Los juegos tradicionales ayudan a moverse, compartir y mantener viva la cultura
Prácticas como el emboque, la payaya y hasta la pesca milagrosa permiten desde desarrollar la coordinación y la perseverancia, a aprender a respetar reglas y fortalecer vínculos entre generaciones. Profesores postulan que sería clave incorporarlos a las clases, más allá de septiembre.
Durante septiembre de 2020 -en medio de la pandemia de covid-19-, Germán Urzúa, quien trabaja en la biblioteca del colegio San Ignacio El Bosque, tuvo la idea de grabar videos para enseñar a sus alumnos distintos juegos tradicionales chilenos. Entre ellos estaban el trompo, el emboque y la payaya. "Solo se necesitan nuestras manos y cinco piedras", se le escucha decir en el caso de este último clip, que desde entonces se mantiene disponible en el sitio web del establecimiento, al igual que el resto.
Así, cualquier interesado tiene acceso a aprender ya sea en época de Fiestas Patrias o durante todo el año.
Fue su papá quien le enseñó a Urzúa a jugar estos juegos cuando niño. "Con el tiempo, también me interesó mantener estas tradiciones y enseñárselas a las nuevas generaciones", dice poco después de haber terminado una clase de juegos tradicionales con estudiantes en el colegio.
Según el docente, este tipo de actividades les enseña "a tener paciencia y constancia, porque estos juegos no se aprenden a la primera. Tienen que practicar varias veces y repetir los movimientos para ir mejorando". Asimismo, ante un mundo donde las pantallas abundan, Urzúa cree que son una buena alternativa, que permite "que los niños se entretengan de una forma más activa, compartiendo con otros".
Esa transmisión entre generaciones es justamente el valor principal que Laura Benedetti, jefa de carrera de Licenciatura en Historia de la U. de Concepción, atribuye a estas prácticas. Juegos como el luche, la cuerda, el trompo o la rayuela también "tienen un valor que les permite vincularse con los adultos mayores de sus familias; constituyen el punto de unión generacional. A través de ellos se socializa, un desafío para las generaciones de niños, adolescentes y jóvenes tras la pandemia. Son fundamentales, por ejemplo, para relacionarlos con la historia nacional, con aspectos identitarios de las comunidades".
Tanto así que la académica ha sido explícita en decir que -de la misma forma en que los bailes típicos son reforzados en Educación Física-, los juegos "podrían ser una unidad de aprendizaje en distintos niveles de la educación chilena", señalando que forman parte de la identidad colectiva de la nación.
"Su preservación es clave para valorar el pasado de nuestros padres, abuelos y antepasados. Constituyen una excelente alternativa para generaciones que dependen de las tecnologías", agrega.
Convivencia social
"Se vuelve una manera de vincularse y conversar con personas de la familia que antes también tuvieron esa experiencia, sobre todo los abuelos", concuerda Paulina Bobadilla, directora de Casa de los Niños -el nivel enfocado en primera infancia- del Colegio Epullay, donde se ha hecho un esfuerzo explícito por promover el juego libre en su patio, poniendo a disposición alternativas como el luche y el salto de cuerda.
Al mismo tiempo, a las familias se les pidió enviar juegos tradicionales en caso de tener en sus casas. "Algunos hasta hacen sus propios juegos típicos y los traen para incorporarlos. Por ejemplo, con tarros de leche vacíos van armando torres. Con restos de género crean una pelota y así nace un tiro al tarro. Hemos tenido pescas milagrosas también".
Además de generar momentos de esparcimiento y encuentro en comunidad, Bobadilla ha visto cómo estos juegos ayudan a los niños "a respetar turnos y aprender reglas". Saber trabajar en equipo, desarrollar la coordinación y la concentración, así como promover habilidades sociales, son otros beneficios, explica.
"Hay toda una lógica de convivencia social", señala Roberto Lagos, doctor en Ciencias de la Educación y académico de la U. Autónoma de Temuco, ciudad en donde, junto a un equipo de estudiantes y colegas, han trabajado llevando juegos tradicionales mapuche a establecimientos educativos.
Así, por ejemplo, los alumnos de 6° básico del Colegio Congregación Olivos han aprendido de juegos como el palikantún (juego de la chueca o palín, para el que se usa un bastón curvo llamado wiño), el linao (juego de pelota ancestral y de contacto físico, donde se compite por llevar una pelota hasta la meta opuesta, similar al rugby) o el mawmillan (juego que representa una cacería: dos jugadores se ponen dentro de un círculo con los ojos vendados y el que hace de cazador debe atrapar a la presa guiándose por el sonido).
"Cuando se incorpora el rescate del juego ancestral, hay toda una historia, valores y la comprensión de un territorio. En este caso, también es una reconfiguración de la forma de moverse", plantea Lagos.
En una época en que las cifras de sedentarismo son altas, eso es justamente lo que destaca Karen Acuña, profesora de este colegio particular subvencionado. "Es llamativo para los niños entender que la educación física no es solamente juegos de correr o de atraparse, sino que también juegos que nos vinculan con nuestras raíces", comenta.
La experiencia también incluye juegos ancestrales como el komikan, juego de mesa que se ha hecho conocido como el "ajedrez mapuche" y donde las fichas representan, por ejemplo, un puma que busca "comerse" todo a su alrededor.
La incorporación cotidiana de estos juegos tradicionales posibilita "reforzar el juego en comunidad", destaca Benedetti. Por lo mismo, Urzúa sugiere que estos deben considerarse una opción que se conozca y practique más allá de solo septiembre.