Lo que comenzó el 11-S
Así comenzó la era del terrorismo global, dejando atrás la Guerra Fría y también la década de falsa ilusión de un mundo en armonía y paz: los años '90.
Una de las particularidades del 11-S es que miles de millones de personas en el mundo recuerdan exactamente qué estaban haciendo cuando las torres gemelas ardieron como antorchas hasta hundirse en el vientre de Manhattan. El día que el terrorismo, que primero pasó de la bomba anarquista en bancos y cuarteles al coche bomba de la ETA, las Brigadas Rojas y el Baader-Meinhof; y del coche bomba al camión-bomba que debutó en la guerra civil del Líbano; en el 2001 pasaba del camión-bomba al avión-bomba y saltaba de la masacre al genocidio.
En los televisores que mostraron en vivo y en directo lo que parecía una ficción cinematográfica, apareció un personaje con nombre extraño: Osama bin Muhamad bin Awda bin Laden. Antes de que ese millonario saudita asumiera la autoría del ataque desde un escondite en Afganistán, la CIA y el Pentágono supieron que se trataba de Al Qaeda, la organización que inició el terrorismo global con ataques contra blancos norteamericanos con coches bombas en las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar el Salam, y con una lancha bomba estallando contra el buque USS Cole, anclado en el puerto de Adén. Pero el 11-S dio el golpe más monstruosamente espectacular de la historia.
Así comenzó la era del terrorismo global, dejando atrás la Guerra Fría y también la década de falsa ilusión de un mundo en armonía y paz: los años '90. Osama bin Laden había creado una red de células dormidas dispersas por el planeta, que podían entrar en acción al recibir una orden desde la neurona central: Bin Laden y su mano derecha, el médico egipcio Aymán al Sawahiri.
El mundo se asomaba a las páginas donde el lúcido Samuel Huntington vaticinó en 1996 un choque de civilizaciones. Pero las últimas décadas están revelando que lo que comenzaba no era un choque entre civilizaciones sino un choque intracultural. Dentro de cada cultura, la ancestralidad aflora y enfrenta a la modernidad imperante.
El mundo musulmán fue el primero en mostrar ese choque de su cultura ancestral con su actualidad modernizada. El fundamentalismo islámico enfrentó a los regímenes del nacionalismo secular que lideraban figuras como Nasser, Sukarno, Hafez el Assad, Arafat, Saddam Hussein, Habib Burguiba y otros. En Irán derrocaba al shá Reza Pahlevi por su occidentalización forzosa y en Arabia Saudita nacía desde la doctrina coránica dominante, el wahabismo, para enfrentar el matrimonio económico con EE.UU. con el que nació ese país árabe en 1932, junto con la empresa petrolera Aramco.
Desde el wahabismo, cuyo nombre proviene de Muhamad bin Abd al Wahab, teólogo del siglo 18 que se alió al jeque Saud iniciando la dinastía saudí, asociarse con Estados Unidos constituye una herejía equiparable al chiismo, el alauismo, el drusismo y otras "desviaciones" del Islam. Lo mismo piensan las vertientes salafistas surgidas de la Hermandad Musulmana, fundada por el teólogo fundamentalista egipcio Hassan al-Banna.
Contra el nacionalismo secular y las asociaciones de las monarquías suníes y persa con potencias occidentales, el terrorismo global surgió en el choque intracultural que acabaría poniendo en la mira a la cultura occidental, por considerarla fuente de todos los males. Pero en esta última década, se hizo evidente que en todas las culturas el pasado aflora para enfrentar el presente. Eso representa el nacionalismo hinduista de Narendra Modi en la India, la Turquía que se aleja del ataturkismo con Erdogán, la autocracia iliberal con zarismo-expansionista con que Putin destruyó la tenue democracia liberal rusa de los '90, así como el gobierno israelí que intenta reconquistar las bíblicas Samaria y Judea. También integra ese proceso la ola reaccionaria que engendra en Occidente liderazgos ultraconservadores enemigos de la democracia liberal. Una marcha atrás en la cultura occidental, el espacio que más avanzó en modernidad porque más terreno ganaron las libertades, los derechos, las garantías y las políticas inclusivas.
Cada civilización vive su marcha atrás desde su propia realidad. Lo que tienen en común es la búsqueda de un refugio en el pasado donde conjurar las incertidumbres y acechanzas del presente.