Domingo, 06 de Septiembre de 2026

Inversión, ¿dónde estás?

ColombiaEl Tiempo, Colombia 6 de septiembre de 2026

Analista Sénior
Para nadie es un misterio que en el cuatrienio pasado la chequera pública se utilizó de manera generosa, tanto para contratar personas como para repartir fondos a través de diferentes canales

Analista Sénior
Para nadie es un misterio que en el cuatrienio pasado la chequera pública se utilizó de manera generosa, tanto para contratar personas como para repartir fondos a través de diferentes canales.
Ricardo Ávila Pinto Ravilapinto
A la economía colombiana le pasa como a aquellas personas que, al ir donde su médico de cabecera para hacerse un chequeo regular, vuelven y reciben el mismo diagnóstico sobre un problema que lleva varios años sin corregirse. En el caso presente, el lío sigue siendo la inversión cuyo nivel se mantiene bien por debajo de los parámetros aconsejables y del promedio de antes de la pandemia. Según la definición de manual, el término hace referencia al gasto dedicado a adquirir o crear bienes de capital —como maquinaria, fábricas, equipos e infraestructura diversa— con el fin de mantener o aumentar la capacidad productiva de bienes y servicios de un país. El concepto —al que se le incluye la variación en los inventarios de materias primas y artículos terminados— es distinto al de poner el dinero en activos de tipo financiero como acciones o bonos. La explicación vale la pena porque sirve para entender el motivo por el cual Colombia creció de forma mediocre en los últimos tiempos y podría seguir así en los que vienen. A fin de cuentas, su velocidad futura dependerá de qué tanto invierta ahora, pues, si el ritmo no es el adecuado, el aparato productivo nacional andará más lento. Construir un motor más grande que desemboque en mayor prosperidad resulta todo un desafío. Pero no hay más opción que ponerse en la tarea si de lo que se trata es de dar lugar a círculos virtuosos que incluyan la creación de riqueza y oportunidades sostenibles, pasando por buenos puestos de trabajo. A trompicones Como lo señala un documento escrito por Luis Fernando Mejía y María Angélica Arbeláez para Fedesarrollo, durante las primeras dos décadas de este siglo, el producto interno bruto (PIB) tuvo una expansión promedio de 3,7 por ciento por año. Sin ser espectacular, la cifra entró en la categoría de lo aceptable y ubicó al país en los primeros lugares de la tabla regional. No obstante, tras el bache ocasionado por el covid-19, el desempeño ha sido mucho más flojo, con una media inferior al 2 por ciento anual. Las cosas habrían ido peor de no haber sido por la buena dinámica del consumo, atribuible en proporción mayoritaria al gasto gubernamental. Para nadie es un misterio que en el cuatrienio pasado la chequera pública se utilizó de manera generosa, tanto para contratar personas como para repartir fondos a través de diferentes canales. Semejante estímulo sirvió para que mejorara el clima de los negocios, a pesar de que diferentes analistas advirtieron sobre los riesgos de la estrategia. Por ejemplo, durante el segundo trimestre de 2026, el PIB aceleró su paso hasta llegar al 3,5 por ciento anual. Semejante avance fue consecuencia de un incremento del 4,4 por ciento en el consumo total, pero sobre todo de un salto de 12,2 por ciento en el del Gobierno. Seguir por ese camino es imposible a la luz del deterioro del panorama fiscal. El esfuerzo de sincerar el presupuesto del año que viene muestra que, de no tomar correctivos, las cuentas estatales mostrarán un saldo en rojo sin precedentes y obligarán a financiar el faltante con cada vez más deudas, por lo cual hay que apretarse el cinturón. Recoger las velas en ese frente ocasionará una desaceleración a menos que, como en las carreras de relevos, la posta la reciba otro corredor. Un repunte en las exportaciones ayudaría, pero la gran esperanza es que haya un rebrote en la formación bruta de capital fijo, es decir, en la inversión. De acuerdo con Mejía y Arbeláez, esta "es un indicador líder del crecimiento económico de largo plazo". Añaden que, además de ampliar la capacidad productiva, ello "implica modernizar los procesos existentes, lo que permite aumentar la productividad y la competitividad de la economía". Un