Perspectivas de la ONU
No es imposible que la actual administración norteamericana la deje fenecer lentamente con menos financiamiento o hasta vetando a todo candidato a la Secretaría.
La candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU y el debate interno que la acompaña han oscurecido un tema que le es inseparable: ¿Qué es y qué deben o pueden ser las Naciones Unidas? La expresidenta no carece de méritos para el cargo, pero desde el punto de vista de Chile, desgraciadamente, su candidatura tuvo el pecado original de ser moneda de cambio en la campaña electoral del 2025.
La ONU es una asociación de Estados que solo actúa cuando hay acuerdo en la Asamblea General, casi siempre en decisiones pro forma , o en el Consejo de Seguridad de 15 miembros, para resoluciones mayores, como la del uso de la fuerza en algunos casos, o autorizarla a un Estado miembro. De esos 15 Estados, cinco (EE.UU., Rusia, China, Francia, Reino Unido) tienen derecho de veto sobre cualquier resolución del Consejo o de la Asamblea General. Por ironía, la intención de Roosevelt era dar una garantía a Stalin de que no se utilizaría a la organización para manipularla contra la Unión Soviética. Washington tuvo el liderazgo en el Consejo de Seguridad y en la Asamblea General (Moscú vetaba casi todo). Después cambió y fue el tercermundismo antioccidental, y en especial antinorteamericano, el que tuvo preeminencia, aunque en muchos casos era de la boca para afuera.
Ello se notó mucho sin embargo en la maraña de organizaciones que se desarrollaron al alero de su funcionamiento, una burocracia, con dejo de arrogancia elitista, era en su mayoría marcadamente de izquierda. Incluso la Unesco (peca por irrelevancia) intentó crear un monopolio de informaciones controlado por los Estados, para concientizar al mundo. Su resultado fue que EE.UU. y el Reino Unido se retiraron de ella por un tiempo, privándola de financiamiento. Un trasfondo de esto se puede ver en la maravillosa novela de Albert Cohen, Bella del Señor (1968), ambientada en la Sociedad de las Naciones, antecesora de la ONU, la cual refleja, con las exageraciones del caso, el ambiente que reina en sus filas tras ciertas máscaras de la beatería de turno.
El valor de la ONU se centra fundamentalmente en el Consejo de Seguridad que, ocasionalmente, cuando hay acuerdo entre los grandes -como un período de ilusiones, al fin de la Guerra Fría hasta comienzos de los 1990-, permite descomprimir varios conflictos. Lo que desempeña un papel positivo, si bien con resultados casi siempre magros, son las misiones de mantenimiento de la paz o de observadores de frágiles líneas de armisticio, o para mitigar los excesos y matanzas masivas.
Acopladas a esta labor están las empresas humanitarias, en conjunción con los fines de la Cruz Roja, siempre que no den lugar a frondosas burocracias e innumerables reparticiones que disuelven enormes recursos en infinidad de tareas que poco y nada aportan. La ONU ha estado afecta a una ley fatal de las burocracias, con resultado de crecimiento exponencial de las mismas, sin que se incrementen sus logros en obtener los fines propuestos.
Después de las primeras tres décadas de existencia, la ONU fue perdiendo perfil. Hoy día no es imposible que la actual administración norteamericana la deje fenecer lentamente con menos financiamiento o hasta vetando cerradamente a todo candidato propuesto a la Secretaría. China y Rusia llevarían la contra, pero no porque dispongan de un proyecto diferente, nada que no sea una concertación para al menos algunas situaciones horrendamente conflictivas, que acompañan al gran juego maestro de las grandes potencias entre sí. Por último, no está de más recordar que ni Washington, ni Moscú, ni Beijing son miembros de la Corte Penal Internacional ni le hacen el menor caso.