Cuidadora de estrellas en el cielo
Consagrada a la vida religiosa a los 25 años, dice que este es el camino que conoce. No se casó ni tuvo hijos, como sus hermanas, pero ha criado a más de 100 niños desde que fundó el Hogar de Niños San Roque junto al Padre Lorenzo, en el corazón de Cerro Navia. Su norte es brindarles una casa con calor de hogar.
N orma nos recibe en la puerta del Hogar de Menores San Roque Casa San Lorenzo. En un letrero en la entrada se lee: "Esto es una obra de Dios". A la izquierda hay una gruta con la Virgen de Lourdes, de la cual es devota.
Sentada en una mesa en el pasillo principal, Norma repasará su vida. De su infancia sumida en la pobreza que le hizo acercarse a la parroquia de su barrio; de su juventud, en la cual se consagró a Dios, y de su vida adulta, en la que, junto con ser monja, se tituló como profesora de Matemáticas, trabajó en distintos colegios de Santiago y estudió tres años en Estados Unidos para su Master of Arts.
Antes de San Roque
"Mi familia era sumamente pobre", dice. Pese a ello, guarda buenos recuerdos de su infancia. Nacida en Cerro Navia, se crio en una casa con suelo de tierra: "No teníamos cemento que lo cubriera y yo decía que lo barríamos tanto que terminamos viviendo en un hoyo". Su mamá, dueña de casa, era estricta y los hacía mantener la casa limpia.
Cuenta que sus papás tenían una cama grande, de esas antiguas con cortina. En ella dormían los siete hermanos -ella era la tercera de cinco mujeres y dos hombres, hoy quedan cuatro mujeres-, y su papá luchaba por que estuvieran contentos. Él, taxista de toda la vida, les inculcó la importancia de ser honrados y les legó su generosidad: "Un día llegó a pies pelados porque le había regalado sus zapatos a una persona en la calle".
Para ayudar con los gastos de la casa, su mamá le tejía prendas a una vecina y ella y sus hermanas también comenzaron a hacerlo. Ya un poco más grande, Norma comenzaría a tejer a máquina después del colegio. Su segunda hermana había dejado de estudiar para trabajar en eso y sus hermanos también se las habían arreglado para llevar una entrada extra.
Su casa estaba frente a la parroquia y cuando ella y sus hermanas no estaban tejiendo se la pasaban ahí. Un grupo de sacerdotes de la Congregación Preciosa Sangre había llegado desde Estados Unidos y Norma y sus hermanas le enseñaban español, los acompañaban a visitar a las familias del sector, que aún era campo, y participaban en misiones.
En primero medio, Norma se integró a los movimientos de la juventud de la parroquia. Uno de los padres siempre le decía que tenía vocación, a lo que ella le respondía que quería ser profesora. "Él me decía: 'Pero usted puede ser profesora y religiosa'".
Entró al convento a los 16 años, a los 21 hizo sus primeros votos convirtiéndose en novicia, a los 25 se consagró y hoy es monja sin hábito. En el convento, las 80 aspirantes se encontraron con una cama para cada una y comida en abundancia. Norma sufría por su familia y el encierro le pasó la cuenta. Durante el día las novicias no podían hablar y debían comer en silencio. En total, estuvo dos años alejada de su familia. Incluso en las misas, en las que cantaba en el coro, no tenía permitido acercarse a sus papás.
En una visita de la superiora general, Norma, a esas alturas egresada de enseñanza media, le pidió permiso para entrar a la universidad. Con su venia rindió el Bachillerato y en 1968 entró a estudiar Pedagogía en Matemáticas en la U. de Chile. Ingresó con su hábito (aún no se lo sacaba), y con él jugaba básquetbol y se sentaba en el suelo para comer fruta con sus compañeros. Se dio cuenta que era más feliz en la universidad que en el convento, pero su fidelidad a Dios pudo más: "Le había prometido seguir ese camino".
Egresó en 1973, en pleno golpe militar. Por esos años se vivían cambios al interior de la Iglesia y, según recuerda, el Papa había llamado a adaptar la vestimenta religiosa a los nuevos tiempos. Por supuesto, Norma fue la primera monja del convento en pedir el cambio. Del hábito plomo pasaron a dos trajes sastre: chaqueta y falda.
Al poco tiempo partiría al sur, a Purranque, para enseñar a alumnos de primero medio del colegio que la congregación tenía allá. Estuvo un año, período en el cual su papá se enfermó del corazón. Necesitaba oxígeno y Norma pidió apoyo a su comunidad religiosa. Le respondieron que si quería ayudar a su familia era mejor que pidiera permiso en Roma para vivir en su casa. Junto con la autorización, la pusieron a cargo de un obispo, quien le aconsejó que se cambiara a la Fraternidad del Divino Maestro, en la cual permanece hasta hoy. "De inmediato fueron a mi casa y me llevaron ropa negra para el funeral de mi papá".
De regreso en Santiago hizo clases en un colegio de su nueva congregación, luego obtuvo un permiso para trabajar en el ex Liceo 9, hoy A-78 y después en el Darío Salas.
Estaba ahí cuando postuló a una beca en la U. de Portland, Oregon, en Estados Unidos. Recomendada por los padres de la congregación, se instaló allí durante tres años donde incluso trabajó en el "Computer room".
Sacó un Master of Arts, y dejó huella. A tal punto que los padres de la casa donde vivía pidieron que mandaran a otra joven igual a ella. Norma se podría haber quedado, pero no dudó en volver. Sus padres y hermanos continuaban viviendo en la pobreza: "Me dolía la abundancia".
Cuando volvió, entró a trabajar al colegio Craighouse en La Dehesa. "Le caí bien al director y también a mis alumnos". Allí enseñó durante tres años, hasta 1991, cuando se unió a la causa del Padre Lorenzo.