análisis de la trayectoria del rubro muestra tres periodos diferentes, en opinión de los expertos citados. Una primera fase de expansión tuvo lugar entre 2005 y 2015, cuando la inversión llegó a un máximo de 24,1 por ciento del PIB en 2007 y se mantuvo en niveles cercanos "impulsada por la estabilidad macroeconómica, el auge de los precios de las materias primas y la confianza empresarial". A partir de la segunda mitad de la década pasada, después del descenso en los precios internacionales del petróleo, la velocidad fue más moderada. Entre 2016 y 2019, el promedio fue de 21,6 por ciento del PIB, un guarismo que disminuiría mucho más cuando tuvo lugar la emergencia sanitaria ocasionada por el coronavirus. Sin embargo, a pesar de que la pandemia hizo que el indicador se ubicara en 18,4 por ciento del PIB en 2020 —algo explicable en medio de los confinamientos obligatorios—, el verdadero frenazo se vio a partir de 2023. Desde ese año, la formación bruta de capital fijo apenas ha superado el 16 por ciento del PIB. El dato más reciente, correspondiente al primer semestre de 2026, es de 17 por ciento. Puede ser que las comparaciones sean odiosas, pero en otros lugares de América Latina la historia es bien diferente. Como lo señala un escrito del Departamento de Investigaciones Económicas de Corficolombiana, el valor de la inversión en tiempos recientes equivale a cerca del 90 por ciento del registrado en 2019 a nivel nacional y muestra un rezago de más del 20 por ciento "respecto al desempeño promedio que ha tenido en Brasil, México, Chile y Perú". Por cuenta de semejante desfase, el panorama se complica. "Con una tasa de inversión tan baja, el crecimiento tendencial de la economía no superará el 2,6 por ciento anual y los riesgos de insostenibilidad fiscal serán aún mayores", dice la entidad. Es importante anotar que el problema se concentra en la formación bruta de capital proveniente del sector privado que es, de lejos, la que mayor responsabilidad tiene en el comportamiento del agregado. Si esta llegó a ser equivalente a casi el 20 por ciento del PIB diez años atrás, en 2023 escasamente superó el 13 por ciento y se ha mantenido cerca de ese guarismo desde entonces. En el entretanto, y a pesar de gastar más en general, el Gobierno no le inyectó muchos más recursos a este acápite y contribuyó con algo inferior al 3 por ciento. Lo que viene Suena evidente, entonces, que cualquier recuperación importante en el que es un indicador crucial para el bienestar dependerá de las decisiones que tomen los empresarios. Si a lo anterior se agrega que las finanzas públicas pasan por una coyuntura muy difícil, esta es la única carta que se puede jugar el país. Dicho eso, ordenar las cuentas públicas es una prioridad. La literatura académica muestra que cuando se disparan los gastos estatales y estos se sostienen en una mayor carga impositiva y en deudas crecientes, aparece un fenómeno que se conoce como efecto desplazamiento, el cual se traduce en tasas de interés más elevadas. A la hora de arriesgar dinero, entran en consideración factores objetivos y subjetivos. En primer lugar, y para decirlo de manera coloquial, quien le va a meter plata a un negocio evalúa primero si hay opciones más rentables como poner los recursos a rentar en el mercado financiero o llevárselos a otro país. Puesto de manera más técnica, Mejía y Arbeláez destacan el concepto del costo de uso del capital, que es el valor implícito que una compañía paga por hacer una apuesta productiva. En el cómputo intervienen no solo los intereses que se derivan de un crédito, sino el comportamiento de la inflación y los impuestos. Temas como la depreciación de activos, gravámenes complementarios, sobretasas o deducciones también entran en la fórmula. Lo que muestran los cálculos es que este costo aumentó de manera significativa en los últimos años, algo en lo cual la mayor carga tributaria —que ascendió a 48 por ciento cuando se combinan lo que les corresponde a la sociedad y al socio de manera individual— fue determinante. Debido a ello, los autores afirman que el incremento "agrava los obstáculos estructurales que enfrenta el país para impulsar la inversión y sostener un crecimiento económico en el largo plazo". Por otra parte, hay que tener en