Quince primaveras
Las fronteras entre niñez, adolescencia y adultez son cada vez más difíciles de fechar.
Mis dos hijos mayores son varones, así que el universo de las quinceañeras me llegó recién ahora con mi hija menor. Y con ella entramos en la rosca del ¿fiesta o viaje? y sus derivadas: si es viaje, ¿cómo se va a perder el vals? ¿no va a hacer nada? ¿y las fotos? ¿y el vestido?
Entre tanta cosa, empecé a preguntarme algo bastante más básico: ¿Qué estamos celebrando realmente? ¿No me estaré dejando llevar por una movida comercial y el "porque todas lo hacen"?. Seguro hay algo de eso, pero también es real que seguimos distinguiendo ese cumpleaños de cualquier otro. Una tradición que, además, es particularmente latinoamericana.
Su origen no es tan claro. Hay antecedentes indígenas, religiosos y europeos, pero no hay consenso histórico de un origen único. La forma moderna de esta celebración se remonta a las élites latinoamericanas del siglo XIX, muy influidas por la sociedad europea con sus vestidos largos, bailes y la presentación en sociedad de jóvenes que se acercaban a la edad de casarse. Ese mundo desapareció. A los quince no se alcanza la mayoría de edad, ni entendemos que la joven esté preparada para casarse -enfatiza mi marido-. Y tenemos claro que no es el momento preciso en el que una niña "se convierte en mujer" -recalcan los hermanos-. Sin embargo, los quince siguen ahí.
Posiblemente porque tenga más que ver con lo que la antropología reconoce como ritos de pasaje. Las sociedades crean rituales para hacer visible lo que ocurre lentamente. Crecer es un proceso, pero los rituales le ponen una fecha, reúnen testigos y señalan que algo cambió. Lo materializan. A pesar de eso, hay chicas que no quieren o no pueden hacer la fiesta tradicional y lo cambian por un viaje, por algo más chico, eliminan símbolos o conservan algunos. Puede desaparecer la fiesta, pero seguimos reservando para los quince algo diferente.
Y quizás ahí esté una de las razones de la permanencia de esta celebración: en su capacidad de cambiar. Cada generación la modifica y le agrega nuevos significados. Ya no necesitamos que una joven sea presentada en sociedad, pero seguimos sintiendo que crecer merece ser señalado y los quince representan un hito de transición. Para ella, y también para sus allegados.
Posiblemente hoy necesitemos esos rituales especialmente. Las fronteras entre niñez, adolescencia y adultez son cada vez más difíciles de fechar. A los quince se sigue siendo legalmente menor, se depende todavía en mucha cosa de los padres, pero tampoco se es una niña. Aparecen grados de autonomía, decisiones y la construcción de una identidad propia, sin que exista un momento exacto en que podamos decir "fue acá".
Cuanto más borrosas son las fronteras entre una etapa y otra, cobran más sentido los gestos que las hacen visibles. Pasa con las graduaciones, los casamientos, los cumpleaños redondos o las jubilaciones. Le ponemos fecha a procesos que no ocurren en un solo día y convocamos a otros para que sean testigos de ello.
Porque cumplir años pasa de todas maneras, pero celebrarlos supone detener el tiempo por un momento y reconocer, junto con otros, que algo cambió. La forma se puede modificar, pero lo que parece mantenerse es la necesidad de marcar ese paso.