Domingo, 30 de Agosto de 2026

Cynthia Rimsky: "A lo largo...

ChileEl Mercurio, Chile 30 de agosto de 2026

"Si tú me preguntas, yo no entiendo", dice la escritora Cynthia Rimsky (Santiago, 1962) sentada ante un café en el Palacio Pereira

"Si tú me preguntas, yo no entiendo", dice la escritora Cynthia Rimsky (Santiago, 1962) sentada ante un café en el Palacio Pereira. Recién acaba de salir de una pequeña vorágine en que se cruzaban preguntas de la prensa, felicitaciones de autoridades y flashes de cámaras fotográficas: acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura. No es exactamente una sorpresa, porque en la última década los libros de Rimsky han acumulado sistemáticos elogios de la crítica y premios chilenos y extranjeros. Pero también una reputación de ser una escritora para escritores, una rara alejada del canon tradicional. Que de pronto se vuelva la protagonista de la literatura chilena es lo que no entiende.
"Siempre sentí que mis lectores o lectoras eran como náufragos. Personas aisladas, ¿no? Pero una vez leí, o alguien con más experiencia que yo me contó que los escritores van construyendo sus lectores. Creo que a lo largo de los años fui construyendo los míos", dice Rimsky, y quizá eso es justamente lo que ha pasado: que este viernes, cuando se anunció el galardón, esos lectores solitarios que leían sus diarios de viajes inclasificables y novelas de un humor dislocado, dejaron de ser minoría y la revelaron como una pieza central de la narrativa en Chile. Si se trata de una carrera, la extravagancia de su obra se impuso esta vez por sobre autores ya sabidamente consagrados de la escena local.
De visita en Santiago durante la semana pasada, Rimsky estaba en una entrevista cuando la llamaron del Ministerio de las Culturas y le pidieron dirigirse hasta el Palacio Pereira. Allí la esperaba el ministro de las Culturas, Francisco Undurraga, que le dio la noticia. Es la séptima mujer en ganarlo en los 84 años del premio. Luego Undurraga leyó el acta del jurado: "Sus libros no obedecen fácilmente a las categorías de novela, crónica, autobiografía, diarios de viaje o ensayo. Tienen un poco de cada elemento y a partir de ello construyen algo distinto. Un algo que la releva, la diferencia y la hace merecedora de este reconocimiento", dijo. Y agregó: "Rimsky es una viajera en los grandes procesos narrativos. Su palabra avanza mediante fragmentos, documentos, fotografías, digresiones, observaciones laterales y asociaciones inesperadas. Es una autora que convierte los desplazamientos en una estructura potente para la literatura chilena".
Atrevimiento y libertad
Nacida en 1962, periodista de la Universidad de Chile, militante del MAPU en los 80, residente en Argentina desde 2012, la vida y obra de Rimsky ha estado marcada por el viaje. Su visita en 1985 a Nicaragua a ver en vivo la Revolución Sandinista fue la fuente para el libro "La revolución a dedo" (2015); mientras que en su primer libro, "Poste restante", relata un viaje a Ucrania a buscar a su familia. "Ramal" (2013) está organizado en torno al ramal del tren Talca-Constitución, que recorrió.
Sus últimas novelas, "El futuro es un lugar extraño" y "Yomurí" -galardonadas con el Premio Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro-, tienen una deriva humorística, pese a abordar situaciones políticas: la primera sigue a una exmilitante de izquierda que en los 90 trata de recordar sus años en la resistencia en los 80, y en la segunda, aparece la reivindicación de los pueblos indígenas. Rismky insistió en la comedia en "Clara y confusa", una novela sobre el improbable amor entre una artista y un gásfiter en un pueblito argentino que le dio la consagración internacional: ganó el prestigioso Premio Herralde de Novela, de la editorial española Anagrama.
"Clara y confusa" es una novela especialmente transparente, de una ligereza que contrasta con la complejidad de sus primeros libros. "Creo que venían del periodismo. Fue un proceso largo de sacarme el periodismo de encima, porque por lo menos en la época que yo lo estudié, el periodismo tenía tantas restricciones. En cada libro, tuve que irme sacando un par de restricciones", dice Rimsky. "También creo que, si bien yo escribía de chica, siempre pensaba: ¿por qué voy a escribir yo si existe Chéjov? ¿Si existe Faulkner? Tuve que ir encontrando mi manera de escribir y de leer. Ahí apareció la idea de una mirada. En esos libros más híbridos fui encontrando una manera de observar. Después pude poner eso al servicio de la imaginación, de la inventiva. Y entonces fui y me atreví a la ficción", añade.
