La sombra de Pitágoras
Desde la primera mitad del siglo XX, se ha diagnosticado que el proceso de matematización integral trae consigo una creciente pérdida de significatividad vital de las ciencias y un creciente olvido del mundo de la vida.
Pitágoras es una figura situada en el difuso límite entre la historia y la leyenda. Habría vivido en el siglo VI a. C. y habría fundado en Crotona, en la Magna Grecia, una "escuela" o "hermandad", cuyo modo de vida unía la investigación del número y la naturaleza con las prácticas rituales y fomentaba un vínculo de amistad entre los iniciados. Asociada a Pitágoras y su "escuela" aparece, por primera vez, una intuición filosófica fundamental: la estructura de todo lo real puede explicarse en términos de números y proporciones. Todo lo que hay en la naturaleza, pero también todo lo que es objeto de las artes -en particular, la música- y todo lo que pertenece al alma, e incluso ella misma, se deja concebir en esos términos. Para esa tradición, el número no era, pues, algo exterior o ajeno a las cosas, sino, más bien, lo que da cuenta de la constitución ontológica de las cosas y, a la vez, lo que permite conocerlas. Por ello, llamaban al número "lo más sabio".
Esta idea encuentra una de sus elaboraciones más audaces en el relato cosmogónico del Timeo de Platón. Se explica allí que la materia cósmica no constituye una suerte de residuo opaco, impenetrable para la razón, sino, más bien, un entramado de figuras geométricas: triángulos elementales que se combinan en sólidos regulares y dan cuerpo a los elementos ( vgr ., tierra, agua, aire y fuego). Lo que Platón presenta es, pues, una suerte de "atomismo", pero no corpuscular como el de Demócrito, sino geométrico: incluso en los niveles más básicos de organización de la materia, todo puede ser reducido, en último término, a forma. Werner Heisenberg -nadie menos- vio en esta elaboración platónica un antecedente remoto de la física contemporánea, en la cual las partículas no son vistas ya como corpúsculos, sino como nodos de una estructura matemática.
Ahora bien, en la Antigüedad no estaban dadas las condiciones para que la intuición pitagórica fundamental pudiera revelar su verdadero poder explicativo. Hubo que esperar casi veinte siglos, hasta el Renacimiento, para que la nueva física experimental pudiera dotar de genuina operatividad al proyecto de leer la naturaleza como un libro escrito en caracteres matemáticos. Es lo que ocurre con la astronomía y la mecánica, tal como las desarrollaron progresivamente Copérnico, Kepler, Galileo y Newton, entre otros. Como advirtió Kant con penetrante lucidez, lo decisivo de esta impactante revolución científica reside en su carácter metódico. Pero es, precisamente, el nuevo método experimental el que permite dar solidez a lo que hasta entonces no pasaba de ser una intuición ontológica de carácter especulativo: lo real -que Pitágoras había intentado comprender como una suerte de "armonía" cósmica- puede ser efectivamente conquistado por la vía de la matematización. Para ello, la naturaleza tiene que ser pensada como un sistema de relaciones cuantificables. Lo que nos ofrece la experiencia inmediata, esa variada multiplicidad de cualidades sensibles, debe verse, pues, como la mera manifestación de una estructura subyacente, accesible por medio del cálculo y el experimento.
Desde entonces, la matematización no ha hecho sino expandirse. En la física contemporánea ya no se trata meramente de medir lo que la experiencia ofrece como dado. El mundo físico se reconstruye, de modo cada vez más integral, en términos de espacios abstractos, operadores, simetrías y amplitudes de probabilidad. El formalismo ya no se limita a describir lo real, sino que pasa a determinar el modo mismo de su inteligibilidad. El paso más reciente es la irrupción de esta misma lógica en el ámbito del pensamiento, tomado ahora como "objeto" de experimentación y emulación. El "pensar" probabilístico de la inteligencia artificial no opera con contenidos conceptuales ni con intenciones conscientes, sino meramente con distribuciones, correlaciones, pesos estadísticos. Renuncia a todo lo que se atribuye normalmente a la esencia misma del pensamiento y el lenguaje humanos. Y, sin embargo, logra conquistar la semántica polivalente, un territorio que parecía inaccesible a todo intento de objetivación: el campo de despliegue de la ambigüedad, la ironía, la metáfora y la sensibilidad al contexto. A través de este insospechado camino viene a cumplirse, pues, de algún modo, la proyección del número hacia el seno mismo del alma, como la había entrevisto Pitágoras.
Desde la primera mitad del siglo XX, se ha diagnosticado que el proceso de matematización integral trae consigo una creciente pérdida de significatividad vital de las ciencias y un creciente olvido del mundo de la vida (Husserl). La conquista matemática de la naturaleza y ahora, en alguna medida, también del pensamiento se revela, desde este ángulo, como una suerte de expropiación de la experiencia vivida. Lo asombroso es que este desencantamiento derive de la confirmación de aquella vieja intuición pitagórica, que apuntaba a revelar una secreta afinidad entre la naturaleza material y el alma humana. No es fácil, pues, escapar de la sombra de Pitágoras.
La conquista
matemática de
la naturaleza y
ahora, en
alguna medida,
también del
pensamiento se
revela, desde
este ángulo,
como una
suerte de
expropiación de
la experiencia
vivida.