Rodríguez
Cuando un político se arroga la facultad de decidir qué ideas pueden expresarse, las alarmas empiezan a sonar.
La senadora Blanca Rodríguez, en el primer tramo de una carrera política meteórica que la llevó en tiempo récord desde la chacra de Mujica hasta la Cámara Alta del Parlamento, expresó su preocupación por los discursos de odio. Sus palabras, así como la gestualidad con que las enriqueció, se hicieron virales de inmediato. Es que intentar combatir la violencia con más violencia es como querer apagar un incendio con nafta Súper.
Mediante lo que a este columnista le pareció un discurso de odio perfecto, Rodríguez propuso penalizar los discursos de odio. Así de subjetivo es todo. No detalló quién determinará qué expresiones ingresarán en esa categoría ni cuáles serán los límites de la intromisión. Pero sembró la preocupación de que su iniciativa pueda emplearse para censurar, silenciar y perseguir. Cuando el poder político se arroga la facultad de decidir qué ideas pueden expresarse, las alarmas de la libertad empiezan a sonar.
Por supuesto que, para que nadie se sintiera desilusionado, la senadora del MPP cerró su idea pronunciando las palabras mágicas: "violencia misógina" y "violencia machista". Conocidos conjuros que suelen lanzarse para ahuyentar las críticas dirigidas a una mujer, en lugar de discutir un error o macana que pueda haber cometido.
Más de una vez habrán escuchado a Fernando Pereira y a otros campeones en el arte de la defensa imposible afirmar, por ejemplo, que a la vicepresidente Carolina Cosse la atacan porque es mujer. Como si faltaran motivos para la crítica.
Pero acá no se está criticando a una mujer. Se objeta, en cambio, la inaceptable soberbia del planteo de Rodríguez: pretender decidir qué pueden decir los demás.
Va a ser difícil que alguien le lleve el apunte a semejante delirio autoritario contra la libertad de expresión. Sin embargo, las preguntas salen a borbotones.
¿Quién sería el encargado de definir si un discurso es de odio? ¿La propia senadora?
¿Rodríguez pretende que el gobierno disponga un ejército de vigilantes que acechen las redes sociales y otros escenarios de intercambio de ideas para cazar a los llamados odiadores?
¿Queremos que una doña enojada, convencida de que la verdad es suya y de nadie más, venga con el dedito en ristre a aleccionarnos sobre lo que podemos decir y lo que debemos callar?
¿Publicará el IMPO un diccionario oficial antiodio de palabras y frases prohibidas elaborado por la propia exinformativista de Subrayado?
Parece absurdo que una idea así llegue a plantearse. Pero se planteó. Por eso habrá que cuidarse de lo que uno expresa en redes o en otros ámbitos públicos. Y, para mayor recaudo, abstenerse de decir lo que piensa. No conviene correr el riesgo de que los odiadores decidan que el odiador es usted.
Por lo dicho, cada vez que este columnista se autocensura al recordar el planteo vigilante y punitivo de Rodríguez, vuelve a su memoria el cuento de Paco Espínola que lleva por título ese apellido.
Entonces tomo aire, miro en todas las direcciones para asegurarme de que nadie me vea ni me escuche y exclamo la contundente frase que el escritor maragato puso en boca de Mandinga al final del relato. Reproducirla aquí sería ignorar los recaudos que sugerí más arriba.