Tiglat Montecinos: "Siempre me he sentido ligado a Valdivia"
A sus 83 años, el empresario repasa cómo un abogado enamorado de la lectura terminó construyendo, en el patio de su casa, una de las chocolaterías más reconocidas de Chile. Aquí reflexiona sobre la familia, el paso del tiempo y lo que realmente importa después de ocho décadas de vida.
P ara un amante del chocolate, tener una empresa de este producto puede ser un sueño. Uno que el valdiviano Tiglat Alexis Montecinos San Martín (83) hizo realidad en 1976 con Entrelagos. Desde entonces, a través de sus productos, ha buscado transmitir las bondades del sur y la "bella anarquía", como define a la capital de la Región de Los Ríos por su forma y sus barrios.
En Chile, el consumo de chocolate por persona promedio es de 2,1 kilos por año, lo que nos ubica en el primer lugar en Latinoamérica, superando con creces a países como Brasil (1,8), Ecuador (0,8) y México (0,7).
-¿Le gusta el chocolate?
"No soy goloso, pero el chocolate, consumido en su justa medida y con alto porcentaje de cacao, es hasta saludable".
Asiduo lector
Nacido y criado en Valdivia, Tiglat -nombre de origen asirio que le gustaba a su papá, sin relación con su ascendencia- estudió en el Liceo de Hombres de Valdivia, donde sus amigos, dice, cumplieron un papel muy importante. "Ellos me formaron mucho. Se conversaba harto, distinto a lo que pasa hoy con las redes sociales", lamenta.
Hijo de un funcionario de Carabineros y de la dueña de una peluquería -"mi madre era muy creativa"-, creció lejos del mundo empresarial. "Mis padres no eran industriales", cuenta, y agrega que tampoco tenían una buena situación económica.
Era el mayor de cuatro hijos -le seguían tres hermanas, con la menor tenía cerca de cuatro años de diferencia- y, como tal, recuerda que siempre le tocó liderar en su familia. También en sus grupos de amistades.
Por entonces, unas tías le hacían leer antiguas revistas infantiles como "Don Fausto" y "Penélope": "Me gustó. Aprendí a leer a los cuatro años".
A los 11 ya había leído libros que sus amigos ni siquiera conocían. Entre ellos, "Adiós al Séptimo de Línea", del escritor chileno Jorge Inostrosa. En secundaria, en tanto, leía a Shakespeare y en la universidad, a autores rusos y latinoamericanos.
Ese hábito, dice, fue el que lo salvó de la formación que se perdió como estudiante. Buen alumno en el colegio y en la universidad, reconoce que no era constante. "Lo mejor no es ser el más brillante, sino el más esforzado y el que se prepara profesionalmente", asegura, agregando que su falta de concentración le jugaba en contra.
"Aún leo, pero con más dificultad por la vista. En los últimos que he leído algunos librossobre la Segunda Guerra Mundial y la vida de Churchill. También hay otros que he vuelto a leer. Con los años, uno empieza a releer libros", acota.
Tiglat salió de su ciudad natal, y de ese ambiente protegido, cuando a los 17 años entró a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Valparaíso. Si bien quería ser arquitecto, cuenta que rindió el Bachillerato en Letras en vez de hacerlo en Matemáticas; no le alcanzó el puntaje para entrar.
Aunque el mundo de las leyes no le terminó de convencer, dice que si hoy tuviera que decidir qué estudiar habría optado por la carrera que eligió: "En Derecho uno aprende que lo blanco es blanco y lo negro es negro.Hay que expresar en términos orales o gráficos la realidad y eso obliga a ser más depurado con el pensamiento".
Mientras duró la carrera iba una vez al año a Valdivia para ver a su familia y sus amigos. En las vacaciones de verano, o de invierno, viajaba en tren -cuando este llegaba a Puerto Montt-, lo que recuerda como una aventura llena de nostalgia.
En Valparaíso, se le abrió un mundo nuevo. En la universidad hizo amigos que tenían formación en economía y ciencias sociales.
Si bien estudió la carrera en cinco años, se demoró mucho en recibirse, por lo que su papá lo mandó a buscar porque ya no podía seguir manteniéndolo.
