Viernes, 04 de Septiembre de 2026

Terremoto subió la pobreza oculta: temor a pedir ayuda

ColombiaEl Tiempo, Colombia 4 de septiembre de 2026

El terremoto del pasado 10 de agosto no solo dejó viviendas destruidas o averiadas, negocios afectados y familias que necesitan apoyo

El terremoto del pasado 10 de agosto no solo dejó viviendas destruidas o averiadas, negocios afectados y familias que necesitan apoyo. También habría profundizado un fenómeno menos visible: la pobreza oculta. Así lo advierte un análisis de la Facultad de Psicología de la Universidad de San Buenaventura, sede Bogotá, que señala que algunas personas afectadas no están reportando sus daños por vergüenza, mientras el balance oficial de la emergencia sigue aumentando. La magnitud de la emergencia creció 81,8% en menos de dos semanas. El reporte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) pasó de contabilizar 123.789 familias afectadas el 18 de agosto a 225.024 el 31 de agosto, último balance disponible al 1 de septiembre. El incremento no significa necesariamente que el desastre haya crecido en esa misma proporción, sino que las autoridades continúan verificando, consolidando y sumando los reportes enviados desde los municipios afectados. Aun así, existe una preocupación adicional: las cifras oficiales todavía no permiten determinar cuántas familias permanecen por fuera del registro porque no han reportado sus daños. La UNGRD contabiliza además 235.975 viviendas dañadas, de las cuales 198.720 presentan averías y 37.255 fueron destruidas. Esta cifra no puede compararse directamente con el número de hogares afectados, pero sí permite dimensionar la amplitud de la emergencia que golpeó distintas zonas del país. El impacto alcanzó viviendas ubicadas en ciudades como Cali, Pereira y Manizales. Allí resultaron afectadas familias que, antes del terremoto, contaban con ingresos suficientes para vivir sin mayores dificultades. Algunas pueden haber perdido repentinamente su vivienda o su negocio y, pese a ello, deciden no solicitar subsidios ni reconocerse dentro de la población damnificada. Ese comportamiento es precisamente el que preocupa a los investigadores. Según el análisis de la Universidad de San Buenaventura, el terremoto aceleró la pobreza oculta en poco más de tres semanas y modificó la forma en que suele presentarse. En esta emergencia, el deterioro económico puede comenzar con la pérdida o afectación del activo que sostenía al hogar, mientras las deudas y demás obligaciones continúan corriendo. Javier Aceros, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de San Buenaventura, sede Bogotá, y autor del análisis, explica que detrás de esta decisión puede existir una defensa de la identidad. "No es orgullo ni terquedad. Puede tratarse de una defensa de su identidad", señala el docente al referirse a quienes evitan solicitar ayuda. Según Aceros, la persona puede reconocer que perdió su hogar o su negocio, pero no aceptar que esa situación la ubica ahora dentro de un grupo vulnerable que recibe ayudas estatales. "Aceptar la ayuda equivale a aceptar una etiqueta nueva sobre quién es", agrega. Esta percepción puede convertirse en una barrera para acceder oportunamente a los mecanismos previstos para atender la emergencia. El fenómeno adquiere una dimensión económica cuando los hogares intentan resolver por cuenta propia las consecuencias del desastre. El análisis identifica entre los casos posibles a familias de clase media con créditos hipotecarios que no quieren hacer fila, personas que ya tenían dificultades económicas y temen ser señaladas como aprovechadas, y quienes perdieron un negocio, pero no su vivienda. En estos casos, una de las principales dificultades es que las personas pueden considerar que su situación no es suficientemente grave frente a la de otros damnificados. La expresión "hay gente peor que yo" aparece en el análisis como una señal de alerta, pues la comparación puede llevar a que un hogar minimice sus propias pérdidas y decida no buscar apoyo. "Suena a solidaridad, pero puede funcionar como un permiso para no actuar ni aceptar la ayuda disponible", explica Aceros. La persona se compara con quienes enfrentan situaciones aparentemente más graves y termina descartando su propio caso antes de que lo haga el sistema. A esto se suma el desarraigo y la percepción de convertirse en una carga para familiares y amigos. Las señales pueden aparecer en comportamientos cotidianos: minimizar los daños, cambiar de tema cuando se habla de la emergencia, rechazar donaciones, evitar visitas o endeudarse en silencio para pagar el arriendo.
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