El Elefante en el bazar: cambiar de escala
Uruguay se está quedando sin trabajadores, invierte poco y protege demasiadas rentas ¿Cómo evitar que el bienestar pierda su base material?
Uruguay discute décimas del déficit fiscal, una tarifa o el próximo incentivo sectorial con la intensidad de quien acomoda los muebles en un barco que está cambiando de tamaño. El gran problema económico no está en esas décimas. Estamos organizando el bienestar futuro para una población y una fuerza de trabajo que ya no existirán.
El país alcanzó su máximo de 3.5 millones de habitantes en 2020. Hacia 2070 se acercaría a 3 millones y perdería unas 600.000 personas en edad de trabajar desde el máximo proyectado para 2032. Habrá menos gente produciendo y más demanda de jubilaciones, salud y cuidados. Ninguna negociación presupuestal, rebaja tributaria o fórmula previsional deroga esa aritmética. La productividad dejó de ser una aspiración de economistas: es la condición de supervivencia del contrato social.
Ese es el primer elefante que el debate evita. Educación, infancia, seguridad y migración siguen tratándose como capítulos separados de la política económica. No lo son. Si apenas 53% de los jóvenes culmina la educación media superior; si cerca de tres de cada diez niños viven en pobreza monetaria; si una de cada cinco personas padece pobreza multidimensional; si una estimación para 2010 ubicó el costo anual del crimen en torno a 3% del PIB (equivalente a 2500 millones de dólares en 2025) aun sin contar la inversión que ahuyenta ni el capital humano que destruye, entonces Uruguay no tiene solo problemas sociales, sino que está demoliendo recursos productivos que serán cada vez más escasos.
El segundo elefante es el capital. Uruguay invierte alrededor de 16% del PIB. Cambiar la trayectoria exige superar ampliamente el 20% y sostenerlo: unos US$ 3.500 millones adicionales cada año, como mínimo. China forma un volumen equivalente en aproximadamente cuatro horas, una mañana. No una planta, un puerto o un anuncio durante un período de gobierno; esa magnitud todos los años. En dos décadas necesitamos como mínimo una inversión adicional por US$ 70.000 millones.
La discusión relevante es si Uruguay tiene veinte proyectos invertibles de 3.500 millones de dólares para ofrecerle a China, a Europa, a Estados Unidos, a la región y al ahorro nacional (o unos cuantos más, más chicos), para las próximas dos décadas. Una presentación PowerPoint no es un proyecto. Sin permisos resueltos, infraestructura, retorno, riesgos, cronograma y reglas de contratación, es apenas una intención.
El tercer elefante es menos lindo porque tiene nombre y beneficiarios. Uruguay no tiene una vaca atada, tiene el rodeo entero. Monopolios legales, oligopolios de hecho, mercados cerrados, regulaciones a medida, empresas públicas sin métricas comparables y corporaciones con poder de veto forman un equilibrio estable. También forman una máquina que traslada el costo de la ineficiencia a consumidores, contribuyentes y empresas que todavía no nacieron.
La competencia no es un fetiche liberal. En un país que perderá trabajadores, es una política salarial, de innovación y de justicia entre generaciones. Cada renta protegida deberá ser financiada por una base productiva más desafiada. El conflicto decisivo no es Estado contra mercado, trabajadores contra empresas o China contra Occidente. Es incumbentes contra entrantes, rentas presentes contra oportunidades futuras.
El cuarto elefante es cultural. En 1919 Uruguay estaba en torno al puesto 12 del mundo por PIB por habitante; en 2022, cerca del 60. No colapsamos, otros avanzaron mucho más rápido.
Nuestra estabilidad es valiosa, pero se volvió anestesia cuando la confundimos con convergencia.
La salida no es otra lista de programas. Es una misión nacional con números elefante: inversión por encima de 20% del PIB; 75% de egreso de media superior en 2035; permisos medidos en días; productividad y competencia (el rebaño desatado); resultados por territorio; instrumentos que cierren cuando no funcionan. Y un gobierno que publique no solo lo que hará, sino también lo que dejará de proteger y financiar.
La próxima escala dependerá de nuestra capacidad para romper un equilibrio que reparte vetos con eficacia, pero no genera futuro. Si no enfrentamos esos elefantes, podremos discutir durante años cómo distribuir el bienestar. Lo que faltará será la economía capaz de sostenerlo.