De regreso en Valdivia, relata que empezó a trabajar como muchos profesionales de su época: con libreta del Seguro Social.Comenzó como abogado del Ministerio de Tierras; luego trabajó, por un período acotado, como abogado de banco, y de ahí llegó a la Oficina de Planificación Nacional (Odeplan), como inspector y analista de turismo. Allí se especializó en ese sector y pudo estudiar la sicología del habitante de Valdivia, los recursos de su tierra y cómo ponerlos en valor.
Ya desde esos años le gustaba viajar y conocer nuevos mundos, algo que pudo hacer gracias a las dos agencias de viaje que tuvo: primero Turismo Cochrane y luego Cono Sur, las que funcionaron, según recuerda, entre 1976 y 1986. Una actividad que complementó con clases de turismo que impartió en la Universidad Técnica del Estado y después en Universidad Austral de Valdivia.
Dulce emprendimiento
En el ramo de planificación turística que impartía, surgió la idea de hacer un producto con el cual potenciar la imagen de Valdivia y que sus turistas se llevaran un recuerdo de su paso por la ciudad. Inspirados en la antigua empresa Confitería Sur, el abogado y entonces empresario y su alumno, José Luis Birke, dieron forma a la chocolatería Entrelagos.
Partieron en 1976 en el patio trasero de su casa -recién casado con Marcia Kusch González, quien había sido su alumna-, centrando su atención no solo en la presentación de los productos -chocolates, calugas, mazapanes y especialidades dulces-, sino también en su calidad y contenido. Para ello, adquirieron la mejor materia prima que encontraron entre los proveedores locales y, con el tiempo, importaron también chocolate de origen latinoamericano (de Perú, Colombia y Ecuador) y africano (Guinea)."Cacao legítimo, sin grasa vegetal", destaca el empresario.
-¿Qué llevaban y conservan las elaboraciones de Entrelagos?
"Los sabores y la imagen del sur, aunque hoy es más difícil definirlo en forma diferencial porque la chocolatería y, más aún, la gastronomía dulce, se han expandido de manera acromegálica".
Los comienzos fueron intensivos en trabajo. El living de su casa se transformó en su oficina y se trabajaba de lunes a lunes, con atención a público fines de semana incluidos.
Con su socio llevaban las labores de venta, marketing y planificación en un trabajo personalizado.
Con su señora, con quien cumplirá 50 años de matrimonio y tiene tres hijas y cuatro nietos, viajó a Alemania y Estados Unidos sin saber hablar alemán ni inglés: "Fue toda una aventura. Fuimos con los ojos y el alma bien abiertas para captar todo. Me ayudó mucho haber sido buen lector. Fui reconociendo loque había leído en los libros".
Calcula que deben haber ido unas 10 veces a Europa. Cuenta que era sacrificado porque, como no tenían recursos extra, tomaban un bus en Valdivia para llegar directo al aeropuerto de Santiago a embarcarse en el avión.
"Participamos en varias ferias. En la primera, en Colonia, armamos un stand sin haber tenido la más mínima idea de lo que era. No teníamos miedo", evoca, compartiendo que también participaron en la feria Fancy Food en Nueva York.
Agrega: "Fuimos para aprender porque queríamos exportar. Ahí nos dimos cuenta de que nos faltaba mucho".
En paralelo a este emprendimiento, junto a su señora también tenía una confitería en el terminal de buses de Valdivia donde, además, entregaban información turística. "En ese entonces casi no había opciones y si la vida daba un camino había que seguirlo", explica.
El crecimiento de Entrelagos, recuerda, fue explosivo. De partir en una pieza de 30x30, a los pocos años ya contaban con varios locales; hoy tienen 20, de Arica a Punta Arenas. Y de ser apenas tres trabajadores -su socio, su señora y él-, la empresa pasó a tener más de 300, entre la fábrica, la planta, las sucursales y el salón de té y cafetería en la calle Pérez Rosales, en el corazón de Valdivia (su ubicación es un punto de referencia inconfundible).
Esto, además de haber exportado a los cinco continentes, logro que se vio pausado y que quieren recuperar para llevar la pureza y la pasión del sur -no solo de Valdivia sino que también de la Patagonia chilena- a todo el mundo.
Durante la pandemia -"lo más difícil que me ha tocado enfrentar en los 50 años de este negocio"- en corto tiempo se vieron obligados a reforzar su venta online para mantener la producción -"todavía nos falta avanzar más en ese terreno"-, así como a la mayoría de sus empleados.