cuenta la incertidumbre, que puede estar relacionada con el ambiente institucional, las normas o la estabilidad macroeconómica. A este respecto, Fedesarrollo construye el índice de incertidumbre de la política económica que, tras mostrar varios picos en años recientes, ha tenido tendencia a disminuir en los últimos meses. Tampoco se puede desconocer la confianza empresarial en la que intervienen percepciones de diverso orden. Por ejemplo, el clima de seguridad influye sobre la voluntad de hacer negocios y expandir operaciones, algo que va desde la tienda de barrio hasta la gran industria. Y a la lista se suma la actitud gubernamental. Es imposible saber con precisión cuánto incidió la agresiva retórica de Gustavo Petro en contra del sector empresarial sobre las decisiones de inversión productiva, pero sin duda la seguidilla de ataques no ayudó. Por otro camino Ahora que hay una actitud mucho más positiva hacia la iniciativa privada las cosas deberían mejorar, pero, aparte de palabras amistosas, hay que hacer una serie de tareas. Estas comprenden estabilizar la economía, algo que comienza con recuperar la credibilidad gubernamental en la calidad de las políticas que se apliquen. Si bien los correctivos tomarán tiempo, lo importante es ver la luz al final del túnel. Así mismo, es clave apuntarles a la estabilidad jurídica y al respeto de las reglas de juego. Que el Estado honre sus obligaciones resulta definitivo para proyectos de larga maduración, como los relacionados con el desarrollo de la infraestructura. También hay que mirar las cargas tributarias que en Colombia castigan con mucha más dureza a las empresas que a las personas. La propuesta de eliminar el impuesto al patrimonio y reducir la tasa de renta de las sociedades va en la dirección correcta y quedó incluida en el discurso de posesión presidencial. Competencia y entorno regulatorio, promoción del comercio internacional y apertura de mercados, mejor capital humano, eficiencia institucional y combate al delito, se suman igualmente a la agenda pendiente. En algunos casos se podrán concretar cambios rápido y en otros habrá que esperar, pero lo importante es que el ambiente mejore para que la inversión despegue y vuelva, al menos, al promedio de décadas anteriores a la actual. Entre los intangibles, ninguno es más importante que la confianza. Eso es fundamental para solidificar las relaciones público-privadas en áreas críticas como la salud o el desarrollo de infraestructura. Aun así, hay dificultades que no se pueden desconocer. La reactivación de la vivienda dependerá de que bajen las tasas de interés de largo plazo, en las que influyen las expectativas de inflación y el déficit gubernamental. Y en lo que corresponde a los sectores transables aparecen dolores de cabeza como la revaluación del peso o el aumento del salario mínimo que disparó los costos salariales. Si a eso se le agrega el valor de la energía o del transporte, más de un empresario será cauteloso a la hora de evaluar si invierte. Hay oportunidades, por supuesto. La exploración de hidrocarburos debería reactivarse, junto con la minería formal. En materia de exportaciones, Venezuela y Ecuador, en menor grado, suenan como destinos atractivos para los productos que elaboran un sinnúmero de industrias. Eventualmente, la reconstrucción —tras el terremoto del 10 de agosto— estimulará la demanda de materiales y el empleo en las zonas afectadas. Nada de eso exime al Gobierno de hacer lo que le corresponde, comenzando por poner la casa en orden y enviar las señales adecuadas. Tender puentes con el sector privado pasa por dejar que los ministros vayan a los congresos gremiales a donde van los inversionistas potenciales y asegurarse de que el vacío que dejará el cierre de las oficinas de ProColombia en el exterior —que atraían a los capitales foráneos— sea llenado por las embajadas que hace rato abandonaron su perfil comercial. Porque solo empujando en la misma dirección será posible que la inversión sea parte de la solución al acertijo del crecimiento económico y no parte del problema, como ahora. Esa es la manera adecuada de recuperar la senda perdida y, ojalá, transitar un camino con menos obstáculos en los años que vienen.
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