Desgaste de candidatura Bachelet
La forma en que la administración Boric lanzó esta candidatura imposibilitó que ella tuviera transversalidad.
A menos de un mes de la fase decisiva para la elección del titular de la Secretaría General de Naciones Unidas, la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet se encuentra en una alternativa crítica, entre mantener la postulación, con elevados riesgos de ser derrotada, o retirarse. La última votación exploratoria de los miembros del Consejo de Seguridad es indicativa del desgaste: la candidata quedó en séptimo lugar, con solo 2 votos a favor y 6 en contra, solo por delante de la exministra ecuatoriana Ivonne Baki, patrocinada por Tonga. En la primera ronda, aunque se ubicó en cuarto lugar, obtuvo 4 votos favorables más que en la segunda. La siguiente votación será decisiva. En ella los miembros permanentes del Consejo podrían transparentar sobre qué candidatos ejercerían su derecho a veto. Precisamente, en el caso de la expresidenta, ha habido señales de que podría ser vetada por Estados Unidos.
La candidatura partió con una pesada carga y prevenciones de un previsible fracaso -que este medio adelantó desde el primer día-, por responsabilidad del gobierno de Gabriel Boric, que optó por lanzar la postulación sin haber gestionado un apoyo transversal en el país que le diera sustento. Más aún, cabe recordar que, si bien la idea de la postulación se anunció en septiembre del año pasado, recién se vino a oficializar por parte de Boric a un mes y días del término de su mandato, sin antes haber construido un consenso nacional consultando a los líderes de oposición, a referentes de la sociedad civil y al Consejo Asesor de la Cancillería. Esa omisión impidió un análisis razonado de la conveniencia y viabilidad de la candidatura, constituyéndose en una imposición al entonces Presidente electo, José Antonio Kast, totalmente ajeno a esta iniciativa, lo cual hizo de esta una postulación partidista, sostenida en el apoyo del mismo sector político que antes había respaldado a la candidata presidencial comunista, Jeannette Jara, en lugar de expresar un acuerdo nacional. En este escenario, el retiro del patrocinio por parte del actual mandatario causó molestia en la izquierda, pero fue el corolario de una candidatura que, dadas las condiciones en que fue planteada, imposibilitaba asumir los compromisos que implicaba para el país. El Gobierno, para explicar el retiro del patrocinio, argumentó la falta de viabilidad, considerando la competencia -entonces- de dos candidatos argentinos y otros de Ecuador y Costa Rica, situación demostrativa de la falta de consenso latinoamericano en torno a la expresidenta. Con todo, cabe reconocer la dedicación con que ella y su círculo íntimo asumieron la campaña, realizando intensas giras, participando en foros y entrevistándose con dignatarios.
Desde una mirada más general, independientemente de cuál sea el resultado de la elección, no se advierte una firme decisión de realizar la profunda reforma que la ONU requiere para afrontar la más severa crisis experimentada en sus 80 años de existencia. Dicha crisis ha sido reconocida por la casi totalidad de los gobiernos y hasta por su actual secretario general, António Guterres. Es un hecho indiscutible que desde hace varias décadas Naciones Unidas ha venido perdiendo sistemáticamente su función de mediador en los conflictos entre las naciones, así como ha fallado en las tareas de contribuir significativamente a la paz, la seguridad y el desarrollo mundiales, y también en la de administrar correctamente los inmensos recursos aportados por los Estados. Las graves falencias y enormes desafíos exigen profundos cambios y, además, alternancia en las convicciones ideológicas en sus cargos superiores. De allí que lo aconsejable sería que quien sea elegido para ocupar la Secretaría General no tenga visos de continuismo, y esté libre de las ataduras y conflictos de interés que impone el ya haber desempeñado altos cargos en la organización. Es probable que la autogeneración, recíproca protección y contrataciones por afinidades ideológicas sean causales de las abundantes críticas a la privilegiada sobredotación burocrática de la ONU y, en general, del desprestigio de la organización.