Bach: entre la enfermedad y la celebración
No es frecuente escuchar tres cantatas de Bach tan diferentes en una misma jornada
No es frecuente escuchar tres cantatas de Bach tan diferentes en una misma jornada. En el concierto de Bach Santiago, realizado en el Templo Mayor del Campus Oriente UC y transmitido en vivo, "Es ist nichts Gesundes an meinem Leibe"(BWV 25), "Schauet doch und sehet" (BWV 46) y "Preise, Jerusalem, den Herrn" (BWV 119) trazaron un arco que fue desde la enfermedad y el dolor hasta la celebración pública.
Aliocha Solovera dirigió con precisión y buen sentido de las proporciones una música que no pertenece al centro habitual de su actividad, más vinculada al repertorio contemporáneo. Lo hizo con una orquesta formada por estudiantes, profesores y exestudiantes de Música UC, encabezada por el concertino Gonzalo Beltrán.
La BWV 25 parte de una de las imágenes más físicas de este programa: "No hay nada sano en mi cuerpo". El impresionante texto habla de enfermedad, pero también de una humanidad descompuesta, de la codicia y de la imposibilidad de permanecer indiferente ante el sufrimiento. Hay algo casi descarnado en esta música, que mira a los hospitales y a los niños enfermos sin necesidad de describirlos. El tenor Gonzalo Quinchahual destacó por la claridad de su emisión y su muy buen sentido estilístico, mientras que la soprano Florencia Novoa aportó luminosidad y una línea vocal de grata transparencia.
El primer coro de BWV 46 es una verdadera prueba de la imaginación contrapuntística de Bach: las voces se superponen con una densidad extraordinaria. La polifonía no es aquí un ejercicio de escritura, sino una forma de pensamiento. Patricio Sabaté resolvió con autoridad "Tu tempestad de lejos anunciada", exigente por la extensión de la frase, el fiato y la coloratura. Evelyn Ramírez, en "Sin embargo, no os imaginéis", encontró un equilibrio convincente entre la intensidad dramática y la concentración de la línea.
La BWV 119 pertenece a otro mundo. Su carácter es casi profano: una cantata de extraordinaria majestuosidad, aparentemente destinada a la inauguración del Consejo Municipal de Leipzig. Bach celebra aquí a la ciudad con una pompa que no tiene nada de contenida. El coro inicial parece abrir una obertura francesa y los metales aportan un brillo ceremonial particularmente logrado. "Bendita tierra, ciudad afortunada", el aria del tenor, permitió a Quinchahual volver a mostrar la belleza de su timbre y su musicalidad.
Fue especialmente interesante el reducido dispositivo coral: apenas ocho voces, incluidos los solistas. Y funcionó. Lejos de empobrecer la sonoridad, la pequeña formación permitió seguir mejor las líneas internas de la escritura. Verónica Sierralta sostuvo con su pericia habitual el continuo, mientras Sergio Candia asumió con especial relieve el liderazgo de las flautas.
El Templo Mayor, en cambio, puso una condición acústica que Bach no siempre agradece. La reverberación es hermosa cuando se trata de conferir amplitud al sonido, pero cuando el contrapunto se vuelve muy denso, tiende a juntar lo que la escritura ha separado. En la BWV 46, justamente donde más importa distinguir cada línea, algunos planos terminaron superponiéndose.