-Esa idea de la imaginación se releva mucho cuando se habla de su obra, pero inicialmente no estaba tan presente. "Ramal" es un diario de viaje más bien documental.
"Pasó algo raro: mi pareja quiso ir a conocer el ramal y fuimos 10 años después de que escribí el libro, y nada de lo que escribía existe ni era así. O sea, era mi imaginación. No estaba en mis planes, eso sí. De chica decían que yo era muy imaginativa, como algo muy malo, y creo estaba trancada con eso. Tenía imaginación, pero no me atrevía como a soltarla. En Argentina algo me pasó, como que me sentí más libre, con menos miedo, y me atreví".
-¿Qué fue lo que le entregó Argentina? ¿Fue en el encuentro con la escena cultural, en las lecturas?
"Creo que fue más bien la lectura: fue una sensación de libertad, de atreverme a hacer cualquier cosa sin preocuparme. Chile es un país bastante normativo. Y aunque yo siempre he sido un poco irreverente con las formas, con los géneros, con las miradas, allá me sentí libre. También porque tenía más carrete; con el tiempo uno va aprendiendo a escribir. Entonces, por ejemplo, en 'Clara y confusa' me pregunté, ¿qué es una novela? ¿Cómo se escribe una novela? Adopté el método de Walter Benjamin, que tiene un textito en que dice que escribir es seguir la 'y'. ¿Y qué pasa después? Entonces dije, bueno, esto será una novela.
-¿Hoy día sabe lo que es una novela?
"No, no sé".
-En Chile, ¿cuál cree que es su tradición narrativa? ¿En qué historia podría estar?
"González Vera, Carlos León, Guadalupe Santa Cruz, Marta Brunet, Juan Emar. Adolfo Couve me encanta. También gente como Enrique Lihn o Luis Oyarzún. Todos esos me influyeron. Son unas narrativas a contrapelo, que siempre han estado en los márgenes. Lo que estaba en el centro era el criollismo. Y por eso ahora estoy en esa batalla contra el criollismo, porque se comió a las otras tradiciones en Chile".
- ¿Todavía está presente el criollismo?
"Sí, está presente, aunque por supuesto transformada. Hay mucho realismo social en Chile. Mucha mímesis. Hay una conciencia política que viene del resentimiento. Chile es un país bastante de resentimiento. Raúl Ruiz habla bastante de eso. Entonces, en la literatura hay una voluntad de oponerse a la injusticia social. Y el problema es por qué eso se come lo otro. El problema es por qué esa tradición central se come a Emar, se come a Couve, se come a Germán Marín también. ¿Por qué no los deja coexistir? ¿Por qué no es como en Argentina que existen muchas tradiciones? Acá esa tradición lo devora todo".
-Pero sus novelas también son muy políticas. Hay una indagación muy profunda sobre las derrotas de la izquierda después de la dictadura.
"Absolutamente. Toda mi literatura es muy política. Los libros 'El futuro es un lugar extraño', 'La revolución a dedo' y 'Yomurí' son mi trilogía política. Pero es como plantearme una antiépica. Por ejemplo, 'El futuro es un lugar extraño' se trata de una izquierda que quedó completamente deshilachada, sin proyecto, en los tiempos del libre mercado. Yo no los tomo como épicos; al contrario, me río, los critico, aunque con mucho cariño, ¿no? Yo hablaría de una ironía cariñosa, pero en el fondo es deconstruir cualquier épica. Lo mismo que 'Yomurí', con los indígenas que hacen una recuperación de terreno. Mi idea es no privarse: que la crítica no esté solo para un lado. La idea es hacerse todas las preguntas, con cuidado, pero hacerse todas las preguntas sin obviar ninguna".
-Es una trilogía que retrata a una generación que queda huérfana de ideología.
"Cuando yo tenía 18 años y estaba en Periodismo en la Universidad de Chile, en dictadura, creíamos que iba a haber una revolución en Chile; que todo iba a cambiar, que todos íbamos a ser iguales, iba a haber justicia. Ahora puede sonar imbécil, pero yo nací en esa generación y quedamos a la deriva. A lo que se dedicó esa generación fue a luchar, pero después vino la desesperanza. Mucha gente murió... Y no fue para comprar televisores de última generación importados de China, precisamente. Además se cayó el muro, se acabó la URSS, nos dimos cuenta de que tampoco era la panacea. Quedamos desnudos. Y ahí yo opté por reconstruirme a partir de la crítica, de mirar todo eso desde una antiépica".
