El humanismo del amor en tiempos de IA
Padre Diego Marulanda Díaz
La transformación tecnológica está modificando de manera inusitada nuestra manera de habitar la vida, percibir, aprender, trabajar, comunicarnos y tomar decisiones conscientes
Padre Diego Marulanda Díaz
La transformación tecnológica está modificando de manera inusitada nuestra manera de habitar la vida, percibir, aprender, trabajar, comunicarnos y tomar decisiones conscientes. La inteligencia artificial es capaz de procesar cantidades de información, reconocer patrones, generar contenidos y realizar en segundos tareas que antes exigían intensas horas de trabajo humano. Ante este panorama nos preguntamos: ¿la inteligencia artificial nos hará más humanos o, por el contrario, podría disminuir nuestra capacidad de situarnos en el sentido y en la plenitud humana? No estamos llamados a competir con las máquinas, más bien, nuestra tarea es mantener el domino sobre la tecnología para no afectar la capacidad de reconocer al otro, cuidarlo, escucharlo, amarlo; de ser razonables al momento de tomar decisiones responsables. La activación de la inteligencia del amor (IA), en tanto metáfora, parte precisamente de esta perspectiva. Es la inteligencia que nos ha creado y nos capacita para situarnos en el terreno sagrado de la dignidad de la persona humana, especialmente cuando los algoritmos comienzan a intervenir en ámbitos tan sensibles como la educación, la salud, la justicia, la economía, las creencias religiosas o la política. Un algoritmo puede calcular, clasificar, predecir y recomendar, pero es incapaz de tener en cuenta el contexto y de asumir por sí mismo el compromiso moral frente a una persona. Así, de la lógica de la sola optimización y eficiencia, trascendamos a la lógica del amor. Lo anterior nos permite allanar el camino hacia el humanismo del amor, entendido como una racionalidad ética y práctica al reconocer, escuchar, cuidar, discernir, acompañar, reparar, reconciliar e incluir. Su criterio fundamental es la dignidad humana, porque una decisión es inteligente cuando protege y potencia la vida en todas sus dimensiones. Podríamos llamar a esta nueva sensibilidad "amoritmo", como una manera práctica de traducir el amor en cuestiones concretas. Escuchar antes de señalar; incluir antes de juzgar; cuidar antes de dañar; acompañar antes de descartar. En la educación representa poner a la persona antes que al dato; en la salud, reconocer al paciente más allá de su diagnóstico; en la política, preguntarse si beneficia el bien común. Necesitamos una inteligencia capaz de preguntarse ¿por qué los datos hoy valen más que las personas? ¿por qué la eficiencia está por encima de la calidad de los procesos y de la vida? Y, ¿por qué los mercados están diseñando la verdad sobre el hombre y la realidad? La Encíclica Magnifica humanitas, del papa León XIV nos insta a darle el lugar a la grandeza humana, cuya inteligencia alcanza su integridad cuando está al servicio del amor a los otros, especialmente a los más vulnerables.
Rector Universidad Pontificia Bolivariana.