Miércoles, 16 de Septiembre de 2026

La era de la electricidad puede ser la era industrial de América Latina

UruguayEl País, Uruguay 16 de septiembre de 2026

Si la región no construye redes, instituciones y capacidades, otros utilizarán sus minerales y su energía para industrializarse.

Fitzgerald Cantero Piali, Director de Estudios, Proyectos e Información OLACDE (*)


La Agencia Internacional de Energía sostiene que el mundo ha entrado en la era de la electricidad. No se trata solamente de los vehículos eléctricos. La demanda crecerá por la climatización, los centros de datos, la automatización, los nuevos materiales y la sustitución de combustibles fósiles en hogares e industrias. Según el organismo, el consumo mundial de electricidad aumentará alrededor de 40% hacia 2035.

Si esto es así, ese cambio puede modificar la geografía de la producción. Durante buena parte del siglo XX, la localización industrial estuvo condicionada por el acceso al carbón y al petróleo, los puertos y los grandes mercados. En las próximas décadas importará cada vez más la capacidad de ofrecer electricidad abundante, confiable, limpia y competitiva. La política energética comenzará a parecerse, cada vez más, a una política industrial.

Europa ofrece una advertencia útil. Sería simplista atribuir sus dificultades industriales a la transición energética: también pesan la pérdida del gas ruso barato, la competencia de China y Estados Unidos, el rezago en productividad y la lentitud para invertir. Pero el informe Draghi señaló que las empresas europeas enfrentaban precios de electricidad entre dos y tres veces superiores a los de Estados Unidos. La lección no es que Europa se equivocó al descarbonizarse, sino que descarbonización, seguridad energética y competitividad no pueden diseñarse por separado. Un kilovatio hora limpio pero demasiado caro no sostiene una fábrica.

América Latina y el Caribe necesita observar esa experiencia desde una realidad propia: su economía lleva una década de escaso crecimiento y su industria, aún menos. La serie del Banco Mundial muestra que, entre 2016 y 2025, el valor agregado manufacturero regional creció en promedio apenas 0,6% anual. Detrás aparecen poca inversión, baja productividad, brechas tecnológicas y una inserción internacional todavía concentrada, en muchos países, en productos primarios.

La era de la electricidad abre una posibilidad para modificar esa trayectoria. En 2025, el 67% de la generación eléctrica regional provino de fuentes renovables. Varios países estuvieran por encima de ese porcentaje, Uruguay uno de ellos. A la hidroelectricidad se agregan recursos solares y eólicos de clase mundial, bioenergía, gas natural y minerales necesarios para la transición. La región tiene, además, experiencia en minería, alimentos, celulosa, siderurgia, química y automotores.

Si bien no todos las necesidades energéticas pueden ser electrificadas, la renovabilidad puede reducir la huella y el costo de producir cobre refinado, acero de bajas emisiones, fertilizantes, combustibles sostenibles y alimentos procesados. Puede atraer también servicios digitales e industrias que deberán demostrar el origen de la energía incorporada en sus productos. Una matriz eléctrica limpia dejará de ser solamente un activo ambiental: será un atributo competitivo.

La industrialización también puede reducir dependencias externas excesivas. Esto no significa aspirar a la autosuficiencia ni sustituir indiscriminadamente importaciones. Significa evitar que la región exporte minerales y energía mientras depende de una sola zona del mundo para obtener equipos eléctricos, fertilizantes, componentes o insumos esenciales. Desarrollar algunos de esos eslabones, diversificar proveedores y construir cadenas regionales aumentaría la capacidad de respuesta ante guerras, restricciones comerciales o interrupciones logísticas.

Aquí la integración adquiere un sentido concreto. En 2025, el comercio intrarregional representó apenas el 13% de las exportaciones regionales; sin embargo, es justamente ese comercio el que tiene mayor contenido manufacturero. Articular el mineral de un país, la energía de otro, las capacidades industriales de un tercero y un mercado más amplio permitiría ganar escala y conservar una mayor parte del valor. No eliminaría la interdependencia, pero la haría más diversificada y menos asimétrica.

Disponer de recursos no equivale a haber construido una ventaja industrial. La región puede exportar litio, cobre, biomasa o hidrógeno y, aun así, importar la tecnología, los equipos y el conocimiento que capturan el valor. Repetir con los insumos de la transición el patrón primario del pasado sería una oportunidad perdida con apariencia de modernidad.

Tampoco alcanza con instalar capacidad de generación. Una fábrica no compra potencial solar o velocidad de viento: compra electricidad entregada, con calidad, continuidad y un precio previsible. Eso exige redes, almacenamiento, generación flexible, interconexiones y sistemas resistentes a fenómenos extremos. Exige también logística, financiamiento, capital humano, proveedores y reglas estables. Sin esa infraestructura, la energía barata en el punto de generación puede convertirse en electricidad cara -o inexistente- en el punto de consumo.

Una estrategia productiva basada en la electricidad no supone fabricar de todo ni subsidiar indefinidamente sectores elegidos desde un escritorio. Consiste en identificar actividades con ventajas comprobables, coordinar inversiones y condicionar los apoyos a resultados: productividad, exportaciones, innovación, empleo calificado y desarrollo de proveedores.

La carrera ya comenzó. Estados Unidos atrae inversiones, China domina numerosas cadenas de tecnologías limpias y Europa intenta recuperar competitividad. América Latina debe comprender que la abundancia no garantiza un lugar en la nueva economía. Si no construye redes, instituciones y capacidades, otros utilizarán sus minerales y su energía para industrializarse.

La era de la electricidad puede ser la era industrial de América Latina. Para que lo sea, la región debe dejar de pensar la energía únicamente como un sector que abastece al resto de la economía. No alcanza con producir el electrón más limpio: hay que convertirlo en inversión, conocimiento, resiliencia y exportaciones de mayor valor.

(*) Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía
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