Martes, 22 de Septiembre de 2026

Mercedes Morán "El comportamiento humano es el mejor espectáculo"

ChileEl Mercurio, Chile 22 de septiembre de 2026

Después de trabajar con Pablo Larraín en "Neruda" y con Andrés Wood en "Araña", la actriz argentina Mercedes Morán regresa a una producción chilena como protagonista de "Mis muertos tristes", una serie basada en relatos de Mariana Enríquez. Sobre la relación que ha construido con el país, dice: "Ojalá pueda seguir trabajando con Chile".

H ay que mirar dos veces para encontrar a Mercedes Morán bajo la apariencia de Ema. Canosa, desgarbada, con las manos casi siempre hundidas en los bolsillos, el personaje de "Mis muertos tristes" se parece menos a la reconocida actriz argentina que lo interpreta que a una Patti Smith mayor: una poeta con actitud de rockstar , desafiante, incómoda dentro de las convenciones y no del todo adaptada a la sociedad de los vivos. Ema tampoco parece esforzarse demasiado por pertenecer. Es una médica recién jubilada que desde niña puede ver a los muertos y que, después de una vida marcada por la incomprensión, ha terminado por sentirse más cómoda con ellos que con las personas que la rodean.
-Hay algo en su carácter que se ha construido con el peso de este don al que está condenada -dice Morán en una videollamada desde Argentina una tarde de septiembre-. Hay algunas emociones que pareciera que no siente, como el miedo, la curiosidad, la sobreadaptación. Y hay una familiaridad con los muertos: a veces se siente más cómoda con ellos que con los vivos.
Ema es el centro de "Mis muertos tristes", una coproducción entre Argentina y Chile de cuatro episodios, dirigida por Pablo Larraín y producida por Fábula, que llegará a Netflix el 24 de septiembre. Antes tendrá su estreno mundial en la competencia oficial de la 74ª edición del Festival de San Sebastián, donde será presentada como una película de 187 minutos. Protagonizada también por Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez, la producción parte del cuento homónimo de Mariana Enríquez e incorpora personajes y pasajes de otros relatos, como "Julie" y "Un lugar soleado para gente sombría". La adaptación estuvo a cargo de Enríquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y el propio Larraín. El elenco incluye además a Carlos Portaluppi, Germán de Silva y la actriz chilena Luz Jiménez. Morán ya había leído los cuentos cuando recibió la propuesta.
-Me había fascinado mucho con el personaje de Ema. Cuando me ofrecieron el proyecto, la combinación entre Mariana Enríquez y Pablo Larraín me pareció alucinante. Dije: "Acá tiene que salir una bomba". Fui muy feliz y muy confiada a descubrir cuál era el lenguaje de la serie, cuál era el humor, si había humor en esta mezcla de lo fantástico con lo social.
La historia encuentra a Ema atravesando un duelo anómalo: su madre murió, pero ella puede verla, conversar con ella y prolongar un vínculo que para cualquier otra persona habría quedado interrumpido.
-Fue muy apasionante imaginar un estado de duelo con una madre muerta que sigue conviviendo con ella y con la que puede seguir hablando. Puede ser una gloria o una desdicha.
-La serie toca temas duros, pero Ema no tiene grandes reacciones. ¿Cómo enfrenta ese desafío desde la actuación?
-Mi mayor temor era que todas esas características la hicieran ver como una actriz inexpresiva. Tenía muy claro que todo lo que ella no expresaba estaba como pensamiento dentro de su cabeza, y tenía la tranquilidad de saber que una cámara de Pablo podía leer esos pensamientos.
Desde niña, su don le valió acusaciones de locura, castigos y burlas. Cuando aquello que solo ella veía invade la experiencia de los demás, su reacción no es exactamente el terror.
-Cuando el resto de las personas empieza a percibir algo de lo que ella ve, eso le genera algún tipo de alivio. Puede compartir una experiencia que hasta entonces había sido solo de ella. Lo que genera terror a los otros, a ella le genera un poco de alivio.
La serie no se instala completamente en el terror, el drama, la comedia ni el realismo social. Todo permanece, dice Morán, "en el filo".
-Es muy perturbadora, y esa es una característica que a mí, como espectadora, me resulta muy atractiva. También es impredecible: si pausás en cualquier momento y preguntás cómo sigue, no se sabe. Cualquier cosa puede pasar.
-¿Cambia en algo la actuación que el proyecto se presente como película en San Sebastián y como serie en Netflix?
