Viernes, 28 de Agosto de 2026

No va a alcanzar

UruguayEl País, Uruguay 28 de agosto de 2026

El riesgo es que, en la práctica, respetar la convivencia termine por significar no tocar ningún interés.

La semana pasada se presentó "Cambiar de escala", un documento de Diego Aboal que propone una agenda de crecimiento a diez años. El título ya es una tesis: Uruguay no necesita administrar mejor lo que tiene, necesita algo de otro tamaño. Comparto el diagnóstico y la urgencia. Quiero detenerme en una idea que sobrevoló la presentación: los activos de los que con razón nos enorgullecemos ya no alcanzan.

Uruguay tiene algo que casi nadie tiene en la región: partidos políticos fuertes, convivencia democrática, respeto a la ley, estabilidad, reglas de juego que no cambian con cada gobierno. Son activos valiosos y hay que cuidarlos. Pero la calidad institucional no es una estrategia de desarrollo. Es la condición para tener una; no la sustituye.

Muchas de estas cosas ya nos enorgullecían en la década de 1950, y aun así un modelo económico equivocado rompió esa convivencia en las dos décadas siguientes. La institucionalidad rinde muy bien cuando se acompaña de reformas concretas, con costos políticos reales, como las que se hicieron en el último cuarto del siglo pasado: la apertura comercial y financiera, la estabilización, los marcos regulatorios de los noventa, la reforma previsional del 95. Fueron difíciles y discutidas, pero también exitosas: buena parte de lo que nos separa de Argentina se explica ahí. Con ese capital crecimos hasta 2012 o 2013. Desde entonces la economía crece en torno al 1% anual y la renta de aquellas reformas se agotó. Estamos viviendo del capital reformista de una generación que ya se retiró.

¿Por qué no alcanza con administrar bien? Porque el reloj corre. A partir de 2032 empieza a caer la población en edad de trabajar: la productividad deja de ser una preferencia de economistas y pasa a ser la única forma de sostener el bienestar. Aboal pone un número: pasar de invertir 16% del PIB a más de 20%, unos US$ 3.500 millones más por año. La meta es posible, pero la inversión no llega por falta de folletos ni de ventanillas: no llega porque demasiados proyectos no son rentables en el Uruguay actual. Cambiar eso exige comprarse problemas con nombre y apellido: energía cara, regulación laboral rígida, peso del Estado, estructura impositiva, un stock de regulaciones que nadie revisó nunca.

Acá aparece la parte incómoda. Se ha instalado la idea del «modelo de convivencia» uruguayo: gradualismo, acuerdo, cambio sin ruptura. El tema es que significa la defensa de este modelo. El riesgo es que, en la práctica, respetar la convivencia termine por significar no tocar ningún interés. Toda ganancia de productividad tiene un perdedor identificable y organizado, y ganadores difusos que a veces todavía no nacieron. El gradualismo es un buen método; convertido en coartada de la inmovilidad, es una trampa.

La buena noticia es que Uruguay ya estuvo acá. El país de los cincuenta y sesenta estaba estancado, cerrado y con inflación crónica, y salió reformado. Aquella generación no tenía más consenso que nosotros. Tenía más apuro. Si el crecimiento que viene es el que traemos, las expectativas de la sociedad se van a frustrar: no va a alcanzar.

Ojalá no necesitemos una crisis para recuperar el apuro.
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