Viernes, 11 de Septiembre de 2026

Saber leer

ChileEl Mercurio, Chile 11 de septiembre de 2026

Es condición para aprender casi cualquier otra cosa.

Alrededor del mundo, los escolares están perdiendo su capacidad de leer. Es el desolador mensaje de la prueba PISA 2025, aplicada en 91 países a estudiantes de 15 años. De los 66 países con datos de tendencia, 49 experimentaron caídas significativas en la última década mientras que solo 5 mejoraron. En la OCDE, la caída promedio equivale a los aprendizajes escolares de un año y medio; en Chile, a poco más que un año. Interesantemente, tanto en la OCDE como en Chile, las caídas fueron más graves entre los estudiantes de mayor nivel socioeconómico.
Es difícil explicar un fenómeno tan universal sin pensar en la transformación digital de la vida adolescente. Las caídas en lectura se aceleran desde la última medición, en 2022, coincidiendo con la irrupción de la inteligencia artificial. Su uso entre los quinceañeros es masivo: en Chile el 51% reporta usar la IA semanalmente para "ayudarse a aprender" y el 33% para resumir un texto que debía leer (45 y 30% en la OCDE, respectivamente). El patrón del deterioro en lectura es sugerente: los resultados empeoran más en los textos más largos y en las preguntas que exigen mayor reflexión, y hay un aumento en las respuestas rápidas, pero incorrectas. Todo indica una pérdida en la capacidad de atención. De hecho, en Chile el 48% dice que sus compañeros se distraen con celulares en la mayoría de las clases; en la OCDE, es el 28%.
Tal vez el cambio más triste que revela PISA sea la caída en la curiosidad. En la inmensa mayoría de los países, por ejemplo, cayó la fracción de estudiantes que rechaza la afirmación de que "aprender cosas nuevas es aburrido". En Chile, la caída fue especialmente fuerte.
Las nuevas tecnologías son increíblemente fructíferas para ganar tiempo y cumplir cometidos. Pero pareciera que, al menos en la etapa formativa, no aseguran el aprendizaje. Tal vez sea porque la lectura exige una disposición de espíritu que estamos perdiendo. Enfrentarse a un texto requiere tiempo y calma. Las respuestas no vienen como productos listos para el consumo, sino que el lector debe recorrer el texto, detenerse, volver atrás, convivir con lo que aún no entiende. Párrafo por párrafo, el texto va develando su contenido y, con ello, engendra comprensión en quien lo lee.
Saber leer, por cierto, es condición para aprender casi cualquier otra cosa. Es también la forma canónica de entrar en otras visiones de mundo y descubrir, en ellas, cuánto hay de singular y de común en la experiencia humana. Pero quizás haya algo más en juego. ¿Puede pensar con profundidad una persona incapaz de sostener la lectura? Aún más, si no logra cultivar la disposición para concentrarse ante un texto de 400 palabras (los textos "largos" de PISA), ¿puede acaso aspirar a tener propiamente una vida interior?
Por supuesto, la historia de la humanidad es mayormente una historia de analfabetos. Pero no es casualidad que saber leer y escribir haya sido, hasta hace no tanto, un requisito para la ciudadanía, ni que la expansión de la ciudadanía haya ido a la par del esfuerzo por alfabetizar a las masas. Nos tomó siglos enseñar a leer. Sería una extraña ironía que, justo cuando tenemos todo el conocimiento del mundo al alcance de la mano, estemos perdiendo la disposición necesaria para hacerlo.
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