La crisis económica, por su parte, sumada a los cambios en los gustos y las necesidades de los clientes, han obligado a no bajar la guardia para seguir compitiendo en un rubro al cual se han sumado muchos competidores.
-¿Cómo enfrentan esa competencia?
"Con una permanente búsqueda de volver a las raíces y lograr aprovechar bien nuestras ventajas y desventajas".
En ese camino de aprendizaje, los socios se separaron: "Por el año 1983. Se cometieron errores, sobre todo porque crecimos muy rápido". Birke se quedó con el tradicional local de Valdivia y él con la venta nacional y extranjera.
-¿No le dio pena dejar esa parte de la empresa en manos de su exsocio?
"No, porque trabajamos bastante relacionados y hace como dos años le compramos su parte, por lo que terminamos nuevamente en una sola empresa".
En ese mismo período se asociaron también con un nuevo actor y su experiencia gastronómica: la familia Jaras Parker, fundadora de Nutra Bien S.A.
-¿Qué siente cuando escucha decir que Entrelagos forma parte de la memoria y el patrimonio de Valdivia?
"No solo orgullo, sino que también satisfacción. No diría que el deber cumplido, porque creo que el ser humano se mueve por dos grandes cosas: los sueños y la muerte. La muerte nos da la oportunidad de mantenernos vivos a través de nuestros hijos y nuestras obras.Los sueños nos permiten planificar a futuro. Por eso, siempre me he sentido ligado a Valdivia".
Más allá del chocolate
Aunque sus amigos, con quienes se junta a jugar cacho todos los jueves, nunca pensaron que llegaría a ser empresario, Tiglat no solo fue el primer profesional de su familia, sino que hoy puede contar que llevó a Deportes Valdivia a la primera división. En 1987, como presidente del fútbol de su ciudad, recibió un club quebrado y en un año lo entregó instalado en las ligas mayores y con superávit. "En poco tiempo logré imponer las ideas de no insultar al contrario o fingir lesiones". También integró el directorio de la Universidad Austral por unos cuatro períodos, y hace más de 40 años ideó el concurso de pintura "Valdivia y su Río", que surgió en un taller que dictaba en esa universidad.
Hoy, en tanto, se declara un feliz retirado que no es lo mismo, aclara, que jubilado. Es director honorario de Entrelagos, su hija mayor lo reemplazó este año, y sigue participando como director en otras empresas que tiene.
-Entonces, como se dice, hasta el final con las botas puestas.
"Hasta donde pueda. Lo que uno teme, y eso lo dicen todos, es perder la capacidad cognitiva. Sobre todo cuando se ha estado a cargo de muchas cosas, que pueden ser pequeñas o poco importantes para otros, pero no para uno. Las limitaciones físicas son inevitables, pero cuando veo a personas de 100 años que se tiran en paracaídas, ahí siento una sana envidia".
Sobre el futuro de la compañía chocolatera0, Tiglat no cree en las empresas que duran una generación. De hecho, sus tres hijas han estado vinculadas al negocio familiar. La mayor y la menor son directoras de Entrelagos, y la del medio trabajó un tiempo como diseñadora industrial. Sus nietos aún son chicos para saber si se dedicarán a la empresa. Le gustaría, pero sabe que no los puede obligar.
-¿Cree que en Chile se sabe aprovechar el conocimiento y la experiencia de las personas mayores?
"Creo que no del todo.Tengo la suerte de tener algunos amigos que eran verdaderos genios, que podrían haber aportado más a Chile. Creo que la juventud tiene sus virtudes, así como también la gente de edad".
-¿Qué cosa siente que puede hacer mejor hoy, gracias a la experiencia, que cuando tenía 40 o 50 años?
"Es una pregunta difícil. Quiero ser bien sincero: me gustaría tener 10 años menos".
-Después de más de ocho décadas de vida, ¿qué considera realmente importante?
"La familia y la lealtad con la región donde uno vive. Tener cualidades humanas como ser honesto y solidario, que no sea un decir, y no pensar solo en uno. Cuando las personas quieren hacer una empresa solo para ganar dinero y no piensan en las necesidades de la gente, sus posibilidades de éxito son menores".