Viernes, 28 de Agosto de 2026

La prematura ansiedad electoral expone las debilidades del conjunto del sistema político

ArgentinaLa Nación, Argentina 27 de agosto de 2026

Las elecciones siempre generan una cuota de incertidumbre por la propia lógica del proceso electoral

Las elecciones siempre generan una cuota de incertidumbre por la propia lógica del proceso electoral. Puede haber una sensación o tendencia que favorezca a uno u otro contendiente en función de sondeos, a pesar de que perdieron (si alguna vez la tuvieron) capacidad para predecir con algún grado de precisión las conductas de los votantes. Pero en una democracia sana, con reglas de juego claras y autoridades imparciales a cargo de los comicios, el resultado de cualquier competencia entre partidos y candidatos con recursos relativamente similares es impredecible.

Durante mucho tiempo, se supuso que el gobierno de turno ("incumbente" en la jerga de la ciencia política) tenía ventajas en relación con sus adversarios, por el manejo de los cuantiosos recursos económicos, políticos y simbólicos que trae aparejado el control del poder. Sin embargo, como argumenta Luis Schiumerini en un persuasivo trabajo reciente, se trata de un arma de doble filo: a menudo, ser gobierno puede implicar una desventaja significativa por el natural desgaste que producen la centralidad y la responsabilidad de administrar la cosa pública, más el impacto de algunas coyunturas críticas (guerras, migraciones, severo deterioro de los términos del intercambio comercial y/o de la balanza de pagos por incremento de la tasa de interés internacional, crisis climáticas, pandemias) que erosionan la confianza, la reputación y hasta la legitimidad de la autoridad. De hecho, en los últimos tiempos predomina la alternancia entre líderes que pertenecen a distintos partidos, tanto en regímenes presidencialistas como parlamentarios. En el contexto latinoamericano, se observan comicios particularmente reñidos, tanto en primera como en segunda vuelta. En consecuencia, se comprende que las especulaciones, la impaciencia y hasta algún episodio de zozobra se aceleren semanas, días y sobre todo en vísperas de elecciones que carecen de un favorito que acote las dudas imperantes.

Los umbrales de ansiedad que se verifican en nuestro país no coinciden con esta cuota razonable de incertidumbre, ni en volumen ni, sobre todo, en timing: faltan 14 meses para las elecciones presidenciales de 2027 y tanto el denominado "círculo rojo" como los mercados no hablan de otra cosa. Es evidente que la libido de la política vernácula está mucho más orientada a la dimensión agonal (la pelea por el poder) que a la gestión (su administración, la resolución de los problemas de la ciudadanía con programas de política pública): los años pares suelen ser menos conflictivos y más desapasionados que los impares, cuando se vota en los niveles nacional, provincial y local. Ahí se pone en funcionamiento lo que queda de las viejas maquinarias electorales que, aunque vetustas y oxidadas, siguen siendo fundamentales para ganar una elección. Se reabren locales partidarios que parecían abandonados, sin el "esplendor" ni la concurrencia que solían tener en el inicio de este período democrático hasta la gran crisis de 2001-2002, cuando se dislocaron los principales mecanismos de funcionamiento de la política tradicional basada en un sistema bipartidario imperfecto, dando lugar a una dinámica de fragmentación, desidia y deterioro en la calidad institucional y dirigencial. Ese proceso devastador está lejos de haberse frenado, mucho menos revertido. Y los resultados están a la vista: esta singular experiencia libertaria es una muestra palmaria de los profundos desequilibrios y problemas políticos que acumula la Argentina.