Calor de hogar
Norma inauguró el Hogar de Niños San Roque en 1992, luego de la muerte del sacerdote estadounidense Padre Lorenzo, con la llegada de seis guaguas menores de un año, enviadas desde la Casa Nacional del Niño. "Nunca había tenido a una en mis brazos. No sabía cómo tomarla", cuenta. Algunas vecinas del barrio le fueron enseñando.
De a poco fue aprendiendo, convencida de la importancia de formar un hogar diferente para niños en situación de riesgo: "Queríamos que crecieran como si esta fuera su casa y así lo han hecho"
Una de esas primeras guaguas es Mauricio (36), quien llegó de dos meses y hoy es ingeniero. Norma cuenta que nunca se ha olvidado del lugar donde creció y que le impresiona cómo ayuda al hogar. También a ella. La va a buscar para almorzar y hace poco la llevó a visitar a una de sus hermanas que vive cerca de Los Vilos: "Se preocupa mucho de los chiquillos que van al liceo. Como él es mayor y los apadrinó, les conversa".
Actualmente, el hogar acoge a seis niños y jóvenes. Ubicado en la calle Caleuche, en Cerro Navia, tiene 10 dormitorios, uno para cada residente, incluso para la más chica, hija de Carolina, quien se crio en el hogar y hoy ayuda a Norma a administrarlo.
Hoy reciben niños de hasta siete años: "Los mayores ya tienen sus costumbres. Hace un tiempo me pasó con una niña más grande que salía sin decirle nada a nadie".
En el hogar también hay cabida para mamás con sus guaguas. En agosto recibieron a una y la apoyaron para que pudiera trabajar e independizarse.
Hoy el hogar subsiste gracias a una red de profesionales de apoyo, entre ellos doctores, un abogado, un contador y una asistente social. Además, están los aportes de algunas personas y una rifa y una comida a beneficio que organizan una vez al año para reunir fondos. Esta vez, la comida será en el restaurante "Los buenos muchachos", el 22 de octubre.
"Siento que esta es una obra de Dios, porque nunca hemos recibido ni un peso del Estado. Y a veces son tantas las donaciones que llegan que las compartimos con la comunidad", destaca la religiosa.
-El Estado debería apoyarlos...
"Mire, ni siquiera nos apoyan en cosas técnicas, aunque tenemos su autorización para funcionar. Ellos tienen una ficha con preguntas que a
rrojan una evaluación en verde, amarillo o rojo. Siempre nos evalúan con amarillo".
-¿Por qué?
"Porque no cumplimos con sus normas: tenemos a hombres y mujeres en el mismo hogar. Ellos se criaron como hermanos, se tratan como hermanos y se defienden como hermanos. La sociedad no es con los hombres por un lado y las mujeres por otro".
-Ha criado a más de 100 niños. ¿Se necesita un vínculo de sangre para sentirse madre de alguien?
"¿Sabe que digo? Que por ellos doy mi vida".
-¿No echó de menos haber tenido hijos ?
"No. Fíjese que una vez llegó un momento en que tuve que decidir y me quedé en esto. Sentí que tenía que seguir este camino".
-¿Qué le falta al sistema chileno para resguardar mejor a la infancia y la juventud?
"No sé si abrir los ojos, creo que los tienen abiertos, pero quizá tocarse el corazón. Una vez trajeron a cuatro hermanos chicos, dos hombres y dos mujeres, y todos venían llenos de piojos. El Gobierno no puede pretender que con un bono va a estar arreglando Chile. ¿Sabe usted que aquí hay varios jóvenes que han caído a la cárcel? Después salen y nadie les da trabajo. Es un círculo vicioso, no les dan la oportunidad".
-A sus 84 años, ¿qué lugar sigue ocupando el Hogar San Roque en su vida?
"Siempre he tenido la Biblia en mi mano y cada vez que la abría me salía un pasaje que dice: 'Tendrás una descendencia más grande que las estrellas del cielo'. Yo daba vuelta la hoja porque estaba consagrando mi vida a Dios y tenemos el voto de castidad. La abría de nuevo y volvía a leer: ''Tu descendencia será más grande que las estrellas'. Entonces, yo le digo al Señor: "Tú me guiaste hasta acá y aquí tienes que ser el que manda"".
-Su vida la ha dedicado a cuidar a otros. ¿Quién cuida hoy de usted?
"Dios. A esta edad me he caído muchas veces y nunca me pasó nada. La mano del Señor me sostiene y los niños me cuidan".
-¿Cómo ha vivido el paso de los años?
"Feliz viendo los primeros pasos de los niños y sus primeras palabras. O después, cuando van al colegio o son profesionales. No entiendo cómo hay mamás que se pierden eso".
-¿Siente que el cuerpo la acompaña?
"La limitación física me deprime, me gustaría poder estar más presente en las actividades del colegio de los niños. Sin embargo, ayer estábamos conversando y riendo como si nada".
-¿Siente que hay cosas que puede hacer mejor que antes, gracias a la experiencia?
"Claro. Por ejemplo, antes no percibía las necesidades de las niñas. El Señor dice en la Biblia que no es bueno que el hombre esté solo. Nunca presté atención a que las niñas quieran buscar pareja. Entonces, les permito que traigan a amigos y amigas, pero aquí no pueden hacer fiestas".
-¿Nuestra sociedad reconoce y aprovecha la experiencia de personas mayores?
"El hecho de que la gente siga ayudándonos indica que sí".
-¿Ha pensado alguna vez en retirarse?
"Seguiré hasta que Dios me lleve".
-¿Qué sueño le queda por cumplir?
"!Ay, Señor¡", suspira. "!Tener mil casas así en todo Chile¡".