Lo que el símbolo oculta
La memoria de los años sesenta y setenta en Uruguay fue atravesada por procesos de construcción simbólica.
Los símbolos políticos no nacen espontáneamente. Se construyen. En El relato que nos gobierna sostengo que los relatos no solamente cuentan historias: también seleccionan, interpretan y ordenan la realidad. Determinan qué hechos adquieren protagonismo, qué figuras son recordadas y qué aspectos quedan relegados.
Por eso, cuando una persona histórica se transforma en símbolo, resulta necesario observar no solo aquello que se destaca, sino también aquello que queda fuera de la imagen construida.
La figura de Ernesto "Che" Guevara constituye uno de los ejemplos más visibles de este proceso. Su imagen fue convertida en un símbolo global de rebeldía, compromiso revolucionario y resistencia frente al poder establecido.
Pero detrás del símbolo existió una trayectoria política concreta.
El Che fue un médico argentino que se incorporó al movimiento revolucionario cubano liderado por Fidel Castro, participó en la lucha armada contra el régimen de Fulgencio Batista, ocupó responsabilidades en el nuevo gobierno cubano y luego promovió la expansión de la estrategia revolucionaria armada hacia otros países.
Defendió la teoría del foco guerrillero: la idea de que pequeños grupos revolucionarios podían desencadenar procesos insurreccionales y acelerar transformaciones políticas profundas. Esa visión tuvo influencia en distintos sectores de América Latina que consideraron la lucha armada un camino válido para alcanzar cambios.
Uruguay no fue ajeno a ese clima regional. En ese contexto surgió el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una organización que adoptó la lucha armada como herramienta política en un país que aún mantenía un sistema democrático vigente.
La violencia política nunca queda limitada a quienes la ejercen. Se expande, altera la vida cotidiana y produce consecuencias que alcanzan al conjunto de la sociedad.
Sin embargo, los símbolos pueden separar una figura de su historia. En 2009, José Mujica expresó al diario La República: "El Che fue un faro para nosotros. Sigo pensando que no murió. Vive en cada lucha que valga la pena".
Más recientemente, esa misma lógica simbólica reapareció cuando desde determinados espacios políticos se presentó al Checomo una referencia moral permanente: "el fuego que no se apaga", "el ejemplo que sigue ardiendo" (MPP, junio de 2025).
En democracia, los símbolos importan. Y cuando provienen de una época en la que algunos sectores eligieron las armas como vía de transformación política, resulta necesario un examen histórico y ético sobre esas decisiones y sus consecuencias.
La memoria de los años sesenta y setenta en Uruguay también fue atravesada por procesos de construcción simbólica. En El relato que nos gobierna analizo estos procesos como parte de una "ingeniería simbólica": mecanismos mediante los cuales las sociedades organizan sus recuerdos y construyen interpretaciones del pasado.
El problema no es recordar. El problema es cómo se recuerda.
Una democracia madura necesita una memoria completa.
Porque cuando la imagen reemplaza a la historia, el relato deja de explicar la realidad y comienza a protegerse de ella. Sin memoria completa, el riesgo no es solamente repetir errores.
Es llegar a celebrarlos.