Hay que bajar la relación entre gasto público y producto, y reorientar las exoneraciones fiscales hacia los sectores transables, que son quienes de verdad pueden mejorar la competitividad del país en el tiempo.
Semanas atrás, mi colega y amigo
Javier de Haedo, tituló su columna
"es atraso cambiario" y tiene razón. Su explicación fue clara y cuantificada. Intentaré aquí abundar en conceptos.
Cada vez que el tipo de cambio se atrasa, la discusión pública se concentra en si el Banco Central debe intervenir; "hacer algo" con el dólar. Bajo la premisa que "todo lo demás queda constante", si bien a corto plazo intervenir sobre el tipo nominal puede alterar algo la relación de precio de dos monedas, el problema es siempre el TCR la relación de precios de dos bienes, interno y externo, y éste, salvo que se introduzcan "ruidos" permanentes en el mercado, no se altera con Política Monetaria.
Por tanto, se está en presencia de un error de diagnóstico. La teoría macroeconómica enseña que, con la movilidad de capitales que tenemos y un régimen de tipo de cambio flexible, la política monetaria apenas puede "mover el dólar" en el corto plazo, pero no define el valor relativo de nuestra moneda de largo plazo. El TCR realmente importa porque es el centro de la competitividad, no el mero "precio de un billete", y quien lo termina determinando es la política fiscal, en especial el nivel de gasto público y, eventualmente en períodos más cortos, el gasto privado[1].
El mecanismo es simple: cuando el gasto público y privado crecen financiados con deuda, el tipo de cambio real se deteriora y, sin acciones específicas sobre ellos, solo se corrige cuando ese financiamiento se reduce o cesa. Uruguay lleva doce años con un déficit fiscal que promedia más del 4% del PIB, y una deuda bruta total que ya ronda el 73% del PIB[2]. Eso, nos guste o no, mientras nos lo financien, deprime el tipo de cambio real de manera estructural.
Para el caso, el indicador más importante es la ratio gasto público a producto, ni siquiera gasto en términos reales. El gasto primario del gobierno central y las intendencias,
sin contar una serie de partidas que también son gasto público, pero no se miden como tales en la cuenta que vemos todos los meses parte de las erogaciones de la CVU, impuestos afectados por fuera del presupuesto, deuda del propio sector público en fideicomisos "privados", deuda de privados garantizada por el Estado con recaudación futura, solo ha venido creciendo desde 2004 en adelante. Aún con el subregistro anotado, el gasto primario del sector público no financiero, (sin las EE.PP.), aumentó 6.5% del PIB, unos US$ 5.800 anuales a valores 2026. Frente a esto, cuando algún modelo de "tipo de cambio real de equilibrio" concluye que el dólar está en su "nivel de fundamentos" porque el mayor gasto público empuja hacia ese resultado, no estamos frente a un hallazgo, sino ante a una tautología. El modelo confirma lo que el propio gasto generó, pero nada nos aporta respecto a su significado en capacidad de competencia del país.
El problema se agrava cuando el sector público impulsa ciertas políticas de estímulo al sector privado no transable. Éste lógicamente actúa en consecuencia, pero su efecto macro sobre el TCR, sólo profundiza el anterior. En nuestro caso, del lado privado, buena parte del impulso va al sector no transable, con la vivienda promovida y grandes construcciones. Gran parte de esa inversión es extranjera, atraída por exoneraciones fiscales que le garantizan un retorno, pero que a la vez deprimen el TCR por el mismo mecanismo descrito. Entonces el aumento de gasto doméstico queda concentrado en sectores no transables (el público por definición), cuyo potencial de aportar al crecimiento de la productividad general de la economía es bajo. En buen romance, esta inversión privada no es la que mejor potencia el crecimiento futuro.
Que las reformas microeconómicas mejoran la competitividad es parcialmente cierto, porque no alcanza con mejorar, hay que hacerlo más que el resto del mundo: "los contrarios también juegan". Los demás países también ganan productividad. En Estados Unidos la productividad laboral crece al 2% anual desde hace más de cinco décadas; imaginemos lo que sucede en Asia.
Este punto es clave cuando se plantea que ganancias de productividad permiten sostener reducciones de la jornada laboral. Puede ser cierto puertas adentro, pero para competir afuera, esa ganancia debe además compensar la que logran nuestros competidores. La cosa siempre es en términos relativos. Bajar aranceles y reducir costos burocráticos, produce un aumento de la productividad general de factores al mejorar la asignación de recursos, producto de su desplazamiento hacia sectores más eficientes en términos relativos al comercio internacional.
Por todo lo anterior, es cierto que devaluar no resuelve nada si no se corrigen los excesos de gasto. Mientras haya financiación, el desequilibrio puede convivir con nosotros. Pero si el gasto no se corrige, tarde o temprano termina pasando igual, solo que de manera más brusca y menos controlada.
Finalmente, conviene ser claro sobre la recurrente tentación de subir impuestos. Esto no es una solución de fondo; a largo plazo, una mayor recaudación termina financiando mayor gasto, y el gasto público es el verdadero problema estructural, tanto para el tipo de cambio real como para la capacidad de competir.
La conclusión es incómoda pero simple, hay que bajar la relación entre gasto público y producto, y reorientar las exoneraciones fiscales hacia los sectores transables, que son quienes de verdad pueden mejorar la competitividad del país en el tiempo. Todo lo demás devaluar, bajar tasas de interés, subir impuestos es tratar el síntoma y dejar intacta la causa.
[1] Otro aspecto que también influye en el equilibrio de largo plazo, son cambios en la estructura productiva y, en caso de darse, cambios permanentes en los términos del intercambio, aunque éstos últimos suelen "ir y venir".[2] No considero deuda neta por cómo actúa el sector público ante dificultades de financiamiento.