Un esfuerzo reactivador inmediato
La forma como se está haciendo el ajuste podría estar generando un efecto contractivo difícil de compensar.
La situación económica del país, si bien debería mejorar en la última parte del año, sigue siendo muy débil. Y ello se refleja con claridad en las expectativas. Las empresariales, por ejemplo, están aún en terreno negativo, a pesar de que en agosto experimentaron un repunte. A su vez, el Índice de Confianza del Consumidor de IPSOS, después de haberse situado en torno a 50 en el primer trimestre, en agosto se ubicó en 38. En estos indicadores siempre hay eventos puntuales que afectan los resultados, pero los bajos números sugieren que tanto empresarios como trabajadores tienen dudas respecto de la evolución que pueda tener la economía en los próximos meses. Poco ayudan las elevadas cifras de desempleo, el sorpresivo IPC de agosto y un Imacec que ha estado durante gran parte del año en terreno negativo. En la primera dimensión, además, no se puede dejar de mencionar que es la primera vez, salvo durante la pandemia, que la economía destruye empleo desde que se aplica la actual Encuesta Nacional del Empleo (comienzos de 2010). Ello da cuenta de una actividad muy rezagada.
Esto ocurre a pesar de los buenos precios del cobre y de un crecimiento mundial más resiliente de lo que se esperaba: se anticipa que este año el mundo crezca en torno al 3 por ciento, mientras Chile difícilmente superará el uno por ciento. Incluso, las economías avanzadas podrían crecer el doble que nuestro país. Por cierto, recién comienza a instalarse una agenda más orientada al crecimiento, ausente en los últimos años. Pero, sin perjuicio de ello, se empieza a discutir crecientemente si el Gobierno no está desarrollando una agenda desbalanceada, es decir, que puede producir cambios positivos en el mediano y largo plazo, pero que olvida el presente. Así, por ejemplo, la agenda que se desplegará en el ámbito laboral se ve atractiva, pero costará tramitarla y no producirá efectos inmediatos. Parecen requerirse estímulos más directos. Al mismo tiempo, avanzar en una senda que permita tener sostenibilidad en nuestras cuentas fiscales es muy positivo, pero la forma como se está haciendo el ajuste podría estar generando un efecto contractivo, difícil de compensar en medio de expectativas a la baja de consumidores y empresarios. Hay que recordar que la inversión tuvo en el primer trimestre un comportamiento modesto, y en el segundo, plano.
A propósito de esto es que cuesta comprender la ejecución presupuestaria. A julio, se ha logrado controlar el aumento en el gasto corriente que en el primer trimestre había observado una expansión demasiado elevada. Sin embargo, preocupa que el gasto de capital se haya desacelerado significativamente: en lo que va del año, ha disminuido en poco más de 14 por ciento respecto de igual período del año pasado. En momentos en que quizás la economía requiera mayor inversión pública para enfrentar el alto desempleo y el bajo crecimiento -sobre todo, mientras la Ley de Reconstrucción y otras iniciativas comiencen a producir efectos- es difícil de entender esta subejecución.
Existe, por supuesto, una tensión con la moderación del gasto público que es indispensable abordar. Con todo, quizás hay una oportunidad para desviarse en el corto plazo de una agenda fiscal particularmente estricta. En el pasado, durante la pandemia, el país expandió su gasto público significativamente, pero lo hizo acordando una reducción posterior, una vez superada la emergencia. En ese entendido se legisló el Presupuesto 2022, luego ejecutado en el primer año de la administración Boric. Esta vez las circunstancias son muy distintas, pero tal vez, sin dejar de perseverar en el ajuste, sí podría pensarse en permitir una superación transitoria del límite prudencial de deuda y luego una trayectoria previamente definida para retornar al 45% del PIB. Es una alternativa no carente de riesgos, pero que aun así no debiera descartarse.