Bienvenido Santo Padre
Quizá debamos apreciar que el discurso antirreligioso que domina ciertos ámbitos es virulento porque es débil.
El anuncio de la visita apostólica del Papa León XIV a Uruguay en noviembre es una noticia extraordinaria. No sólo por las escasas ocasiones en que los sucesores de San Pedro han visitado nuestro país, sino por la oportunidad que representa para expresar públicamente la fe de tantos cientos de miles de uruguayos habitualmente mandatados a callarse y encerrarse en nombre de la laicidad estatal.
Nuestra sociedad adolece de una serie de problemas bien reconocidos y diagnosticados: una violencia creciente especialmente a partir del incremento de la inseguridad, problemas enormes en la educación enancados en sindicatos retrógrados que impiden el acceso a la educación de los niños más vulnerables, problemas de ingresos monetarios para muchas personas, entro otros asuntos relevantes. Pero existe también otra serie de problemas menos visibles y más difíciles de cuantificar, pero no por eso menos importantes: soledad, depresión, falta de sentido de la vida, ausencia de referencias básicas, a nivel individual y en el marco de decisiones colectivas.
Nuestro país es el más ateo o agnóstico de América Latina, suelen repetirse con cierto sentimiento de satisfacción desde varios frentes. Una encuesta reciente de la consultora Cifra dio cuenta de que sólo el 28% de la población es atea o agnóstica, el resto cree en Dios. Más aún, hay más católicos -un tercio de la población- que ateos y agnósticos sumados. Este dato, por tanto, da cuenta de que la realidad de la religiosidad del país es bastante distinta de lo que solemos creer.
Si luego de más de un siglo en que un Estado laico en la letra de la Constitución pero militantemente antirreligioso y especialmente anticatólico en la práctica, casi tres de cada cuatro personas creen en Dios estamos ante algo parecido a un milagro. Basta observar las reacciones a cualquier manifestación en el espacio público de la Iglesia católica que no se cuestionan a ningún partido político, cuadro de fútbol o asociación del tipo que fuera para comprobar el aserto.
La reciente negativa del Parlamento a que el Papa León pudiera brindar un mensaje en la casa que representa a nuestra democracia es por demás elocuente. En todos los países del mundo, especialmente los de Occidente, suele recibirse al Papa en los ámbitos de representación política sin ningún problema, pero en Uruguay está vetado "porque somos un país laico" afirman quienes entienden poco de democracia y menos de laicidad.
El mismo informe de Cifra encontró que sólo el 25% de las personas encuestadas afirmó que le parecía mal que el Papa visitara el Parlamento y la mayoría absoluta de oficialistas y opositores, creyentes y ateos, lo veían con buenos ojos. Otro contraste notable entre lo que suele repetirse y la realidad de lo que piensa la gente.
Nuestra Iglesia es "pobre y libre" como ha afirmado con acierto el Cardenal Sturla, tal vez casi como inevitable consecuencia de una colonización débil y tardía y una secularización innecesariamente iracunda y brutal, pero goza de buena salud. Quizá debamos comenzar a apreciar que el discurso antirreligioso que domina ciertos ámbitos es virulento porque es débil y asombrosamente minoritario. Ojalá que la visita del Santo Padre y su mensaje nos ayude a darnos cuenta de que necesitamos una sociedad más profunda y verdaderamente cristiana.