El propio Gobierno y el resto de los principales actores políticos y sociales adelantaron de manera tan súbita como innecesaria la discusión electoral

Dicho esto, lo inusual de la actual coyuntura es que el propio Gobierno y el resto de los principales actores políticos y sociales adelantaron de manera tan súbita como innecesaria la discusión electoral, forzando una agenda de prioridades e interrogantes artificiosamente relevantes e imposibles de satisfacer: nadie está en condiciones de saber o intuir quién ganará. Ni siquiera se sabe cómo vamos a transcurrir este largo año que queda hasta que tengan lugar las próximas elecciones. Frente a este horizonte pletórico de conjeturas, recelos, versiones y titubeos, es natural que se congelen o posterguen decisiones cruciales de consumo e inversión y que, además, se precipiten comportamientos defensivos o preventivos, con el riesgo adicional de que puedan generarse profecías autocumplidas, sobre todo ante la eventualidad de un cambio radical en las reglas del juego más importantes en el plano económico y regulatorio. Ya comenzaron las maniobras de cobertura para dolarizar las carteras y la pregunta es si habrá la suficiente cantidad de dólares frente a la inevitable corrida de todos los años electorales. ¿Implicará otros 40.000 millones, como ocurrió el año pasado? ¿O más, considerando que esta vez se trata de comicios presidenciales?

Aquí se suma otra turbación en relación con las elecciones en Estados Unidos y, antes que eso, el preocupante desgaste que, frente a la volatilidad del mercado de bonos, que viene generando tantas polémicas, enfrenta Scott Bessent, figura fundamental del salvataje del año pasado. El Tesoro está interviniendo para sostener su valor y evitar una suba de tasas (que impactaría muy negativamente en el mercado de hipotecas, leasing y préstamos prendarios, en especial de automóviles), un método controversial, pues para algunos especialistas pretende ocultar o maquillar el verdadero drama que enfrenta ese país: una deuda pública que superó el insólito umbral de los 40 trillones de dólares, más un déficit fiscal primario algo menor al 3% del PBI. Según el Peterson Institute, un think tank dedicado a las cuestiones fiscales, la deuda crece con las actuales tasas a un ritmo de US$7000 millones por día. Si subieran aún más, la situación sería explosiva. La insólita guerra comercial con Canadá (cuyo primer ministro, Mike Carney, está ganando una notable popularidad dentro y fuera de su país por animarse a confrontar tan decididamente con Donald Trump) tendrá un impacto negativo en los estados fronterizos, cuyas economías están muy integradas a la canadiense. Esto puede debilitar aún más las chances de los candidatos republicanos en ambas cámaras, pero sobre todo en el Senado, donde el GOP mantenía alguna esperanza de sostener su leve mayoría. ¿Seguirá Bessent en el Treasury Building, justo frente a la Casa Blanca, si en algún momento del próximo año su viejo amigo José Luis Daza, el crucial viceministro de Economía, necesita llamarlo para pedirle nuevamente ayuda? Toto Caputo asegura a quien quiera escucharlo que eso no será necesario. Ojalá tenga razón.

Algunos inversores extranjeros se muestran perplejos frente a las actitudes confrontativas y las señales de inflexibilidad que emana el Poder Ejecutivo. Un gerente de un fondo que estuvo hace pocos días como parte de un grupo traído por un gran banco brasileño se preguntaba: "¿Qué gana Milei con esos insultos a tantos periodistas? ¿Por qué no contempla algunas medidas, aunque sean parciales y fiscalmente neutras, para ayudar con la cuestión de los morosos?". Esas actitudes tan irrespetuosas como improcedentes (típicas de líderes autocráticos) contrastan, sin embargo, con los intensos esfuerzos que el propio Gobierno hace para sostener el apoyo de los gobernadores aliados, que esta semana le permitió obtener la media sanción en dos leyes claves como la independencia del BCRA y la inocencia fiscal II. Asimismo, continúan avanzando las negociaciones entre LLA y Pro para consolidar una estrategia electoral coordinada, aunque con un ritmo aletargado por decisión de ambas partes, que enfrentan cuestionamientos y resistencias en sus respectivas fuerzas. "La vamos llevando", reconoció uno de los protagonistas. No es poco, teniendo en cuenta la desconfianza que predomina. Pero no es en absoluto suficiente para sosegar la angustia que manifiestan muchos actores económicos, que ya se entramparon demasiadas veces con el país y no quieren volver a sufrir una nueva decepción.
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