La gran duda con Argentina
Tengo muchas dudas, pero si tengo que apostar, creo que esta vez es distinto.
Hay dos maneras de mirar la economía argentina. Los grandes números dicen que el programa funciona. La inflación, que hace dos años corría al 25% mensual, podría haber bajado del 2% en agosto y acumula 34% en doce meses.
La actividad lleva seis trimestres consecutivos de crecimiento. La pobreza bajó significativamente y es la más baja desde 2018. El Estado gasta menos de lo que recauda y el superávit comercial de enero a julio, unos 16.000 millones de dólares, es inédito. Para quien vio la Argentina de 2023, esto es casi irreconocible.
La otra manera es preguntarle a la gente, y ahí la foto es peor. El empleo formal privado lleva un año cayendo: 110.000 puestos menos, compensados apenas por monotributistas y trabajo doméstico. La economía crece en energía, minería y agro, y se contrae en industria, construcción y comercio, que son más intensivos en mano de obra. La normalización tiene ganadores, pero el ciudadano promedio todavía paga el precio y no ve la recompensa.
Milei tiene muchas cosas que no me gustan, en forma y fondo. Pero más allá de gustos personales, me resulta evidente que el grueso de su agenda económica no es una revolución libertaria. Es normalización: dejar de gastar lo que no se tiene, dejar de emitir para financiarlo, dejar de fijar precios que nadie respeta. Cualquier economista razonable hubiera recomendado lo mismo para una economía absolutamente enferma. Lo novedoso no es el diagnóstico, es que alguien lo aplicó.
Y sin embargo el mercado no termina de creer. El riesgo país ronda los 500 puntos. Argentina enfrenta vencimientos por 7.500 millones de dólares en 2027 y el propio FMI advierte que el riesgo principal no es económico sino electoral: la dolarización preventiva antes de cada elección.
Un analista lo resumió bien: el superávit comercial evita crisis de dólares, pero el financiamiento vuelve cuando el programa sobrevive a la política, no a la cosecha.
Esa es la gran duda. Argentina no tiene problemas para estabilizar; los tiene para sostener. La convertibilidad duró diez años. Los superávits gemelos de 2003 se disiparon cuando dejaron de hacer falta. La pregunta no es si el programa funciona, sino si el equilibrio fiscal sobrevive a octubre de 2027. Si lo hace, la confianza podría convertir esta estabilización en el inicio de un período de crecimiento sostenido.
Puede sobrevivir de dos formas: porque Milei gana, o porque pierde frente a alguien que entienda que hay cosas que no se tocan. Uruguay aprendió esa lección hace veinte años, cuando la alternancia demostró que hay cosas que no se discuten.
Personalmente tengo muchas dudas, pero si tengo que apostar, creo que esta vez es distinto. Lo traumático del final del gobierno anterior, sumado al alto precio que la sociedad pagó para corregir, hace menos probable que gane alguien que no se comprometa creíblemente con un mínimo de normalidad.
A eso se suma un ingreso de divisas por exportaciones sin precedentes, que reduce mucho algunos riesgos históricos.
Es posible que, ya sea con Milei o con una oposición con un mínimo de racionalidad, Argentina sea un país mucho más normal. Y eso sería una gran noticia para Uruguay.