-¿Se dedicó al periodismo en los 90?
"Sí, trabajé en medios, pero siempre me echaban. Trabajé en La Nación, en Página Abierta, en Apsi, en Análisis. Después me dediqué a hacer unos guiones horribles de televisión".
-¿Cómo veía la literatura chilena cuando publicó su primer libro, "El poste restante"? ¿Estaba ligada a la escena cultural de la narrativa de los 90 o mantenía contactos con los autores de los 80?
"Yo no conocía a ningún escritor, a ninguna escritora. A Ágata Giglio, que fue la primera que conocí. Y a Germán Marín, por supuesto, porque fue mi editor en Sudamericana. Él también publicó a Rafael Gumucio y Marcelo Mellado, pero yo no conversaba con ellos. Para mí ser escritora significaba estar en otro mundo, pero no pasó nada. Nadie me aceptó. Ningún escritor ni escritora se acercó a hablarme; entonces entré en una crisis emocional tremenda. 'Poste restante' no lo pescó nadie, ahora tiene no sé cuántas ediciones. Adriana Valdés le dedicó un parrafito, a Pedro Pablo Guerrero le gustó, y eso fue todo".
-¿Su carrera podría haber terminado ahí?
"Para entender lo que estaba pasando, leí a Pierre Bourdieu. Armé un proyecto sobre las relaciones de poder en el campo cultural y me gané una beca de la Fundación Andes. Pero en vez de disfrutar como del triunfo, me recluí en La Herradura con esa plata y me puse a escribir 'La novela de otro'. Y a leer teoría, porque nunca había leído teoría. Me compré maleta de libros de Barthes. Yo era una escritora más bien silvestre. Pero lo que me pasó con Bourdieu fue que se me quitaron las ganas de escribir. Entré en otra crisis profunda. Pero encontré los dos tomos de 'La inquisición y la cábala', de Andrés Claro; me metí en la hermenéutica y se me abrió un mundo en torno al misterio de la palabra. Ahí me salvé. Ahí empecé a trabajar con la idea del misterio".
-Cuando el viernes se le entregó el Premio Nacional de Literatura, usted al hablar con la prensa planteó la necesidad de cuidar los apoyos públicos para los escritores porque hoy la literatura es más importante que nunca.
"No creo que ganar el Premio Nacional de Literatura te dé autoridad para mandar un mensaje. Pero creo que tenemos escritores y escritoras para que las humanidades sigan teniendo el espacio que se merecen. Ahora incluyeron el requisito de haber estado en talleres literarios para poder postular a la beca de Creación Literaria de los Fondos del Libro. ¿Qué es eso? ¿Quién establece que tú tienes que ir a talleres literarios para ser escritor? Se les entregan fondos a los artistas, pero siempre desde la sospecha. Y somos gente que estamos robándole tiempo al trabajo para poder escribir. Nada más. Quizás esta sea la oportunidad de que podamos volver como a lo colectivo y no a cada uno a salvarse por su lado. No basta que en las redes sociales cada uno haga una declaración y diga 'yo me opongo a esto', sino que hay que agremiarse e ir a conversar con el ministro de las Culturas. Y, bueno, creo que la literatura es importante ante un momento en que te dicen que no hay más realidad que esta. La ficción, la literatura, es la posibilidad de plantear que sí se pueden imaginar otras cosas".
'' La literatura es importante ante un momento en que te dicen que no hay más realidad que esta. La ficción, la literatura, es la posibilidad de plantear que sí se pueden imaginar otras cosas".
'' Hay mucho realismo social en Chile. Mucha mímesis. Hay una conciencia política que viene del resentimiento. Y el problema es por qué esa tradición central se come a Juan Emar, se come a Adolfo Couve, se come a Germán Marín también. ¿Por qué no los deja coexistir?".
'' A lo que se dedicó esa generación en los 80 fue a luchar, pero después vino la desesperanza. Mucha gente murió... y no fue para comprar televisores de última generación importados de China. Además se cayó el muro, se acabó la URSS, nos dimos cuenta de que tampoco era la panacea. Quedamos desnudos. Yo opté por reconstruirme a partir de la crítica, de mirar todo eso desde una antiépica".
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