a la sociedad industrial y consumista, y también a la destrucción de la individualidad, es un llamado de atención sobre otras formas de entender la verdad, una crítica a la represión y al conservadurismo, y detrás de toda la bronca que contiene, hay una visión más profunda: la búsqueda de sentido, la reconexión del hombre con lo trascendente.
Comienza diciendo: "He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas, histéricas, desnudas, arrastrándose por las calles negras al amanecer buscando una dosis de ira.".
Actualmente también vemos a las mejores mentes de nuestra generación destruidas por el exceso de conectividad, histéricas, y hambrientas de datos arrastrándose por los feeds digitales todo el día buscando aunque sea una dosis furiosa de aprobación, con las neuronas ardiendo por la luz azul de pantallas que jamás se apagan, que nunca se apagarán.
Al arribar a nuestras vidas internet prometió un ágora y dio a luz un coliseo. La diferencia es sutil pero contundente: en el ágora los hombres razonaban, en el coliseo se pierde la vida para entretener. Las plataformas digitales no se pensaron para conectar seres humanos sino para pescar unidades de atención y transformarlas en datos vendibles. Esa es la pura realidad. El scroll eterno no es una metáfora accidental, es una declaración de intenciones: no hay puerto de destino, no hay límite, no hay rumbo marcado, no hay llegada posible.
No somos testigos de una revolución de la comunicación, nos enfrentamos a un cambio mucho más profundo de lo que creemos, algo que cambiará nuestras vidas. Estamos ante una colonización del silencio interior de las personas. En una época el aburrimiento supo ser una forma de dignidad: el tiempo muerto era en verdad tiempo vivo. Era un espacio donde se generaba algo propio. Donde la consciencia y el inconsciente muchas veces se encontraban dando paso a la creatividad, y también a la genialidad. La cultura del scroll eterno liquidó todo eso. Ocupó cada espacio de la conciencia con inquietudes ajenas, con pensamientos de otros, con emociones prestadas, con urgencias fabricadas. El hombre de hoy le tiene miedo al silencio propio, porque en ese silencio ya no se encuentra, no encuentra a nadie.
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de expresarnos y tan poco que decir. Las plataformas digitales democratizaron la voz y reventaron en millones de átomos el pensamiento. La intimidad de las personas se volvió moneda, y las confesiones, mercadería. El duelo, en todo caso performance, y el amor, cuando mucho estética. La indignación, que antes movía montañas, es ahora un producto de consumo con fecha de caducidad que no pasa de 48 horas.
Ginsberg aullaba por una generación arruinada por la locura. Nosotros deberíamos aullar contra algo muchísimo más peligroso: por una generación berreta que se autodestruye, con satisfacción, ante la cámara, pidiendo a gritos que le den un like.