Ejercer autoridad
Mandar no quiere decir ser mandón. Pero el Ejecutivo tampoco es una mini-asamblea.
Nuestro sistema institucional es mucho menos presidencialista de lo que muchos dicen: según nuestras reglas de juego y comparativamente con otras democracias nuestro presidente tiene menos poder que el de Estados Unidos, Francia o Argentina, por ejemplo. Además, nuestra cultura política favorece pactos, arreglos y acuerdos de manera de equilibrar los diferentes pesos y de contemplar a los más posibles, en un escenario de representación parlamentaria para ello definido gracias a nuestra proporcionalidad en la adjudicación de bancas.
Sin embargo, como bien me dijo hace muchos años el gran ex-presidente de Chile Ricardo Lagos, en una provechosa entrevista en su preciosa casona de trabajo en el barrio Providencia, lo que sobre todo debe ser un presidente es un gran comunicador. Al estar al final de la cadena de mandos, al encarnar simbólicamente la voluntad política del país, y al haber sido electo por una mayoría absoluta en un balotaje sin banderías políticas, su papel de "rumbeador" no puede jamás ser puesto en duda. Porque si el país no está seguro de que el presidente es el que manda, toda la arquitectura del poder pierde su brújula.
Mandar no quiere decir ser mandón. Pero el Ejecutivo tampoco es una mini-asamblea: eso lo probó el país durante décadas con el (maldito) sistema colegiado, y decidió deshacerse de él definitivamente hace 60 años. Hay mecanismos previstos para escuchar voces y matices: los ministros, por ejemplo, al contar con respaldo parlamentario para ocupar sus lugares, naturalmente deben representar distintas sensibilidades dentro de un mismo rumbo general de gobierno. Está previsto, en ese sentido parlamentarista, que haya un consejo de ministros de manera de poder, colectivamente, definir allí temas relevantes para el Ejecutivo bajo la autoridad presidencial.
Y es que mandar desde la temperancia y la igualdad tampoco quiere decir que cada una de las autoridades del Ejecutivo que dependen directamente del presidente puedan decir o hacer lo que les parezca. En política, como en todo trabajo, hay códigos, formas, mecanismos y maneras de procesar las cosas. El que no las conocía ya debió de haberlas aprendido en estos 20 meses con prudencia y discreción. Y una de ellas, quizá la más elemental, es que al gran comunicador que debe ser el presidente, al jefe de gobierno, al que efectivamente fue votado por la mayoría absoluta de los uruguayos y al que debe ser el rumbeador del país, un integrante de su Ejecutivo no debe contradecirlo públicamente. Ni una ni varias veces, porque si eso ocurre queda la sensación de que no hay nadie al mando, que la autoridad del presidente no cuenta, que sus definiciones son irrelevantes y que no pasa nada si se lo desafía y se lo contradice. Queda como que el gobierno es un viva la pepa porque el presidente es débil.
El problema del gobierno entonces no es de comunicación como muchos dicen, sino que es político. Orsi recibió 150.000 votos más en noviembre que todo el Frente Amplio en octubre. No ganó por lo tanto el viraje hacia la izquierda con el que sueña hace cuarenta años el comité de base tras el muro de yerba.
El país precisa que el presidente lo exprese con claridad y que ejerza así, sin titubeos, su autoridad.