Domingo, 13 de Septiembre de 2026

Los hermanos Q.

ColombiaEl Tiempo, Colombia 13 de septiembre de 2026

Hay delitos que ofenden el Código Penal

Hay delitos que ofenden el Código Penal. Y hay delitos que ofenden el alma de una República. El de los hermanos Quintero pertenece a los dos: no solo habrían robado plata; habrían robado el sentido mismo del cargo. Según la Fiscalía, Medellín no fue mal gobernada: fue tratada como un bar de mala muerte. Miguel Quintero, sin cargo público, habría cobrado peaje sobre el Estado mientras Daniel ocupaba la alcaldía. La imputación del 10 de septiembre nos describe una moral invertida. Seis contratos entre el Área Metropolitana del Valle de Aburrá y los Bomberos Voluntarios de Itagüí, por 17.656 millones de pesos, habrían servido para desviar al menos 2.481 millones. Primero exigieron el 20 %. Luego, en la misma sede de la entidad, bajaron al 15: no por pudor, sino por cálculo. El testigo de cargo, Misael Cadavid, y los chats que concertaban reuniones y nombramientos no hablan de un error. Hablan de una empresa familiar que convirtió el bien común en tarifa. Esa empresa se fotografió a sí misma. En las conversaciones aparecen lujos de cultura narcotraficante: Rolex, un Ferrari y una finca. No es vanidad. Es la confesión estética del saqueo. El impuesto del maestro, del profesor y del comerciante convertido en adorno. Quien roba al Estado no solo sustrae dinero: profana un mandato. Humilla a quien pagó creyendo que pagaba una ciudad y no el lujo de una familia. Aristóteles lo dejó escrito: la corrupción no es un accidente del gobierno; es la perversión de su fin. El poder existe para el bien común. Cuando se pone al servicio de la sangre, deja de ser política y se vuelve depredación. Kant lo diría de otro modo: el funcionario no puede tomarse a sí mismo —ni a su hermano— como fin y al ciudadano como medio. Los hermanos Q. habrían hecho exactamente eso. La Fiscalía señala que las influencias de Miguel no se detuvieron en Itagüí: habrían alcanzado Metroparques, el Inder y la EDU. El hermano como ministerio paralelo. La familia como Constitución secreta. El ‘carrusel’ de los Moreno en Bogotá empieza a quedarle pequeño a este expediente. No por una sola cifra, sino por la densidad del patrón: Aguas Vivas, Buen Comienzo, el Jardín Botánico, el software de inglés, la chatarrización, el sobrecosto de computadores. Y al fondo, la pregunta que una República no puede eludir: cómo se lavó lo robado. Golden Platino Colombia SAS aparece en esa zona oscura, con ingresos que se dispararon cuando Quintero gobernaba y se apagaron cuando salió. Federico Gutiérrez ya llevó esos nombres al FBI. El deshonor local pide fuero transnacional. Una democracia no muere solo cuando se roba. Muere cuando el cargo público deja de ser un juramento y se vuelve una herencia. El juramento republicano es simple: el poder no es de quien lo ejerce; es de quien lo padece si se pervierte. Cuando el hermano sin investidura decide contratos, ese juramento queda en papel. El pueblo no eligió un clan. Eligió un gobierno. Recibió un cartel. Y el método no se quedó en el Valle de Aburrá. Esta misma semana Juliana Guerrero —protegida y defendida una y otra vez por Gustavo Petro— aceptó cargos por fraude procesal. Confesó que actualizó el Sigep y presentó títulos falsos de la Fundación Universitaria San José para aspirar al Viceministerio de las Juventudes. No fue inexperiencia. Fue la decisión de mentirle al Estado para poseerlo. La pena pactada —tres años, inhabilidad de dos años y medio, multa de cien salarios- no le costará un día de cárcel. Repudio ese preacuerdo de conveniencia moral. Guerrero no es un exceso: es el espejo. En el petrismo la corrupción no fue un accidente. Fue una ética: títulos falsos para llegar, comisiones para quedarse, hermanos para cobrar. Medellín y la Casa de Nariño hablaron el mismo idioma. El cartel no fue la excepción de ese gobierno. Fue su doctrina.
El ‘carrusel’ de Medellín
Luis Felipe Henao
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