-Nada cambia en la investigación, en la interpretación de la dinámica familiar ni en la búsqueda de la verdad de cada personaje. Probablemente, sea más difícil generar algún tipo de verdad en un género fantástico que en uno hiperrealista. Pero, más allá de lo literal, acá se tocan grandes temas: la vida, la muerte, los miedos, la culpa, la posibilidad del perdón y la necesidad de poder pedir perdón.
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"Mis muertos tristes" volvió a reunir a Mercedes Morán con Pablo Larraín. Habían trabajado juntos en "Neruda" (2016), donde interpretó a Delia del Carril, y durante la pandemia en "Last Call", un cortometraje de la antología "Homemade". Esta vez construyeron una relación creativa más estrecha.
-Yo tenía muchas ganas de volver a trabajar con él. Esta vez la historia y el personaje nos encontraron y nos unieron de una manera más especial que en "Neruda", sobre todo en la construcción del carácter, en por dónde iban a ir el humor y el pensamiento de esta mujer. Tuvimos un encuentro mucho más cercano.
Su relación con Chile excede a Larraín. En "Araña", de Andrés Wood, interpretó a una empresaria chilena que intenta ocultar su pasado en Patria y Libertad. Si en "Neruda" encarnó a una argentina, en "Araña" debía apropiarse de otra nacionalidad y otra memoria. Llegó con temor a ese desafío, pero encontró generosidad:
-Todas las actrices chilenas fueron muy generosas conmigo. Yo me siento de verdad como en mi casa. Voy a Chile aun cuando no trabajo y tengo un grupo enorme de amigos.
Esos trabajos le permitieron acceder a una cinematografía que rara vez cruza la cordillera. Dice que las películas chilenas casi no llegan a Argentina y que ha podido conocerlas, en parte, al integrar jurados de festivales. También descubrió la dramaturgia local.
-Para mí es una alegría que podamos encontrarnos estos países que tenemos tantos temas en común. Queremos hablar de cosas que pueden resultar universales, pero que para nosotros son muy personales, porque tienen que ver con nuestra historia y nuestra memoria. En Chile siempre me he encontrado con gente creativamente fantástica y humanamente preciosa. Ojalá pueda seguir trabajando con Chile.
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Antes de ser actriz, Morán creyó que su vocación estaba en la sociología y alcanzó a cursar cerca de tres años en la década de 1970. La actuación no reemplazó esa búsqueda: cambió la escala de las estructuras sociales a los cuerpos, silencios y gestos.
-Me interesaba mucho el comportamiento de las sociedades. Cuando empecé a estudiar teatro, mi primer maestro leyó una de mis obsesiones como una condición para ser actriz: lo atractivo que me resulta observar el comportamiento humano cuando las personas no se saben observadas.
La inclinación venía desde la infancia. Su madre la reprendía porque parecía estar espiando, recuerda riendo, aunque ella dice que la impulsaba la curiosidad. Todavía puede observar dos o tres reacciones de un desconocido e imaginarle una vida.
-Puedo pensar cómo es su vida, de dónde viene, hacia dónde va. Me resulta muy atractivo. El comportamiento humano es el mejor espectáculo. En ese sentido, entendí que la pasión por la actuación y la sociología no son tan contradictorias.
Morán comenzó profesionalmente en el teatro hacia 1980 y desarrolló una carrera capaz de transitar entre lenguajes que la industria suele separar. La televisión la convirtió en una figura masiva con Roxy, en Gasoleros. Poco después fue Tali en La ciénaga, de Lucrecia Martel. Luego alternó éxitos televisivos como "Socias", "Guapas" y "El reino" con películas como "Familia sumergida", "Sueño Florianópolis", "Elena sabe" y "Norma". Ha recibido tres Konex de Platino -como actriz de televisión en 2001 y 2011 y como actriz de cine en 2021-, el premio a la Mejor Actriz en el Festival de Karlovy Vary por "Sueño Florianópolis" y el Astor a la trayectoria del Festival de Mar del Plata, estos últimos en 2018. En 2019 recibió además el Cóndor de Plata a la Mejor Actriz por "Familia sumergida".
Más allá de los premios, su método de actuación comienza en el cuerpo. Antes de buscar las motivaciones profundas de una mujer, necesita saber cómo ocupa una habitación.
-Nuestro cuerpo expresa lo que pensamos, lo que sentimos, los complejos que tenemos, lo que nos gusta, lo que nos hace sentir cómodos o lo que nos pone tensos. Empiezo por el aspecto, el peinado, cómo camina, cómo se sienta, cómo se ríe. Empiezo de afuera hacia adentro, hasta llegar al pensamiento.
