40 años desde que se comenzó a fluorar el agua en Chile: la medida redujo caries, pero divide a expertos
Desde mediados de los ochenta se aplica en Valparaíso y hoy está presente en 14 de las 16 regiones como una estrategia de salud pública. Mientras algunos odontólogos destacan su impacto en la equidad y la disminución de problemas bucales, otros investigadores cuestionan el efecto acumulado del fluoruro en tejidos, llaman a terminar con la práctica y agregarle este elemento, por ejemplo, a la sal.
Hace tres décadas, abrir la llave en Santiago comenzó a significar algo más que acceder a agua potable: desde 1996, la Región Metropolitana incorporó flúor al suministro público como parte de una estrategia nacional para combatir las caries, una enfermedad que continúa siendo la patología bucal más frecuente en Chile y el mundo.
Antes, ya lo había hecho Valparaíso, que en 1986 instaló la fluoración del agua en toda la región. La medida, que hoy alcanza a 14 de las 16 regiones del país y beneficia a cerca del 72% de la población, según datos del Ministerio de Salud, ha sido considerada durante años una de las principales políticas preventivas en salud oral. Sin embargo, también ha estado rodeada de cuestionamientos, al punto que Biobío y Ñuble nunca la implementaron debido a la oposición de organizaciones ciudadanas y académicos que advierten sobre los posibles efectos de una exposición prolongada.
Gonzalo Rodríguez, miembro de la Sociedad Chilena de Salud Pública Oral y profesor asociado de la Facultad de Odontología de la U. de Chile, precisa que el proceso consiste en ajustar la concentración natural de fluoruro presente en el agua, con el objetivo de "fortalecer el esmalte dental y hacer más resistentes los dientes frente a los ácidos producidos por las bacterias que originan las caries".
Desde el Departamento de Salud Bucal de la Subsecretaría de Salud Pública destacan que se trata de una medida preventiva eficaz y equitativa. "La población de menores recursos tiene menos acceso a la compra de pastas dentales con flúor o a la aplicación clínica de fluoruro, y con la fluoración del agua garantizamos su acceso a esta medida preventiva".
Los resultados, agregan, son visibles. Al comparar estudios realizados antes y después de la expansión de la fluoración, la proporción de adolescentes de 12 años que nunca había tenido caries pasó de 15,6% a 37,5%, mientras que la severidad del daño dental prácticamente se redujo a la mitad.
Además, investigaciones recientes muestran que las regiones sin agua fluorada, como Biobío y Ñuble, presentan algunos de los mayores niveles de caries en niños de seis años.
Si bien es una medida que se aplica en países como EE.UU., Australia y Canadá, en gran parte de Europa no se utiliza o se dejó de hacerlo, pero "no porque se haya demostrado que es perjudicial", sino porque se accede a través de otras fuentes, según un estudio de la U. de Dublín.
De hecho, la evidencia internacional sigue respaldando esta estrategia, dice Rodríguez. "Las concentraciones utilizadas en Chile son permanentemente monitoreadas por la autoridad sanitaria y se mantienen en niveles seguros".
Cynthia Cantarutti, académica de Odontología de la U. Católica, dice que "el 2025 se actualizó la normativa chilena, se estandarizó la dosis y se volvieron mucho más estrictos los controles técnicos y la fiscalización".
La especialista añade que gran parte de los estudios que vinculan el flúor con problemas de salud corresponden a zonas donde el agua contiene concentraciones naturales de flúor muy superiores a las utilizadas en Chile y que, en la práctica, la fluoración permite reducir alrededor de un 25% la aparición de caries.
Pero la discusión está lejos de cerrarse.
Liliana Lamperti, directora del Departamento de Bioquímica Clínica e Inmunología de la U. de Concepción, integra desde hace años un grupo multidisciplinario que cuestiona esta política. Aclara que no se oponen al uso del flúor como herramienta preventiva, sino a su administración mediante el agua potable, ya que implica "una exposición sistémica" sobre la cual aún existen incertidumbres.
Entre sus preocupaciones menciona la acumulación del fluoruro en tejidos como los huesos, los posibles efectos en personas con enfermedades renales, la fluorosis dental asociada a una sobreexposición durante la infancia y el impacto ambiental del elemento una vez que retorna al ecosistema.
"La acumulación del flúor en el tejido óseo puede generar debilitamiento y alteraciones celulares en otros órganos. El hecho más evidente que se ha observado es la fluorosis, que se refleja como unos dientes manchados".
También advierte que hoy la población recibe flúor desde otras fuentes -como leche fortificada, en el caso de los niños, y pastas dentales-, lo que dificulta controlar la dosis total que consume cada persona.
Por ello, plantea que sería preferible privilegiar alternativas más focalizadas, como la fluoración de la leche, la incorporación de fluoruro a la sal o el uso tópico mediante pastas y barnices dentales, sobre todo en población escolar.
Desde la Subsecretaría de Salud Pública responden que esas alternativas ya existen como complemento en sectores rurales y establecimientos educacionales, a través de programas como la leche fluorada de Junaeb, pero sostienen que ninguna alcanza la cobertura y el impacto poblacional del agua fluorada.