Decayendo todavía más
En secuencia informativa, cada horror parece aislado y hasta puede resbalar en el tobogán de las distracciones.
En la madrugada del lunes, en Las Piedras, un retirado del Ejército, conduciendo drogado a contramano, atropelló y mató a una señora de 60 años que iba a trabajar. Con el ex sargento iban tres adolescentes del INAU, dos de 14 años y la tercera de 17, con indicios de consumo de sustancias y explotación sexual.
El martes, en un atrio del Anexo de la Facultad de Medicina, un alumno acuchilló la cara de una compañera. Los compañeros del agresor declararon que ya en el liceo había agredido y acosado a compañeras, con indecencias de palabra y de hecho. Las crónicas han hablado de esquizofrenia.
Ayer jueves, el Ministro del Interior Dr. Carlos Negro y la Fiscal de Corte Dra. Mónica Ferrero cumplieron el amargo deber de denunciar que recibieron amenazas de muerte, obviamente como personas y como respetables jerarcas de servicios esenciales del Estado.
Hace largo tiempo que vivimos las angustias de una inseguridad mayor. Y cada vez más, sobre el telón diario de balaceras y homicidios y caminando entre zombis maldurmientes por obra de la pasta base, se nos recortan las sombras y pestilencias de infamias todavía mayores.
En secuencia informativa, cada horror parece aislado y hasta puede resbalar en el tobogán de las distracciones. Pero a fuerza de sumar brutalidades, la conciencia se pregunta dónde y cómo estamos viviendo; y se contesta a sí misma elevando los hechos a conceptos y concluyendo que esto no es una crisis ni una falla de un elenco sino una decadencia colectiva.
Por serlo, no bastan los eslóganes sectoriales -culpa del gobierno anterior o el actual, guerra de clases, batallas de género, etcétera- ni basta tampoco con pasar cada tema a los que tienen competencia o especialización. Reforzar la policía con más efectivos, multiplicar cámaras de vigilancia y añadir servicios de salud mental son medidas necesarias pero no suficientes.
¿Por qué no son ni serán suficientes esas medidas? Porque, como muchos países, el Uruguay está sufriendo hoy las consecuencias de las ideas desde las cuales vive.
Hace 60 años, una prédica castrista fanática generó una guerrilla imposible que nos hizo perder las instituciones y la libertad. Hoy una prédica materialista disuelve los peores horrores en supuestos procesos sociales o los congela en el desamor al prójimo o, a lo sumo, los tabula en planillas Excel con efecto de anestesia.
El resultado es mucho peor que el estancamiento económico. Es la parálisis de lo humano. Y hay que mirarla de frente, en nombre de todo lo noble y sagrado con que el Uruguay se abrió como Estado, como nación y como matriz cultural de gente que sentía al Derecho como el yo-soy-tú de un eterno retorno.
Los hechos nos certifican que la decadencia nos empuja aun más abajo.
Es hora de responder con filosofía al vaciamiento moral donde se cruzan, cada vez más, las enfermedades mentales con la drogadicción, y en esa cruza le arruinan la vida a gente mayor que va a trabajar, a gente joven que va a estudiar y a servidores del Estado a los que debemos respeto, y también gratitud más allá de discrepancias.
No le hagamos el caldo gordo a los extremistas, que en América los hay en las dos puntas.
Despertemos a la realidad: toda decadencia empezó en los pensamientos que nos corrompieron; y hay que lamentarlo. Pero toda recuperación ha de gestarse en la calidad de las ideas que cultivemos: y de ellas, ante las infamias vigentes debemos hacernos responsables.