-¿Qué fue lo primero que apareció de Ema?
-Tiene una manera de hablar desapasionada. Aun cuando manifiesta hartazgo o enojo, hay algo que no subraya ni enfatiza nunca. En una de las primeras escenas ella insulta. Lo hice, pero no de la manera en que yo lo habría hecho: lo hice sin ningún tipo de énfasis. También aparecía algo del humor. Me hacía mucha gracia que tuviera mejor vínculo con los muertos que con los vivos que la rodeaban.
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La maternidad rodea a Ema y también atraviesa el trabajo reciente de Mercedes Morán. El 1 de mayo publicó en Planeta "Madre mía", un libro de relatos sobre la educación sentimental y sexual que recibió de su madre, Cuca, y las marcas de esa relación. A los 70 años, como madre de tres mujeres adultas y abuela de cuatro nietos, dice que ahora le interesa especialmente una etapa poco discutida: la maternidad de los hijos adultos.
-Me interesa mucho reflexionar sobre qué es maternar hijos adultos. Es un rol que tenemos que aprender cuando ya creímos haber aprendido todo. Ya criamos a los chicos, ya se fueron, y resulta que ahora aparece un comportamiento que te pide no intervención, no opinión y seguir estando ahí como siempre.
Morán cuestiona una construcción social que presenta la maternidad como naturalmente plena y exige una entrega sin contradicciones. Cuando los hijos se vuelven adultos, dice, la tarea es aprender a permanecer cerca sin ocupar todo el espacio:
-Es esa cosa de "acá está tu madre y siempre estará", pero más calladita la boca, sin opinar mucho sobre la vida que hacen. Y, en mi caso, como tienen hijas, tampoco sobre cómo criarlas o no criarlas. Los hijos se convierten en los mejores maestros, pero la maternidad es exigente siempre.
Esa inversión de papeles se volvió concreta durante la escritura de "Madre mía". Manuela Martínez, su hija menor, es actriz y escritora. Cuando Planeta propuso que editara el manuscrito, la hija pasó a corregir a la madre.
-Compartimos una experiencia que nunca antes habíamos compartido. En el libro hablo de cómo una se va dando cuenta de que los hijos son los maestros, y ella literalmente se convirtió en mi maestra de escritura.
Morán ya había coescrito "Las diosas se desnudan", creado el unipersonal "Ay, amor divino", participado en el guion de "Norma" y adaptado obras de teatro. Pero, según explica, hasta ahora había escrito fundamentalmente como actriz y no con la intención de publicar:
-Yo escribí otras cosas, pero nunca para publicar.
-¿Y qué aprendió de su hija en el proceso?
-Siempre terminaba las historias con un remate. Manuela me decía: "No empieces siempre por el principio, no siempre tenés que rematar. Esto no es para ser dicho ni para ser actuado, es para ser leído". Aprendí un montón.
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La mayor presencia de autoras, guionistas y directoras ha ampliado, según Mercedes Morán, las vidas femeninas que llegan a la pantalla. Cuando las mujeres comenzaron a contar sus historias, también aparecieron protagonistas que habían dejado de tener 20 años.
Morán detecta una recurrencia: muchos cineastas usan su primera película para intentar resolver algo de la relación con sus madres. Ella responde con una broma vuelta casi método de investigación:
-Siempre les digo: "Presentame a tu madre y creo que voy a entender mejor todo lo que querés contar". Es algo común que en el cine las grandes historias suelen ser de personas en sus 20, en el teatro no es tan así.
En los últimos años interpretó a mujeres que envejecen sin volverse secundarias. En "Norma" revisa los mandatos que organizaron su vida; en "Elena sabe", una madre con párkinson busca comprender la muerte de su hija; en "Mis muertos tristes", Ema se jubila y atraviesa un duelo. Morán no intenta defenderse de esas edades, incluso cuando le ofrecen personajes mayores que ella:
-Algo ha cambiado.
-¿Lo ha podido experimentar?
-Siento que he contribuido, porque no me resisto a hacer personajes de mujeres mayores o mayores que yo. La verdad es que, más allá de que después verme me cuesta, en el momento de hacerlo me resulta más fácil y más cómodo.
Hace una pausa y agrega:
-No estoy pendiente en ningún momento de cómo se me ve, de si luzco de determinada manera o no. Sacarme de encima esa mirada me ayuda mucho a estar presente en el momento de hacer la escena.
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